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Full text of "América, José Martí"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETEES 



P 1783 
• M38 
G27 
1911 




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Jfr 




A 








JOSÉ MARTI flfS^> 

W3$ 



POR 



I 9 ¡ 



ROQUE E. GARRIGO 



Obra premiada con medalla de oro y regalo del honorable Presidente 
de la República por el Colegio de Abogados de la Habana 



HABANA 

Imprenta x Papelería de Rambla y Botjza 

PI X HAHGALL, XríT;- ■"s 33 Y 35 



PROLOGO 



Cuando Jesús Castellanos, uno de los miem- 
bros del tribunal que premió este trabajo, supo 
que era yo su autor, hubo de aconsejarme que 
ampliara, antes de editarlo, la parte referente 
á "la vida literaria de Martí". De buena fe pro- 
metí al distinguido literato y amigo mío seguir 
sus consejos. Llegaron las pruebas, y, en efec- 
to, ni una sola línea he agregado al capítulo in- 
dicado. En cambio, han sido reforzados los ca- 
pítulos en que se presenta "la vida política de 
Martí". Por ejemplo : en lo referente á instruc- 
ción pública y organización sanitaria, hago re- 
saltar lo que fuimos, para que el público pueda 
comparar con lo que somos. Por otra parte, in- 
serto íntegro el discurso Los pinos nuevos y los 
pinos viejos, que dio origen á la parte más emo- 
cionante de este relato, y al que se atribuye la 
viril inmolación del Apóstol. 

Al proceder así, dejo incumplida la promesa 
al literato y de manifiesto una substancial dife- 
rencia de temperamento entre el consejero y el 
aconsejado. El encuentra pobre lo que á la lite- 
ratura de Martí se refiere; yo, en cambio, veo 



iv Prólogo 

menguado el relato de los hechos que hicieron á 
Martí, ó que Martí realizara. El es un enamo- 
rado del sentimiento artístico; yo un fiel servi- 
dor del acto subyugante. A él le encanta la be- 
lleza del procedimiento ; á mí me arrebata sola- 
mente su eficacia ; de tal manera, que si no hu- 
biera estado compelido por el mandato del te-, 
ma, no, jamás, me hubiese atrevido á invadir 
un campo que, tratado por mí, sólo podía dar 
por resultado una gran profanación. No se me 
oculta el mal, pero no es mía toda la responsa- 
bilidad. Hay una frontera prandemente acen-> 
tuada entre la Historia y la Literatura. Se pue- 
de ser un artista haciendo historia, pero es muy 
difícil hacer crítica literaria sin ser un conoce- 
dor profundo de la literatura. No me duele con- 
fesar mi ignorancia en este sentido. 

De todos modos, estoy satisfechísimo de po- 
der poner en manos de mis compatriotas este 
defectuoso trabajo sobre la vida de Martí, por- 
que, á pesar de tanto patriota, y sabios y lite- 
ratos como hay en mi patria, ninguno supo, ó 
quiso ó pudo, disputarme el honor de haber de- 
dicado horas de afán y de laboriosidad á la 
tarea de presentar los rasgos más sobresalien- 
tes de la vida de Martí á través del doloroso y 
triste cuadro de historia cubana. 

Estoy satisfecho porque, no obstante todo lo 
anteriormente indicado, me parece que este li- 
bro sale en una oportunidad singular para Cu- 
ba y los cubanos, ya que la casualidad ha que- 
rido que ello suceda en el momento en que nues- 
tro pueblo va á decidir sobre su capacidad pa 



Prólogo v 

ra el gobierno propio. Cuba, como pueblo que 
goza los privilegios de la libertad, ha ejerci- 
do por tres veces consecutivas el derecho del 
sufragio en elecciones generales. La única vez 
que usó de ese derecho ante un gobierno de na- 
turales, brotó irremisible la convulsión. Esta- 
mos á punto de realizar el segundo ensayo, y 
una interrogación sombría nos envuelve. 

El estudio de la vida de Martí, en su aspecto 
político, repeliendo todo lo que de colonial, y, 
por ende, vejaminoso, tenía Cuba, despierta 
en el espíritu grandes temores por el porvenir 
de sus instituciones republicanas; siguiéndolo 
en las profecías que él hizo sobre lo que en Cu- 
ba puede ocurrir después de emanciparse, esos 
temores se acrecentan y un vivo dolor invade 
nuestro ser. El crujido de la República que pre- 
sidía el honorable Tomás Estrada Palma es 
un testimonio irrecusable de la gran verdad por 
Martí presentida, cuando dijo que algún día 
"se nos vendría encima la colonia con guante 
de república". Cuantos lean este libro podrán 
juzgar estas palabras. 

Para satisfacción del público, ya que su cu- 
riosidad puede inquietarse al ver la preferen- 
cia que doy al nombre América al titular este 
trabajo, referente á la vida de un hombre en 
relación con la historia de uno solo de los pue- 
blos del continente, podría hacerlo asegurando 
que Martí hizo obra continental, eminentemen- 
te americana; por lo que, su figura á toda la 
América interesa. Pero además de esa circuns- 
tancia, lo hago porque en mis dilatadas lectu- 



vi Prólogo 

ras sobre la historia americana me han sor- 
prendido cuestiones de índole muy diversa, á 
las que no siempre se les ha prestado suficiente 
atención, las cuales considero como fragmen- 
tos casi perdidos y de extraordinaria importan- 
cia para el mejor conocimiento de nuestra evo- 
lución civilizadora. Y si mis compatriotas ma 
estimulan, ó no soy atacado por el general des- 
fallecimiento que nos rodea, las iré presentan- 
do bajo la general de "América" que llevan esta 
obra y la anteriormente publicada. 

Por lo que á ésta se refiere, escrita en los. 
días más inquietos y decepcionados de mi vida, 
la entrego á mi país sin sus apasionamientos ni 
sus odios. Fría exposición histórica, he ti- 
rado la pluma cada vez que el asunto me 
arrancaba un comentario ó en mi cerebro se 
retorcía una protesta. La concebí serenamen- 
te, y con amor la redacté. No he dado entrada 
en sus páginas á otros sentimientos. He queri- 
do que la leyeran todos los cubanos : los gober-i 
nantes, los políticos, los maestros, los soldados ; 
he querido que á todos por igual interesara. 
Puede que él sirva para contener males que 
hoy parecen inevitables en la República que 
preside el honorable general José Miguel Gó- 
mez, si ellos lo leen con la misma sinceridad y 
amor con que fué escrito. 

Yo no debo poner fin á este prólogo sin res- 
ponder al llamamiento y solicitación de mi más 
íntimo reconocimiento, á fuer de agradecido, 
altamente estimulado por los que en distintas 
formas han contribuido á este trabajo. Al se- 



Prólogo vn 

ñor Figarola Caneda, eminente bibliógrafo cu- 
bano, en primer término, por sus indicaciones 
y los ricos materiales que puso á mi disposi- 
ción, de los que dudo haber sabido hacer buen 
uso. Al Dr. Miguel Viondi, el amigo de Mar- 
ti, después, por las largas horas de tiempo que 
distraje del suyo tan ocupado, oyéndolo refe- 
rir las cualidades del que fué su socio de bufe- 
te, y de cuyos relatos pude formarme exacta 
cuenta del carácter y la psicología del Apóstol. 
A los generales Cebreco, González Clavel y Co- 
llazo, compañeros de armas del biografiado, es- 
pecialmente éste último, por los documentos 
que me facilitara, y á todos ellos, por las noti- 
cias que me dieron de la vida del Maestro en la 
manigua. Mi reconocimiento para tan dignos 
colaboradores es tanto mayor, cuanto que sus 
servicios, más que á mí personalmente, favo- 
recen á la patria y á su historia, las únicas que 
me he propuesto venerar. 

R. E. G. 
La Habana, 16 de septiembre de 191 1. 



IN 131 



PÁGS. 

Prólogo ni 

Capítulo I. — Introducción. — Peligros del análisis de la 
historia contemporánea. — Los agitadores son pro- 
ducto del medio. — Ejemplo. — Por qué Italia produjo 
á Camilo Benso. — Política austríaca. — Desesperación 
del pueblo italiano. — A pesar de Metternich, Vitalia 
e fatta. — Para conocer á Martí, hay que estudiar la 
Cuba de sus días. — Los grandes hombres no son más 
que el reflejo del alma de la multitud que guían. . i 

Capítulo II. — Cuba de 1851 á 1868. — Coincidencias his- 
tóricas. — Gobierno de Pezuela. — Gobierno del gene- 
ral Concha. — Estado social, político y económico de 
Cuba. — Gobierno del general Dulce. — Su informe 
sobre el estado político y económico de Cuba. — De- 
claraciones de Juan Russel en el parlamento inglés. 
— Estado de la instrujxióri^pjjbjhjca. — La guerra es 
el grito de un pueblo caído en desesperación. ... 16 

Capítulo III. — La guerra de 1868. — Intranquilidad pú- 
blica. — Declaración oficial del movimiento armado. 
— 'Martí al presidio. — Lersundi inflama á los volun- 
tarios. — El general Dulce. — Tumultos. — Fusilamien- 
to de los estudiantes; su repercusión en Martí. — La 
abdicación de Saboya. — Martí bajo la bandera re- 
publicana en España. — La paz. — Martí comienza su 
obra 43 



x Índice: 

Págs. 

Capítulo IV. — 1878 á 79. — Del Zanjón á la "guerra chi- 
quita". — Efectos del pacto del Zanjón. — Martí en la 
Habana. — Apelando sentencias, conspira. — Inopina- 
da prisión de Martí. — ¡ Fuego en el bufete de Miguel 
Viondi ! — Cómo se descubrió la conspiración. — De- 
portación de José Martí. — La "guerra chiquita". — 
Estado de los asuntos cubanos 70 

Capítulo V. — La propaganda de Martí. — Quebranta- 
miento del destierro. — Martí vuelve á América. — I 
Propaganda literaria. — El grupo de New York. — ■ 
Un discurso de Martí. — Banquete del Centenario 
Americano. — El pensamiento y la acción. — Martí 
mira hacia el Sur. — Los emigrados de Tampa y 
Key West. — El idilio de una multitud 85 

Capítulo VI. — De la hostilidad al triunfo. — El Partido 
Revolucionario. — Los hombres del 68. — Hostilidad 
del Sr. Trujillo y "El Porvenir". — Resolución del 
Consejo Revolucionario. — El libro "A Pie y Des- 
calzo", del Sr. Roa. — Impresión en Martí. — Discur- 
so "Los pinos nuevos y los pinos viejos". — Una car- 
ta del general Enrique Collazo. — Contestación de 
José Martí. — La conjunción. — Maceo, Máximo Gó- 
mez y Cebreco listos para el movimiento. — Martí y 
los autonomistas. — Grito de Baire 100 

Capítulo VIL — La caída en Boca de Dos Ríos. — El des- 
embarco. — A través de la provincia oriental. — La 
sorpresa de Dos Ríos. — Lá mejor corona al mártir. 168 

Capítulo VIII. — Labor literaria de Martí. — Vida inter- 
na. — Una página de los Episodios Cubanos, de Ma- 
nuel de la Cruz. — La onda sentimental. — Nebulosa 
galanura del prosista. — Turbulencia del tribuno. — 
La sencillez del poeta. — Serenidad profunda del 
pensador 178 

Bibliografía de José Martí. . 211 



CAPITULO I 

INTRODUCCIÓN. 

Peligros del análisis de la historia contemporánea. — Los agi- 
tadores son producto del medio. — Ejemplo. — Por qué Italia 
produjo á Camilo Benso. — Política austríaca. — Desespera- 
ción del pueblo italiano. — A pesar de Matternich, L Italia 
e fatta. — Para conocer á Martí, hay que estudiar la Cuba 
de sus días. — Los grandes hombres no son más que el re- 
flejo del alma de la multitud que guían. 

"El estudio de la Historia está comprendido en la 
biografía; porque siempre me ha parecido á mí que 
Carlyle pronunció la más profunda verdad cuando 
dijo que la historia de cualquier país está en la bio- 
grafía de los hombres que la hicieron. — White." 

José Martí fué el creador genial de una de 
las más brillantes páginas de la historia de 
Cuba. Al comenzar este trabajo de indaga- 
ción y comprobación histórica, de la que habrá 
de surgir, en todos sus aspectos, la figura ve- 
neranda del Apóstol,, lo hago profundamente 
inquieto, conscientemente emocionado, porque, 
como dice Nordau, "cada vez que un historia- 
dor se arriesga á abordar los tiempos contem- 
poráneos ó un pasado apenas desaparecido, se 
elevan en seguida contra él protestas apasio- 
nadas que no son ciertamente todas inspiradas 
por el espíritu de partido, y una avalancha de 
rectificaciones cae sobre él; todas las cuales no 



2 América 

tienen tampoco por objeto obscurecer ó arrojar 
sombras sobre una verdad que pudiera redun- 
dar en menoscabo de determinados amores pro- 
pios y determinados intereses". 

Hipólito Taine, con toda la profundidad 
analítica de su mentalidad prodigiosa, no pudo 
escapar de las livianas asechanzas de los im- 
presionables, ni del desvío de los explotadores, 
al publicar "Los orígenes de la Francia con- 
temporánea". Y como una biografía de Martí 
no es, ni puede ser, otra cosa que los orígenes 
de la República Cubana, cae el espíritu en evi- 
dente alarma ante la posibilidad de una recti- 
ficación mal comprendida; ó, lo que es peor 
aún, la aparición serena, rigurosamente indu- 
cida de la realidad de las cosas, de una res- 
ponsabilidad intolerable siempre y siempre re- 
pudiada por la superficial impresión del mayor 
número. 

Pero si es verdad que, por lo regular, en el 
curso turbulento de los hechos humanos que 
determinan lo más sobresaliente de una época, 
el summum de aspiraciones y de consecuencias 
se concentra en la figura de un hombre que los 
sintetiza, no es menos cierto que ese mismo 
hombre no es otra cosa que la resultante del 
medio en que se agita, para defenderlo de sus 
sufrimientos, redimirlo de sus dolores; sufri- 
mientos y dolores que él mismo ha experimen- 
tado. No es el río el que se desborda; son las 
grandes acumulaciones de agua en sus lejanas 
fuentes las que hacen rebasar sus márgenes. 
No es tampoco un espíritu el que, laborando, 



José Martí 3 

crea una de las infinitas formas del sentimiento 
en las multitudes; es el estado latente de ese 
sentimiento en la multitud el que hace surgir 
el agitador, apóstol ó maestro. El siente con 
más intensidad el dolor común, y lo denuncia; 
ve con inquietud más honda su origen, y lo 
protesta virilmente ; con ansiosa solicitud busca 
el remedio, y lo pregona ; á ese pregón consagra 
su vida. Y, por lo regular, desde Cristo hasta 
Marti, esa vida es la de los triunfadores. 

No importa el lugar, ni el tiempo obstaculiza 
esta regla confluente y afluente del espíritu 
humano. En todo el curso de la Historia se 
advierte la comprobación rigurosa de este mo- 
vimiento invariable. Haré que un ejemplo, 
distinto por el tiempo y el lugar, pero similar 
por origen y resultado, lo corrobore. Nunca 
me ha parecido nada má:^ normal y sencillo que 
el pasado para comprender el presente, y hasta 
para llevar rayos de luz sobre el futuro nebu- 
loso. Hagamos que Italia nos brinde, con su 
historia, este recurso. 

La historia de Italia, por ser la del pueblo 
latino más privilegiado de su estirpe, y el que 
más directa y asoladoramente experimentara 
la acción vitanda de todas las tiranías, es la 
que más vivos reflejos puede ofrecernos para 
averiguar cómo la conciencia nacional prepara 
el advenimiento de un apóstol, y, á la vez, nos 
hará comprender cómo todo apóstol no es otra 
cosa que la concentración, en un espíritu fuer- 
te, de todos los dolores y sufrimientos de una 
época, haciendo de ese modo que su queja y su 



4 América 

lucha sean la lucha y la queja de la multitud 
que habrá de seguirlo, á través de las mayores 
vicisitudes, al triunfo definitivo de sus afanes. 
La historia italiana es una de las más tristes 
que ofrecerse pueda á los interesados en este 
ramo del saber. Cuando las armas de Napo- 
león hicieron llegar á lo largo de la península 
Apenina, desde la cumbre de los Alpes, el emo- 
cionante rumor de sus victorias y la seguridad 
de que la Italia pasaría á ser distinguida por- 
ción de su naciente y ya grande corona impe- 
rial, el pueblo italiano experimentó la secreta 
impresión de que, al fin, la era del orden, del 
engrandecimiento, de la libertad, y, sobre todo, 
de la unidad nacional, estaba cerca; les venía 
encima con el ejército que bajaba desde la cum- 
bre alpina. Motivos de un orden fundamental 
acrecentaron justificadamente esta esperanza. 
Sobre la noción divulgada de que Bonaparte 
sustituía en cada batalla la tiranía por la liber- 
tad, la ley arbitraria de los déspotas por la 
escrita de la democracia, los italianos veían en 
él al compatriota, que sólo dejó de hablar len- 
gua italiana cuando, salido de la adolescencia, 
ingresó en la academia militar francesa. Por 
ello, Italia, que había sentido estremecimientos 
cuando la revolución, colmóse de esperanza á 
la vista de los estandartes imperiales. Invadi- 
da la península, Napoleón ofrecióles concluir 
para siempre con sus antiguas y prolongadas 
miserias. Sus promesas, en parte, fueron cum- 
plidas. Después de ciento cincuenta años que 
hacía que aquel pueblo perdiera la libertad de 



José Martí 5 

sus municipios, que historia tan gallarda lega- 
ron á la posteridad, Italia se disponía á entrar 
en el período que constituía el más gigantesco 
de sus sueños : el de la libertad, la prosperidad, 
la fraternidad y la gloria. La espada del corso 
cumplía su programa. "Redujo á tres los quin- 
ce déspotas que asolaban al país; derribó la 
funesta administración de los Borbones, el Pa- 
pado y Hapsburgo; dictó mejores leyes; ex- 
pulsó á los jesuítas; desautorizó la influencia 
monacal; destruyó el bandidaje; impulsó y res- 
tauró los estados, que parecían meros cadáve- 
res ; y, mejor que todo eso, vigorizó la dormida 
idea de una nación italiana". 

La realidad respondía á la esperanza conce- 
bida, mientras la estrella de Napoleón brilló 
imperante. Pronto, sombras parciales empe- 
zaron á mancharla; y cuando el eclipse, y tras 
de él la puesta, se acercaba, junto á ese que- 
branto, la Historia, con rara ironía, iba á mar- 
car otra más terrible y dolorosa para Italia. 
Las promesas de Napoleón no fueron más que 
un gesto de su parte y una cariñosa esperanza 
para los italianos. La península se vio nueva- 
mente subdividida y entregada al capricho de 
sus hombres, dándose el singular espectáculo 
de que, en más de una ocasión, parte del terri- 
torio nacional caía en manos de los peores ene- 
migos de Italia. La entrega al Austria, por el 
tratado de Campoformio, nada menos que de 
la República de Venecia, fué un acto de aban- 
dono y crueldad muy superior al que los ita- 
lianos podíaii esperar. La posesión por Aus- 



6 América 

tria de aquel pedazo de suelo italiano signifi- 
caba la pérdida total de su soberanía, y así 
sucedió, como recompensa á la sangre y á los 
huesos italianos que en su locura regara Na- 
poleón desde Madrid á Moscow. La influencia 
austríaca volvía á ser predominante en Italia. 
Los desastres y agonías anteriores profundiza- 
ron más y más hondo la conciencia nacional. 
Italia, como antes, se descuartizó en pequeños 
principados. La Normandía y Venecia, al Nor- 
te, pasaron á ser reinos de propiedad austríaca. 
La casa de Saboya se había anexado la repú- 
blica de Genova. En Toscana dominaba la 
casa de Hapsburgo. Cerca de Toscana, un 
número de pequeños estados, como Parma, 
Lucca y Módena, era gobernado por terri- 
bles déspotas, austríacos ó de austríaca educa- 
ción. Sobresalía entre ellos el duque de Mó- 
dena, Francisco IV, el peor de todos. Hacia 
el Sur, los estados de la Iglesia. El reino de 
Ñapóles, mejor conocido por el reino de las dos 
Sicilias, seguía en la corriente mutiladora de 
la Italia. Un desenfrenado despotismo, enfan- 
gado con todas las manchas de la tiranía, se 
desarrollaba sombríamente, bajo la cumbre au- 
gusta de los Apeninos. El pueblo italiano se 
retorcía, sufriente, bajo el peso implacable de 
su suerte amarga. Y allá en Austria, el más 
estupendo de los reaccionarios europeos, Me- 
tternich, reasumía su estado de conciencia, al 
hablar de los italianos, escupiendo esta famosa 
sentencia de su ironía : "La Italia es una sim- 
ple expresión geográfica". Bajo ese estado de 



José Martí 7 

cosas, el pensamiento de la unidad italiana era 
un gran crimen. Hablar de libertad, democra- 
cia, justicia que fuera distinta á la oficial, más 
en consonancia con la naturaleza humana, eran 
actos de franca y decidida rebelión. Para los 
libros que se atrevían á romper el molde oficial, 
estaba el índice papal, con su secuela de fulmi- 
nante condenación para los autores, y el grille- 
te y la cárcel de los déspotas. La instrucción, 
tanto universitaria como primaria, fomentaba 
este propósito de los detentadores de la volun- 
tad popular. Metternich mandó decir á los 
profesores de la famosa Universidad de Padua 
que no quería estudiantes sabios, sino subditos 
obedientes. Al índice fueron á tener las obras 
de Grocio reclamando el arbitraje, y las de Ga- 
lileo probando la redondez del globo, como mu- 
cho más tarde el pequeño libro de Beccaria, un 
profundo y religioso clérigo; libro que, con el 
título de "Los crímenes y las penas", introdujo 
una revolución en el mundo y sufrió la misma 
suerte. En la ópera "II Puritani" se hizo sus- 
tituir la palabra libertad por la de lealtad. En 
Milán, en 1834, por orden del gobierno austría- 
co, se hizo publicar un catecismo político, en el 
cual se leen estas cuestiones: 

Pregunta. — ¿Cómo debe comportarse el sub- 
dito hacia su soberano? 

Respuesta. — El subdito debe comportarse 
como verdadero esclavo hacia su amo. 

Pregunta. — ¿Por qué debe el subdito com- 
portarse como esclavo? 



8 América 

Respuesta. — Porque el soberano es el amo, 
y tiene poder sobre sus posesiones y sus vidas. 

Ñapóles tuvo un código semejante, pero con 
sentencias mucho más aplastantes aún. En uno 
de sus capítulos, titulado "Libertad", hay este 
diálago : 

"Discípulo. — ¿Es cierto que todos los hom- 
bres nacen libres? 

Maestro. — Completamente falso, y esa men- 
tira acerca de la libertad es una mera maldad 
que los modernos filósofos usan para seducir 
al pueblo y destruir al mundo". 

Tal era el fomento de la cultura italiana. 
Todo libro había de pasar por el tamiz de siete 
censuras : por el censor literario ; por el censor 
político; por el censor eclesiástico; dos veces 
por la censura de la Inquisición ; la censura del 
arzobispo, y, por último, por la censura poli- 
cíaca. El alma endemoniada de Metternich, 
por medio de espías napolitanos, austríacos ó 
del papado, lo invadía todo, la iglesia, el café, 
el hogar, para descubrir las más íntimas ideas 
políticas de los hombres. El cincuenta por 
ciento de los italianos no sabía leer ni escribir. 
y en los estados del Papa — y ésta es una gran 
gloria, una estupenda gloria, digna de la insti- 
tución sobre que recae — , la proporción se ele- 
va á ochenta y cinco por ciento, igual al que 
predominaba en Ñapóles y Sicilia. Los tira- 
nos, y el Papa sobre todos ellos, para perpetuar 
el salvaje aspecto de la Italia, impedían la cons- 
trucción de ferrocarriles, por lo que á la educa- 



José Martí 9 

ción y á la unidad nacional ellos favorecer 
podían. 

Con la segunda revolución francesa, aunque 
conmovió mucho á los italianos, pocas conquis- 
tas positivas alcanzaron, como no sea la rebe- 
lión resuelta de ilustres pensadores que, con 
Mazzini á la cabeza, agitaron la península, 
hasta que, en 1831, unidos á Carbonari, se 
fundó la sociedad secreta "La Joven Italia", 
con ideales de unidad, de libertad, de justicia 
y de fraternidad para la patria. La actividad 
política se acrecentó, y el ambiente de dolor y 
opresión hizo surgir como precursores á 
poetas como Alferi, Nicolini, Rosseti y Giusti; 
filósofos como Rosmini; novelistas como Gue- 
trazzi y el nunca igualado autor de "Promessi 
Sposi", Manzoni. Por eso, en 1833, el director 
general de policía de Milán dio instrucciones 
á los oficiales públicos de la frontera para vigi- 
lar á un tal Camilo di Cavour, "quien, á pesar de 
su poca edad, está hondamente corrompido en 
principios políticos". 

Ahora, lector, asimílate al espíritu ese 
gran cuadro de perturbaciones morales en todo 
orden, y por lo que en ti produzca, deduce las 
emociones del alma italiana en período tan 
cruel, el más vitando de su historia. Como el 
náufrago en la soledad abierta de un mar en- 
furecido, que en cada zarpazo de sus olas es- 
pera la muerte, la Italia, agonizante, buscaba 
un clavo ardiente á que asirse, y éste apareció, 
conquistador desde los primeros momentos y 



io América 

triunfante siempre, en Camilo Benso, conde 
de Cavour. 

Camilo Benso, conde de Cavour, nació en 
1810, bajo la soberanía de Napoleón. Su fa- 
milia fué siempre distinguida en Italia ; su ma- 
dre, católica, descendía de protestantes suizos. 
En la Academia Militar de Turín alcanzó el 
grado de teniente de ingenieros ; su predilección 
fueron las matemáticas, y desde muy joven 
habló con relativa perfección las lenguas fran- 
cesa é inglesa. Como ingeniero, estableció en 
su patria manufacturas, molinos, ferrocarriles 
y una línea de vapores en el lago Maggiori. 
Fué agricultor. Sobre todas estas manifestacio- 
nes de su actividad, aparecían como nota domi- 
nante en él sus ideas políticas, á las que en toda 
oportunidad prestó preferentísima atención. 
En una carta á un amigo íntimo, consignó es- 
tas palabras: "Yo puedo asegurar á Ud. que 
abriré mi camino. Conozco que soy enorme- 
mente ambicioso, y cuando sea ministro espero 
justificar mi ambición. En mis sueños me veo 
ministro del reino de Italia". Tenía entonces 
24 años ; y hablar en aquella época de la unidad 
italiana era un gran crimen. Y viajó después; 
visitó la Francia, Inglaterra y Suiza. En In- 
glaterra absorbió las ideas sajonas y estudió 
vigorosamente el sistema parlamentario, los 
métodos de agricultura, manufacturas y todas 
las ramas de la economía nacional. 

Con ese caudal fecundo, acumulado en un 
alma preparada para tan grandes empresas, 
volvió á su patria, donde el contraste le hizo 



José Martí i i 

concebir más hondamente los dolores en que 
desde muy niño habíala visto retorcerse, y co- 
menzó la gigantesca obra á la que había de 
consagrar el resto de su vida; obra que había 
de rebasar los límites de la Italia para conver- 
tirse en continental. Y la comenzó práctica- 
mente, fundando escuelas de agricultura y agi- 
tando en periódicos y revistas, italianas y eu- 
ropeas, los más profundos problemas económi- 
cos. En 1847 fundó en Turín un diario, "II 
Risorgimento", de carácter eminentemente po- 
lítico, que repercutió en Cesare Balbo con su 
famosa obra "Delle Speranze di Italia". El 
nombre de Cavour, ya conocido en Europa, 
empezó á conmover extraordinariamente á la 
Italia. Su primer éxito fué el estatuto publi- 
cado por el rey Carlos Alberto, obra de sus es- 
fuerzos, primera piedra para la libertad de los 
piamonteses, primer brote para una libre y uni- 
da Italia. El fué la idea; su brazo, seguida- 
mente, apareció en Giuseppe Garibaldi. 

El concurso de estos dos hombres, que se 
armonizan en conjunción genial del pensa- 
miento, salvan y redimen á la patria enferma y 
tiranizada. Con asombro del mundo, se une á 
Francia, á Inglaterra y á Turquía, comprome- 
tiendo á los piamonteses en la guerra de 
Crimea contra las armas rusas. Buscaba su ob- 
jetivo; no en esa guerra, sino en sus consecuen- 
cias, si los aliados vencían. Su genio diplomáti- 
co se reveló sutil y previsor en ese acto que la 
Europa consideró ridículo. El valor de los pia- 
re onteses apuntó en favor de Cavour tan alto 



12 América 

relieve, que fué admitido, en el tratado de Pa- 
rís, como miembro del Congreso, en represen- 
tación de los piamonteses; oportunidad que 
aprovechó solamente para increpar al Austria, 
denunciando á Europa su abominable tiranía 
sobre Italia, y si inmediatamente nada consi- 
guió, su acusación quedó viva en los corazones, 
y más tarde hizo propicia á la Italia la influen- 
cia de Napoleón III y del regente de Prusia, 
que pronto degeneraron en hostilidad contra 
Austria. De él pronto surgió la libertad de 
Lombardía, pero él la ansiaba más intensa, des- 
de los Alpes hasta el Adriático. La espada de 
Garibaldi, colaborando en esa obra, fantástica 
por la enormidad del poder que se oponía, se 
rebeliona, vence en la Sicilia é invade la penín- 
sula. Y, por fin, después de una larga serie de 
alternativas entre la diplomacia de Cavour y la 
espada cruenta de Garibaldi, en 1861 se reúne 
el primer parlamento en Turín y se proclama 
la unidad italiana, con Víctor Manuel por rey 
constitucional y el conde de Covour como pre- 
sidente del nuevo ministerio. Sólo faltaba Ro- 
ma para el complemento de la gran idea del es- 
tadista; el Papa parecía invencible. 

Parece que el destino ha dispuesto que los 
grandes hombres no puedan nunca ver realiza- 
das sus grandes empresas, y Cavour no pudo 
ver á Roma sometida. Ya muy enfermo, en 
las puertas del sepulcro — de ese sepulcro que 
tanto venera la Italia de hoy, en el campo santo 
de Pisa — , Castelli le preguntó el tiempo que 
él consideraba necesario para rendir á Roma; 



José Martí 13 

estuvo silencioso un minuto, durante el cual 
miraba fijamente á Castelli, y dijo : "Dos años". 
En su lecho de muerte, por sus labios vagaba 
constantemente esta expresión : Vitalia e fatta; 
una de las últimas frases que le dirigió á su 
confesor fué ésta : Prate, frate, libera chiesa in 
libero estato. A su muerte, en 1871, Garibaldi 
hizo á Roma la capital de Italia. 

La gran proyección del espíritu de Camilo 
Benso sobre la Italia, y el dominio que su ac- 
ción temeraria ejerció sobre el movimiento po- 
lítico de su época, revelan el fondo de la gesta, 
la entraña de los orígenes de los grandes acon- 
tecimientos históricos. Mirado así, por encima 
de las páginas del relato, á primera vista, juz- 
gando por el primer golpe de impresión, parece 
que es el hombre, un hombre, el que crea, ani- 
ma, pone en movimiento y desarrolla el estado 
general de la conciencia colectiva é inclina á la 
consecución de un fin generoso, y cuyo anhelo, 
amaestrando las muchedumbres hasta el mar- 
tirio, hízolas coadyuvar con su sangre al levan- 
te de la libertad soñada y la justicia y repara- 
ción solicitadas. Parece que es así, que es su 
espíritu el que inflama á los demás ; pero en las 
interioridades del mecanismo social, de la psi- 
cología colectiva, á poco que se ahonde, aparece 
revelador el gran principio del dolor general, 
que, polarizado en el alma silenciosa y sufrien- 
te de los más, de los amorfos, plantea el proble- 
ma cuya crisis expansiva provocara. El hom- 
bre, como individualidad aislada, no puede, 
cualesquiera que sean sus facultades, las más 



14 • América 

extraordinarias y estupendas que pueda con- 
cebirse, sugestionar á una multitud hasta el 
grado de hacerla experimentar un sufrimiento 
que no sea real ; y, mucho menos, predisponerla 
en favor de un remedio cuya necesidad no com- 
prende, y que, para conseguir, tiene que ofren- 
dar á torrentes sangre fecunda. Pero el agita- 
dor — Cavour es un alto ejemplo — , más sensi- 
ble que el resto, y que el resto menos resignado, 
ruge, con soplido de huracán, contra la tiranía 
que á todos sojuzga, y su eco cae como la pól- 
vora sobre ascua. Y la agitación empieza, y la 
comprensibilidad tumultuaria abre su espíritu 
al problema, y comienzan las reuniones secre- 
tas ; primero en el lugar en que vive el agitador, 
después en la provincia, luego en la nación en- 
tera. El nombre del agitador se pronuncia en 
todas partes. El pide lo que todos ansian como 
necesidad suprema, y todos lo siguen en la pre- 
dicación primero, en la revolución más tarde. 
Quitad de encima de la conciencia italiana la 
obra de Austria, de la casa de Saboya y la de 
Hapsburgo, y Cavour no hubiera sido más que 
agricultor ó ingeniero. Metternich lo agigantó 
á un grado imponente, tanto, que se impuso 
con su palabra, su pluma y su acción. Hubo 
un momento en que dominó el espíritu de la 
Europa. Su alma se engrandecía tanto, que en 
sus proporciones llegó á ser continental. Lo 
mismo fué Martí para el continente americano. 
Cuando leemos en las silenciosas páginas de los 
libros el aturdido y estruendoso resurgimiento 
de los pueblos, se escapa de los labios esta ex- 



José Martí 15 

presión : "¡ Cuánto nos parecemos en el relato I" 
Y, en efecto, la historia de Cuba, cuyo engra- 
naje arrastrara á Martí á la caída heroica de 
Boca de Dos Ríos, guarda una analogía som- 
bríamente similar á la de la Italia de Cavour. 
Y entre ambos existe este sarcástico parecido : 
¡no vieron su obra! Estudiemos la de Cuba, 
para memoria de su mártir. 



CAPITULO II 

CUBA DE 1 85 1 A l868. 

Coincidencias históricas. — Gobierno de Pezuela. — Gobierno del 
general Concha. — Estado social, político y económico de 
Cuba. — Gobierno del general Dulce. — Su informe sobrí el 
estado político y económico de Cuba. — Declaraciones de 
Juan Russel en el parlamento inglés. — Estado de la instruc- 
ción pública. — La guerra es el grito de un pueblo caído en 
desesperación. 

"O 'España concede á Cuba derechos políticts, ó 
Cuba se pierde para España. — José Antonio Skco." 

En el curso secreto y misterioso de los acon- 
tecimientos históricos, llamados á determhar 
sobre el porvenir de un pueblo, hay ciertas 
coincidencias de tan extraña como evidentísi- 
ma realidad. Si fuese posible asegurar que a 
historia de Cuba, hasta el preciso momento en 
que de ella vamos á ocuparnos, presenta tonos 
que aminoran un tanto el insoportable peso de 
su conjunto, cabe decir que el nacimiento ce 
Marti acaece en el más sombrío y sangriento 
período de la desventurada historia cubani. 
Prescindiendo de los agudos movimientos que 
internacionalmente provocara el estado social 
de la Gran Antilla, muy especialmente de parfc 
de Inglaterra, por aliviar su situación ante el 
inconcebible estado social, político y económio 



José Martí 17 

de Cuba, es lo cierto que en 1851, dos años an- 
tes del nacimiento de Martí, dieron comienzo 
en nuestra patria las protestas armadas contra 
una tiranía por todos conceptos reprobable. La 
mayor y más conmovedora muestra de cómo se 
desenvolvía el régimen colonial encuéntrase 
precisamente en el año 1853, el propio año del 
nacimiento del que más tarde había de ser 
nuestro Apóstol, siendo Gobernador General de 
la Isla el Sr. Pezuela. De naturaleza hidalga 
este general, fácil á las inclinaciones legales, y 
por ende mal avenido con el desorden y la ar- 
bitrariedad reinantes en este país, que explota- 
ban con desenfrenada usura unos cuantos im- 
béciles, para los que el amor á su patria estri- 
baba en codiciada supremacía por adquirir to- 
neladas de oro, hizo conducir sus primeras pro- 
videncias á impedir la infamante trata africa- 
na, que, no obstante el tratado de Inglaterra, 
se realizaba para desdoro de España y afrenta 
de sus colonias. Ese movimiento, que por sí 
solo bastaba para dar un golpe de luz al som- 
brío cuadro de desdichas cubanas, levantó ful- 
minantes protestas de parte del elemento espa- 
ñol contra el general Pezuela, á quien en cierta 
ocasión se le acercó un delator denunciándole 
conspiraciones separatistas cubanas y augurán- 
dole tal vez muy próximos movimientos revolu- 
cionarios, y con el propósito de que su obra fuese 
completa, le alargó una lista en la que figuraba 
el nombre de cada uno de los complicados en el 
movimiento insurgente. El general Pezuela 
aparentó extraordinaria indignación, y toman- 



18 América 

do la lista de su mano, preguntó al delator la 
clase de suplicio que á su juicio merecerían ta- 
les traidores; como el delator contestara que 
ni aun en la hoguera pagarían debidamente su 
traición, Pezuela, tranquilamente, como quien 
se había dado cabal cuenta de la situación del 
pueblo que gobernaba, repuso sonriendo: "Te- 
néis razón; voy á quemar á esos traidores; á 
quemarlos á todos, sin dejar uno vivo siquiera" ; 
y acercando aquel papelucho á la luz de una 
vela que próxima á ambos había, lo hizo ceni- 
zas sin leerlo, agregando: "Ya estáis compla- 
cidos". 

Un general así, un gobernante de ese empuje 
y de esa alma, no estaba llamado á gobernar 
por mucho tiempo nuestra patria. Su antece- 
sor, D. Valentín Cañedo, consintió la trata y 
condenó á muerte á D. Eduardo Facciolo por 
ser el dueño de la imprenta en que se editaba 
el periódico "La Voz del Pueblo Cubano". En 
el mismo año de 1853, y de la pluma del man- 
darín funesto, salieron fulminaciones de muer- 
te, sentencias á presidio y multitud de destie- 
rros; todos los que caían sin piedad sobre el 
desdichado hijo de Cuba. 

Política ésta que destruía Pezuela y que era 
continuación de la que veinte años antes inau- 
gurara el general Tacón, bajo cuyo mando fue- 
ron reducidos á prisión los componentes de una 
compañía de ópera que actuaba en la Habana, 
porque en la representación de la obra "Los 
Puritanos" se invocó la libertad. Como en Ita- 



José Martí 19 

lia, el tirano de Cuba hizo cambiar el vocablo 
invocado por el más socorrido de lealtad. 

Por eso el mando de Pezuela no era el que 
convenía á los españoles de Cuba. Aquellos 
patrioteros y mercachifles sintieron tal indig- 
nación por Pezuela, su prensa gimió tanto y el 
ruido que hicieron llegar á España fué de tal 
naturaleza, que el gobierno metropolitano, des- 
conocedor supremo, como siempre fué, de las 
cosas ultramarinas, prestó oído á los alborota- 
dores de Cuba, y labrando su propia ruina or- 
denó el relevo del Sr. Pezuela, á los nueve me- 
ses de gobernar la Capitanía General Cubana. 
Ante este episodio asombra que los españoles 
de la calle Muralla, y sus acólitos en todo la 
colonia, no enviasen á Pezuela como residen- 
ciado á la Península. 

Ellos necesitaban, para satisfacer su elevado 
y ardiente patriotismo, teñir el suelo con san- 
gre de cubanos, y sobre todo, hacer posible en 
sus negocios un gran margen de ganancias; y 
esto lo consiguieron esplendorosamente bajo el 
segundo mando del general José de la Concha, 
quien tomó posesión el 21 de septiembre 
de 1854. 

Examinemos ligeramente cuál era el estado 
económico en aquellos momentos. La más sin- 
gular de las manifestaciones de la política eco- 
nómica, conocida en nuestra historia con el 
nombre de "la cuestión de las harinas", en su 
aspecto general, era el de la protección en be- 
neficio de los especuladores, con evidente ruina 
para los colonos. La modificación arancelaria 



20 América 

fué de un efecto y estaba influenciada por una 
despreocupación inconcebible. Las harinas na- 
cionales adeudaban al fisco colonial dos pesos 
por barril en bandera española, seis pesos bajo 
bandera extranjera; las harinas extranjeras 
devengaban ocho pesos cincuenta céntimos bajo 
la bandera nacional, y nueve pesos cincuenta 
céntimos si también fuesen exportadas bajo 
bandera extranjera. La diferencia tan enorme 
en el impuesto equivalía á una prohibición casi 
absoluta de las harinas extranjeras, lo cual em- 
peoró la balanza de 1854, cuyo resultado arroja 
una importación española de este artículo por 
281,397 barriles, con un valor de $3.517,118; 
mientras que la extranjera no pasó de 7,237 
barriles, por valor de $90,462. De 1,119 barri- 
les que ingresaron en el depósito mercantil, 862 
fueron reexportados. 

Ese resultado demuestra que la producción 
extranjera se hallaba casi excluida del mercado 
de Cuba, con irritante y absoluta protección na- 
cional. Los Estados Unidos, que por la abun- 
dancia de sus harinas y su proximidad á la Isla 
eran los que más sufrían la consecuencia de 
esta privación, tomaron medidas de represalia 
gravando el café y cerrando sus puertos á los 
barcos que navegaban con bandera española, 
con perjuicio evidente para el propio comercio 
español. El Sr. Ramón Pasaron y Lastra, in- 
tendente que fué de la Isla de Cuba, puntuali- 
zando esta cuestión, agrega: "Fácilmente se 
comprende que semejante estado de cosas es 
perjudicial para los intereses de Cuba, los de la 



José Martí 21 

Península y los de nuestra marina mercante. 
¿Qué sucederá en la Isla el día que por cual- 
quier eventualidad falten allí las harinas espa- 
ñolas y se consuman las que están almacena- 
das ? ¿ Cómo se saldrá del conflicto si la nación 
más inmediata no puede ó no quiere proveer 
aquel mercado con sus harinas en una situación 
apurada? ¿Podrá contarse con que llegarán á 
tiempo de remediar el mal las que acudan de 
otras naciones extranjeras de Europa, cuando 
para llegar á aquellos puertos tienen que trans- 
currir cuatro meses lo menos desde el pedido? 
Y aunque se salvaran todos estos inconvenien- 
tes, ¿cuántas serían las fortunas que tendrían 
á su alcance el pan desde que al precio consi- 
guiente á la escasez se aumentase el de un im- 
puesto tan exorbitante como lo es el de nueve 
pesos cincuenta céntimos un barril con los de- 
más recargos ? Hoy mismo, la mitad de la po- 
blación cubana no come pan por la elevación de 
su precio, á pesar de las muchas harinas que 
llevan allí nuestros buques desde Santander, y- 
del módico derecho que adeudan á su importa- 
ción. Además, alejada como está la concurren- 
cia extranjera de este artículo, queda el nues- 
tro exclusivamente dueño de aquel mercado; 
puede venir un día en que, puesta de acuerdo 
media docena de negociantes, acaparen todas 
las harinas españolas llegadas á Cuba, y las 
conviertan, cuando les acomode, en objeto de 
un monopolio, tanto más repugnante cuanto que 
recae sobre una mercancía que todos necesitan 
para vivir. Las rentas del Tesoro, á su vez, 



22 América 

pierden la crecida suma que adeudarían las ha- 
rinas extranjeras que viniesen á cubrir la falta 
que dejan las nacionales en el aprovisionamien- 
to de la Isla. Hemos asegurado que la mitad 
de la población no come pan. Supóngase la li- 
bre concurrencia, que aunque no calculemos 
más que á libra diaria de consumo por cada 
individuo que hoy no disfruta aquella ventaja, 
el aumento sería de 500,000 libras al día. Sú- 
mense las del año; fíjese el número de barriles 
que para este aumento de consumo sería nece- 
sario; dedúzcase el derecho de 4 pesos á cada 
uno en bandera española y de 6 en la extran- 
jera, y resultará probado que las rentas públi- 
cas sufren en el día una pérdida gravísima. La 
siguiente demostración, en la cual omitiremos 
los quebrados, para que salga en partidas re- 
dondas, probará esta verdad. 

Suponiendo que cada individuo coma una li- 
bra de pan diario, corresponde anualmente al 
millón de habitantes que tiene la Isla 365 mi- 
llones de libras, que, á razón de 64 por fanega, 
y cuatro de éstas por barril, hacen: 

Barriles 1.425,789 

Importados en 1854 288,643 

Para proveer de una libra á cada 

individuo, faltan 1.137,146 

El dato es sencillamente desesperante. No 
puede darse mayor desacierto por parte de un 
gobierno, ni pueblo alguno jamás se vio tan 



José Martí 23 

duramente impulsado á su desesperación y á 
su ruina. 

Al gobierno de Pezuela había llegado la Is- 
la de Cuba á las más menguadas condiciones 
en todo orden. A partir de Tacón, acentuáron- 
se aquellas corruptelas públicas que las Audien- 
cias de Santo Domingo, primero, y Puerto 
Príncipe más tarde, habíanse propuesto corre- 
gir. En 1 818, en el orden civil campeaba el im- 
perio de la disolución. La propia iglesia católi- 
ca, con sus prerrogativas, sus procesiones y 
campanas, lo mismo alborotaba al vecindario 
que ponía en libertad á los penados. Por autos 
de la Audiencia principeña se prohibieron las 
fiestas de San Juan y San Pedro, "con objeto 
— dice la disposición — de precaver los excesos 
que en años anteriores se han cometido, extin- 
guiéndose para siempre las carreras de caba- 
llos y demás que en tales días se acostumbra- 
ba". La propia Audiencia dictó auto prohibiti- 
vo de liberación de penados realizada por el 
clero sin mediación de los tribunales civiles; 
asimismo reglamentó los toques de campanas. 
Más tarde, en días del general Tacón, todos es- 
tos males se desarrollaron como vegetación ma-< 
ravillosa en campos fecundos. Bien triste es el 
recuento que de ellos hace esta autoridad en su 
memoria, la cual, si trató de corregir algunas, 
como el crimen y su impunidad, hizo gala, en 
cambio, de favorecer con largueza todas las li- 
cencias y los vicios todos, que al pueblo corrom- 
pen y tórnanlo en propicio á la tiranía. 



24 América 

En 1854, la corporación que con carácter sa- 
nitario existia en Cuba, por decreto de 17 de 
agosto fué declarada consultiva del Gobernador 
Capitán General, quien reasumió las atribucio- 
nes de administrador activo que le correspon- 
dían, convirtiéndose, por ello, en medida emi- 
nentemente militar y desamparando de ese mo- 
do la vida civil, á la que esperaban días peores 
que aquellos lejanos en que la Audiencia de 
Puerto Príncipe, en providencia respecto á la 
limpieza de la Habana, decía : "Ni las disposi- 
ciones de policía que se han dictado, ni el celo 
de las autoridades y ministro encargado de la 
ejecución, han sido bastante á impedir que en 
los patios y casas se aglomeren basuras y otras 
cosas inmundas, y menos que se arrojen des- 
pués á las calles en horas en que no pueden ser 
vistos; de aquí proviene el desaseo que es con-> 
siguiente á tan pernicioso abuso, y que se ca- 
rezca de la limpieza que corresponde á una ciu- 
dad populosa y de tanto tráfico como la Haba- 
na; de aquí el que, arrastrado todo por las co- 
rrientes, se tupan los desagües públicos, se obs- 
truya el libre curso de las aguas y se dificulte 
el tránsito de los vecinos; de aquí el que pa- 
dezca la salud pública por los vapores que ex- 
halan las aguas detenidas, el fango y demás 
que comprende; y de aquí, por último, que pa- 
sando ese cieno á la bahía, se experimente en 
aquel puerto el daño que trató de precaver Su 
Majestad con los otros perjuicios que son con- 
siguientes". 



José Martí 25 

Ese cuadro, que se remonta setenta y nueva 
años atrás, casi un siglo, en muy poco, si en al- 
go, se diferencia de los que encontró en esja 
misma ciudad de la Habana el departamento 
sanitario del ejército americano de ocupación; 
y es que los gobernantes españoles sólo dedica- 
ban su atención, si bien con deficiencia insigne, 
á sus cuarteles y soldados. 

Bajo el gobierno del general Concha en este 
segundo período de su mando, el desenfreno 
de la tiranía pareció exasperarse. Ya en 1851, 
este gobernador había pedido al gobierno me- 
tropolitano que se le concedieran amplias facul- 
tades para el gobierno de la colonia, porque, de- 
cía: "el Tribunal de la Real Hacienda quiere 
invadir las atribuciones de la administración 
civil, y el Tribunal Mayor de Cuentas, desente- 
rrando antiguas y desusadas disposiciones, pre- 
tende desconocer la autoridad superior del Go- 
bernador General, y abrogarse la facultad de 
imponer penas á los dependientes de aquéllas, 
que ni son, ni pueden caber jamás dentro del 
límite del círculo de sus atribuciones, sin con- 
culcar todos los principios y socavar por su 
base el gobierno civil de los pueblos. Con áni- 
mo no menos hostil, la Real Audiencia preto- 
rial se opone á toda innovación que tienda á 
privarle de la importancia que cree recibe de 
su intervención en los negocios administrati- 
vos; y el Gobernador General se ve obligado á 
oir su dictamen, ó el de los alcaldes mayores, 
en materia mera y exclusivamente de gobierno 
civil, para evitar el cargo que en caso contrario 



26 América 

se le haría en el juicio de residencia. Extraño 
y repugnante contraprincipio, Excelentísimo 
Señor, que el hombre ilustrado no puede menos 
dé rechazar, y que coloca al Gobernador Gene- 
ral en una situación degradante y vergonzosa. 
Recientemente se halla aún el caso de haber un 
alcalde ordinario reunido el Ayuntamiento del 
pueblo sin permiso del Teniente Gobernador; 
y para resolver si aquél se había hecho acreedor 
á un apercibimiento ó á una multa en este ne- 
gocio, pura y sencillamente gubernativo, el Go- 
bernador General no pudo obrar por sí mismo, 
sino que se halló obligado á oir la opinión de 
un alcalde mayor. ¡A tal extremo reduce la 
legislación vigente la autoridad del Gobernador 
General ! Como si ésta no se hallara aún sufi- 
cientemente rebajada, el alcalde apercibido ó 
multado puede apelar de la providencia, y ad- 
mitida la apelación, está en los tribunales de la 
Real Audiencia el revocar la disposición ase- 
sorada. Una apelación en caso análogo ha sido 
ya interpuesta ; mas si se admite y la Audiencia 
revoca mi providencia, yo no podré consentirlo 
en un negocio gubernativo; rechazaré la de la 
Audiencia ; y he aquí, Excelentísimo Señor, un 
nuevo conflicto, una complicación nueva, que 
viene á hacer más y más angustiosa la posición 
del Gobernador General de la Isla. Mientras 
esto sucede, el Gobierno, por real cédula de 29 
de enero, proclama la independencia del orden 
judicial, y declara que el Gobernador General 
y demás jefes civiles no tendrán ya jurisdicción 
ordinaria". 



José Martí 2j 

Tal era, presentado por sus propias palabras, 
el gobernante que sufría Cuba cuando José 
Martí tenía tres años de edad. Bien clara que- 
da consignada la mente de ese gobernante, el 
concepto que tenía de los pueblos y su mórbida 
propensión á la tiranía; tiranía que dejó 
profundamente grabada en la tierra cubana 
con el agarrotamiento de Ramón Pintó el 22 
de marzo de 1855, la condena á presidio de 
muchos cubanos y las incontables deportacio- 
nes de otros; y todo, asómbrese el lector, por- 
que el general Concha dio crédito al delator 
que, pocos años antes, con tan profundo des- 
precio acogiera el general Pezuela. Época 
también en que, posiblemente, el padre de Mar- 
tí, oriundo de Valencia, humilde empleado del 
gobierno colonial y exaltado defensor del im- 
perialismo prevaleciente en el país, miraba in- 
quieto, atribulado tal vez, el desarrollo de su 
hijo, que, por nacimiento y la influencia del 
medio tropical, le hacía presentir la contra- 
dicción flagrante de sus propios pensamientos, 
autócratas y reaccionarios, con los de su tierno 
hijo ; realidad vaga, visión confusa, que le exas- 
peraba hasta el grado de temer relajaciones y 
quebrantos en los vínculos de su paternal sen- 
timiento. 

En la propia época, se hacía jurar á todo 
empleado el absurdo principio de que el pueblo 
no podía intervenir en la formación de sus le- 
yes ; principio análogo en su fondo, aunque dis- 
tinto en su manifestación, al de Metternich 
exigiendo á las universidades italianas que no 



28 América 

formasen hombres sabios, sino adictos obedien- 
tes al tirano. 

Siguen á estos dos gobernantes otros un tan- 
to dulcificadores de las calamidades cubanas: 
el gobierno del general Francisco Serrano y el 
del general Domingo Dulce y Garay. Este úl- 
timo, en sus informes respecto á la situación 
política de Cuba, revela la suma gravedad en 
que ésta se encontraba. Conviene, interesa 
mucho á nuestro propósito, recoger aquí sus 
propias palabras: "Por lo que respecta á as- 
piraciones, no es posible poner en duda que los 
esclavos desean ser libres ; y los libres de color 
ansian por irse elevando á la igualdad de dere- 
chos civiles; que los blancos insulares claman 
por asimilarse á las demás provincias, salvas 
las excepciones que exijan las circunstancias 
de la suya; que esa opinión prevalece también, 
aunque no sostenida públicamente, entre mu- 
chos peninsulares y canarios ; que sólo una frac- 
ción de aquéllos y éstos se pronuncia contra 
aquella aspiración, ya por espíritu de provin- 
cialismo, ya por temores exagerados, ya por- 
que á su interés individual convenga el presen- 
te estado de cosas; ya, en fin, y, éste es el mayor 
número, porque sin haber meditado, ni estar 
quizá en actitud de meditar esta cuestión, si- 
guen el impulso y las aspiraciones de aquellos 
de quienes dependen por su empleo ó ejercicio; 
que también están por el estatu quo no pocos 
de los empleados, por motivos demasiado ob- 
vios para que sea necesario explicarlos; y, por 
último, que los extranjeros de origen europeo 



José Martí 29 

son en general indiferentes á esas aspiraciones 
locales ; mas no sucede lo mismo con los de pro- 
cedencia americana, los cuales tienen simpatía 
por los insulares". 

Bien claro dejó consignada el general Dulce 
la situación política de Cuba; situación honda- 
mente lacerada por el choque inflamado del 
mercantilismo patriotero de una parte de la po- 
blación de la Isla y el agudo sufrimiento de la 
mayoría, que soportaba tanta maldad acumu- 
lada; pero si de éstas sus palabras no resulta 
vivo y emocionante el estado indecible de la si- 
tuación cubana, óigase lo que en el mismo in- 
forme, y al hablar de la situación económica, 
decía al gobierno metropolitano : "Un país po- 
co cultivado, cuyos recursos naturales tropiezan 
al desenvolverse con obstáculos de distintas es- 
pecies, y cuya escasa población está dividida 
por tal diversidad de clases, condiciones, deseos 
y aspiraciones, tiene ya en sí elementos de des- 
contento por lo presente, y de desconfianza para 
el porvenir, suficientes para producir esa espe- 
cie de malestar vago é indefinido, y esa propen- 
sión á alarmarse en cualquier emergencia que 
hace tiempo se observa en Cuba ; pero aun hay 
otras causas que, más ó menos directamente, 
influyen en un malestar y desconfianza, tales 
como excesivas centralizaciones, que hacen 
aparecer á la autoridad mayor responsable de 
multitud de detalles á que no le es posible aten- 
der, y que, lejos de robustecer, debilitan su ac- 
ción y prestigio; el sistema tributario allí vi- 
gente y los costos y tropiezos de una recauda- 



3o América 

ción y administración tan complicada ; los aran- 
celes, que, so pretexto de protección, dificultan 
y perjudican el movimiento comercial y maríti- 
mo, fomentan la defraudación, imposibilitan 
un comercio de buena fe y afectan desfavora- 
blemente bajo este triple aspecto los intereses 
generales de la nación y los particulares de la 
Isla; un sistema de aduana costosísimo, recar- 
gado de trámites y formas que no evitan el 
fraude y molestan y embarazan al negociante 
honrado; la falta de participación de aquellos 
habitantes en la clasificación y distribución de 
los impuestos, ó sea la carencia de diputaciones 
provinciales y de todos los demás elementos de 
organización administrativa y económica de la 
provincia; la insuficiente participación del ele- 
mento popular en las elecciones de Ayunta- 
miento; la defectuosa división territorial, así 
en lo político, administrativo y económico, como 
en lo judicial y eclesiástico; el sistema de te- 
nencias de gobierno en las poblaciones de orden 
secundario, confiadas exclusivamente á milita- 
res, y el no menos defectuoso sistema de capi- 
tanías de partido; la excesiva reglamentación 
en varios ramos de servicio público; la innece- 
saria intervención del Gobierno en asuntos en 
que el interés privado es la mejor garantía de 
acierto, y las dificultades con que, por esta cau- 
sa, lucha el espíritu de especulación y de em- 
presas. Y, por último, las ordenanzas de ma- 
trículas, que, en vez de proteger la industria 
marinera, la han disminuido y casi anonadado 
en una isla que, por la multitud y excelencia de 



José Martí 31 

sus puertos, y por los inmensurables cayos ó 
pequeñas islas que la rodean, presta tantos ali- 
cientes y facilidades para la pesca, para el ca- 
botaje y demás industrias de mar". 

Estas exhortaciones, hijas del buen deseo de 
los españoles conscientes del estado de opinión 
en el mundo, y sobre todo de las protestas que 
en todas partes surgían por tan bárbaros pro- 
cedimientos coloniales, que eran opuestos á 
todo avance civilizador, no repercutían en el 
duro corazón del gobierno metropolitano. Aquel 
gobierno prestaba siempre más atención á las 
comunicaciones de los españoles adinerados, 
que pedían el mantenimiento del estatn quo, 
que á las otras súplicas, como la que, dirigida 
al duque de La Torre y firmada por más de 
veinticinco mil personas, que la suscribieron 
en la Habana, Cuba, Puerto Príncipe, Matan- 
zas, Cárdenas, Cienfuegos, Trinidad, Holguín, 
Remedios y casi todas las demás ciudades de la 
Isla, fueron remitidas á Madrid por conducto 
de algunos diputados, muy especialmente por 
el de los senadores D. Antonio Fabie y D. An- 
drés de Arango. Pero para Cuba no había espe- 
ranzas, por la increíble incuria de los gober- 
nantes españoles, que siempre prestaban oído 
al enfático y agudo grito de los comerciantes 
ultramarinos, que en nombre de la integridad 
de la patria habían convertido el comercio ex- 
terior en un inmenso sistema de contrabando. 
Así era el patriotismo por ellos sentido. Para 
enriquecer sus bolsillos, sometían á las cruel- 
dades del hambre á la población colonial, y 



32 América 

amaban el sistema reinante por lo favorable al 
fraude de la propia nación, cuyo imperio falsa é 
hipócritamente querían perpetuar. Y todo eso 
en los momentos mismos en que la Europa co- 
lonial, convencida ante los propios descalabros 
del sistema, cambiaba de rumbo, abría, genero- 
sa, más francos caminos á la libertad política y 
comercial. Todo eso, necesario es repetirlo, 
algunos años después que lord Juan Russel 
(1850) exponía un programa de política co- 
lonial que, impresionado al mundo, sirvió de 
norma á la política inglesa desde entonces. En 
un trabajo de la naturaleza del presente, pa- 
ra que resalte grandemente el desastre guber- 
namental español, y en justificación de los mo- 
vimientos convulsivos que en nuestra patria 
esos desastres habían de provocar, se hace ne- 
cesario estampar lo fundamental y más solem- 
ne de las declaraciones de Russel; así se ex- 
presó el eminente político inglés: "En lo re- 
ferente á nuestra política comercial, puedo 
asegurar que ha caído por completo el siste- 
ma del monopolio. La única precaución que 
debemos tomar es la de procurar que nues- 
tras colonias no concedan ningún privilegio á 
una nación en detrimento de otra, y que ellas 
no impongan sobre nuestros productos nin- 
gún impuesto que equivalga á una prohibi- 
ción. Yo creo que nosotros tenemos razón al 
pedir esto, en compensación de la seguridad 
que les hemos dado. Estamos decididos á no 
retroceder en la resolución de que ; de aquí en 
adelante, nuestro comercio debe fundarse ex- 



José Martí 33 

elusivamente en este principio : sois libres para 
recibir todos los productos de todos los países 
que están en disposición de procurároslos á más 
bajo precio que vuestras colonias, y por otra 
parte, las colonias son libres para traficar con 
todas las partes del globo, del modo que estimen 
más ventajoso para sus intereses. A lo refe- 
rente á nuestras relaciones políticas con las co- 
lonias, os acomodaréis al principio de introdu- 
cir y mantener, en cuanto sea posible, la liber- 
tad civil en todas vuestras posesiones. Yo creo 
que en toda ocasión que afirméis que la libertad 
política no puede introducirse en una colonia, 
daréis las razones suficientes de esa excepción; 
entonces tendréis que probar ya que se trata de 
una raza que no puede todavía tolerar las ins- 
tituciones libres, ya que la colonia no está com- 
puesta de ciudadanos ingleses, ó ya que éstos 
no están en ella más que en tan débil propor- 
ción, que no sea posible implantar semejantes 
instituciones con la seguridad de su buen éxito. 
Y á menos que nos suministréis estas pruebas, 
y siempre que se trate de una población capaz 
de gobernarse á sí misma, si continuáis siendo 
los represntantes de la colonia en lo que se re- 
fiere á la política exterior, no tendréis, sin em- 
bargo, que intervenir en sus asuntos interiores, 
más que en aquello que clara y decididamente 
sea necesario para prevenir un conflicto en el 
seno de la colonia misma. Y por lo menos, 
puedo declarar que éstos son los que ha adop- 
tado el actual gobierno. Y no sólo opino que 
estos principios son los que deben guiaros, por- 



34 América 

que actualmente no ofrecen peligro alguno, sino 
que pienso, además, que ayudarán á resolver 
en el porvenir muchas graves cuestiones, sin 
exponeros á una tan desgraciada colisión como 
la que se nos ofreció al terminar el pasado siglo. 
Reflexionando sobre el origen de esa fatal gue- 
rra con las comarcas que después han llegado 
á ser los Estados Unidos de América, no puedo 
menos de creer que ella fué el resultado, no de 
un simple error ni de una mera equivocación, 
sino de una larga serie de errores y de equivo- 
caciones, de una malhadada política de tardías 
concesiones y de exigencias inoportunas. Ten- 
go la confianza de que ya no tendremos que de- 
plorar conflictos semejantes. Preveo, de acuer- 
do sin duda en esto con todas las mejores inte- 
ligencias, que algunas de nuestras colonias cre- 
cerán de tal manera en población y riqueza, que 
tendrán que decirnos un día: "Ya somos bas- 
tante fuertes para vivir independientes de In- 
glaterra. El vínculo que á ella nos une nos re- 
sulta pesado, y ha llegado el momento en que, 
amigable y estrechamente unidos á la metró- 
poli, queremos proclamar nuestra autonomía". 
No creo, á decir verdad, que este tiempo esté 
muy cercano á nosotros; pero hagamos, mien- 
tras tanto, por nuestra parte, cuanto podamos 
por hacerlas aptas para gobernarse á sí propias; 
démosles, en cuanto sea posible, la facultad de 
dirigir sus propios intereses. Crezcan ellas en 
número y prosperidad, y cualquier cosa que nos 
reserve el porvenir, nosotros, ciudadanos de 
este grande imperio, tendremos el consuelo de 



José Martí 35 

poder decir que hemos cooperado á la felicidad 
del mundo " 

La política del mundo, que acogió impresio- 
nada el programa augusto que acaba de pre- 
sentarse, no hizo efecto alguno en los eximios 
gobernantes españoles. Entregados por entero 
á las patrioterías de los especuladores de sus 
colonias, dejaron cruzar las palabras de Russel, 
como si nunca se hubiesen pronunciado, ó si, 
conocidas, fueran de un efecto secundario. Así 
perdieron hasta los últimos restos de su imperio 
colonial. Por lo que á la época que analizamos 
respecta, era necesario que la desesperación del 
pueblo cubano lo empujara ciego á la revolución 
del 68, bajo cuyas llamaradas y olas de sangre 
empezó á formarse la fisonomía heroica, á tra- 
vés del temperamento audaz, del turbulento pro- 
tagonista cuya obra política es objeto de este 
estudio. Es decir, vamos á presenciar la for- 
mación del alma ardorosa y revolucionaria de 
José Martí. 

Pero antes de acometer esa empresa, habida 
cuenta de que la cualidad más sobresaliente, el 
impulso más ingenuo anidado en el espíritu de 
aquel á cuya memoria escribimos, fué de una 
dominante pasión, siempre continuada y nunca 
contenida, por la enseñanza, como justificación 
á esa manifestación vital de su obra, que es 
como corona que resplandece en toda su exis- 
tencia, el deber impone con imperativo categó- 
rico la obligación de aludir á otro aspecto de la 
vida colonial. 



36 América 

Ese otro aspecto del régimen español, que no 
puede quedar olvidado en esta presentación de 
datos cuyo conjunto ofrece clara idea de la si- 
tuación cubana bajo el rígido imperio metropo- 
litano, es aquel que á la instrucción pública se 
refiere. Por el año 1859, cuando el Sr. Bachi- 
ller y Morales escribiera sus Apuntes para la 
historia de las letras y la instrucción pública 
de la Isla de Cuba, nuestro eminente historió- 
grafo dividió el proceso educacional antillano 
en cinco largos períodos, cuyos títulos dan cla- 
ra noción de lo lento y contradictorio que fué 
en Cuba ésa, la más importante y principal ma- 
nifestación dentro de un orden social normal- 
mente establecido. Esos cinco períodos son 
como siguen: el Primitivo, desde la población 
de la Isla hasta 1794; el de Organización, des- 
de 1794 hasta 1824; el de Decadencia, en la 
educación gratuita, desde 1824 á 1833; e ^ de 
Ampliación y Mejora, desde 1833 á. 1846; y el 
de Centralización, de 1846 en adelante. 

A estas épocas, muy anteriores á la que com- 
prende este estudio, responden aquellos días en 
que la instrucción primaria no existía con el 
carácter de pública, y en las tres primeras las 
mujeres, los negros y los indios, estaban pros- 
critos de toda enseñanza. Las corporaciones 
religiosas eran las encargadas de esta elevada 
función social, y ellas la distribuían solamente 
entre los que estaban económicamente capaci- 
tados para alcanzar estudios superiores. Has- 
ta el establecimiento de la Sociedad Económica 
de Amigos del País, y sobre todo, después de la 



José Martí 37 

real disposición de 28 de febrero de 1793, que 
le confirió la facultad de iniciativa en la ense- 
ñanza, pocos, si algunos, eran los beneficios que 
en esta materia alcanzaban; de tal modo, que, 
habiendo dicho que eran las instituciones reli- 
giosas las encargadas de la enseñanza, basta 
citar el caso de que la Sociedad Económica se 
vio compelida á pedir que se gravase, con bene- 
ficio á las escuelas, la rica renta de la mitra, 
que dilapidaba en opulentas ostentaciones. En 
grata recordación á tan triste periodo, no de- 
bemos olvidar las nobles solicitaciones del ge- 
neral D. Luis de Las Casas, cuyo nombre fué 
amado por los educadores de su época (comen- 
zó su gobierno en 23 de junio de 1790), y en 
la misma desarrolló su fecundo ingenio Fran- 
cisco Arango y Parreño, cuyo plan de reformas 
de la enseñanza superior es conocidísimo. 

Así las cosas, continuaron hasta que tomó el 
mando el general Concha, y ya dicho queda: 
caemos dentro del período histórico á que pres- 
tamos preferente atención. Sea el propio Ge- 
neral quien nos informe acerca del estado de 
la instrucción en la Isla, á cuyo efecto trasla- 
damos sus propias palabras á la Corona dirigi- 
das en 15 de mayo de 185 1 : "Había á la sazón 
en toda la Isla 286 escuelas y colegios destina- 
dos en todo ó parte á la enseñanza de las pri- 
meras letras. Asistían á ellas 11,033 alumnos 
de ambos sexos, de los cuales 3,682 recibían 
gratuitamente la instrucción, y 7,351 la paga- 
ban. Según los cálculos del autor de la memo- 
ria, sobre una población libre (excluyendo el 



38 América 

ejército y los transeúntes) de 571,993 almas que 
tenía la Isla de Cuba, debían hallarse en la edad 
de adquirir los conocimientos que supone la ins- 
trucción primaria 92,192; y como sólo asistían 
á las escuelas y colegios, según se ha visto, 
11,033, resulta que 81,159 se quedaban sin lo 
que ni uno solo debiera carecer, exceptuando 
los muy contados á quienes el cuidado paternal 
se lo proporciona dentro del recinto del hogar 
doméstico. Los que recibían la instrucción pri- 
maria con los que debieran recibirla, están, por 
consiguiente, en razón de 1 á 8, y con la pobla- 
ción libre, rebajados también los transeúntes y 
el ejército, en la de 1 á 52. 

V. E. sabe muy bien, para que tenga yo ne- 
cecidad de demostrarlo, que pocos pueblos cul- 
tos ofrecerán en su estadística de instrucción 
resultado más triste que los que en la suya pre- 
senta, según lo dicho, la Isla de Cuba. Y es 
tanto más deplorable, cuanto que en los vecinos 
Estados de la Unión Americana se halla en la 
situación más próspera, dándose con ello lugar 
á comparaciones desfavorables para nosotros, 
que han de ejercer precisamente una influencia 
perjudicial en la opinión de estos habitantes. 
Es probable que la estadística qUe en la actua- 
lidad se forma ofrezca un resultado más ven- 
tajoso, porque en estos últimos años recibió al- 
gún impulso la instrucción primaria, principal- 
mente en el departamento oriental; pero no 
será de mucha consideración esta diferencia 
favorable, porque subsisten todavía, según ma- 



José Martí 39 

nifestaré después, las causas que producen el 
mal de que se trata". 

Conveniente es advertir al lector que en este 
informe el Capitán General José de la Con- 
cha hacía referencia al estado de la instrucción 
primaria el año 1848. Por eso alienta la es- 
peranza que se desprende del párrafo final, de 
que fuesen más halagadoras las estadísticas en 
aquellos momentos practicándose. Y bueno 
también es llamar la atención del lector que á 
ese período posterior alcanza la vida agitada é 
inquieta de los Saco, José de la Luz y Caballero 
y José Ignacio Rodríguez, los cuales, unos en 
el ocaso de su vida y otros en la aurora de la 
misma, arrebataron conjuntamente sus ener- 
gías para romper la sombría noche que en ma- 
teria de instrucción pública mantenía en perpe- 
tuas tinieblas á nuestra patria. A pesar de tan 
generosos estímulos de parte de cubanos, la 
obra que realizaran jamás los satisfizo. Como 
se verá más adelante, el abandono más absolu- 
to reinó siempre en la noble tarea de enseñar. 
Pero sigamos las cosas por su orden. 

Cuanto hemos dicho por boca del propio ge- 
neral Concha afecta solamente al estado de 
hecho de la enseñanza y a los medios puestos 
en práctica para difundirla en nuestra pobla- 
ción, bajo el imperio del analfabetismo más ab- 
soluto en la época á que se hace mención; en 
cuanto á las causas primordiales de tan triste 
acaecido, dejemos la palabra al propio general 
y gobernante español : ''La causa de este cor- 
to número de alumnos, de la indotación de los 



40 América 

maestros y de la falta de escuelas normales, es 
necesario buscarla en la mezquindad de los fon- 
dos destinados á la instrucción primaria en esta 
Isla. Con efecto, según memoria estadística 
de que dejo hecha mención, se reducían en 1847 
á los siguientes: 17,173 pesos que daba la Real 
'Hacienda; 10,000 la Junta de Fomento; 4,639 
los Ayuntamientos ; 4,848 que se sacaban de sus- 
cripciones, incluyendo entre éstos lo que paga- 
ba el gremio de Mareantes de Cuba, y 3,839 
producto de censos é imposiciones hechas por 
algunos particulares á favor de la instrucción 
primaria; total: 40,449 pesos; única cantidad 
destinada á la enseñanza gratuita en los tres 
departamentos ó provincias que componían la 
Isla de Cuba, que es quizás el país en que me- 
nos vale el dinero, y en donde por lo mismo son 
más caros todos los artículos de consumo. Aho- 
ra bien, ya ha visto V. E. que los alumnos que 
reciben gratuitamente la instrucción son 3,682 ; 
y como la cantidad que á esto se destina es de 
40,449 pesos, resulta que sólo se paga algo más 
de diez pesos al año por cada uno. Si se reunie- 
ran 100, por ejemplo, en cada escuela, el maestro 
y su ayudante contarían con una dotación de 
1,000 pesos, que apenas basta para sostenerse 
con decencia; pero como en la mayor parte de 
los pueblos no pasan de 40, queda reducida aqué- 
lla á 400 pesos anuales ; ganancia inferior á la de 
los jornaleros, á la de los esclavos mismos, que 
cuando se alquilan reciben por lo regular 17 pe- 
sos mensuales y la comida, que suponen una 
cantidad mayor de 400 pesos anuales. De estas 



José Martí 41 

-observaciones deducirá V. E. que con los actua- 
les recursos no sólo no puede aumentar el nú- 
mero de alumnos gratuitos, ni crearse semina- 
rios para la formación de maestros, sino que 
deben hallarse en la mayor estrechez los que se 
dedican en lo actual á una vocación tan reco- 
mendable, á no ser que cuente con un número 
bastante de discípulos que paguen, y esto sólo 
puede tener lugar en las poblaciones grandes y 
ricas". 

Cierto que las esperanzas alentadas por el 
gobernante, y estimuladas por los meritísimos 
cubanos á que se ha hecho referencia, hicieron 
que las cosas cambiaran un tanto en favor de 
la instrucción primaria en la Isla, al extremo 
de que durante el segundo mando del general 
Concha, dicha autoridad pudo rendir un nuevo 
informe al Gobierno de su nación, en el cual, si 
bien es cierto que exagera tanto los beneficios 
en este orden alcanzados, no puede negarse que 
nunca éstos fueron hasta el grado de dar á la 
colonia la suficiente distribución de enseñanza 
elemental, cual demandaba su condición y su 
rango exigía. No hablamos á humo de paja. 
En 1 86 1, el 19.2 por ciento de la población cu- 
bana sabía leer. En 1887, la proporción se 
elevó favorablemente á 27.7 por ciento, llegan- 
do en 1899 á 36.0 por ciento la proporción de 
los que sabían leer y escribir en la Isla, que en 
aquellos momentos surgía al concierto de las 
naciones libres. Es necesario fijar un poco la 
atención en estas cifras. Véase que de 1861 á 
1887 el analfabetismo de nuestra población de- 



42 América 

cae en siete puntos y medio, comprendiendo 26 
años este período escolar. De 1887 á, 1899, ó 
sea en 12 años, el descenso acusa un rápido 
progreso de algo más de 9 puntos, en su pro- 
porción total por cada 100 habitantes. Pero 
en este período este descenso favorable no pue- 
de atribuirse á un mejoramiento en el sistema 
de enseñanza, sino á los estragos de la guerra 
emancipadora, cuyos efectos se sintieron más 
rudamente en la población escolar y rural, que 
la reconcentración diezmó horriblemente. Eso 
es lo que representa la labor colonial en este 
sentido. 

Tal era el ambiente respirado por quien, á 
impulso de una vocación incontenible, fué siem- 
pre, desde que tuvo uso de razón, maestro de 
sus semejantes, como quedará vivamente de- 
mostrado en todos los actos de la existencia de 
Martí. Tal era, en síntesis, el cuadro general 
que se desarrollaba en la sociedad cubana, cu- 
yos dolores, como siempre donde la Historia los 
ha mostrado y por idénticas causas producido, 
habían de arrancar el grito que parte unánime 
de la conciencia colectiva caída en desespera- 
ción ; grito que iba á tener el último y más re- 
sonante de sus ecos en Martí: ¡la guerra! 



CAPITULO III 

LA GUERRA DE l868. 

Intranquilidad pública. — Declaración oficial del movimiento 
armado. — Martí al presidio. — Lersundi inflama á los volun- 
tarios.— El general Dulce.— Tumultos.— Fusilamiento de los 
estudiantes; su repercusión en Martí. — La abdicación de 
Saboya. — Martí bajo la bandera republicana en España. — 
La paz. — Martí comienza su obra. 

"Hay momentos en la vida en que los más enérgi- 
cos se sienten invadidos por cansancio invencible. — 
Enrique Piñeiro." 

Bien entrado ya el año de 1868, tanto dentro 
del elemento español como del cubano, que in- 
tegraban la totalidad de la población de la Isla, 
advertíanse signos evidentes de lo embarazoso 
y anormal que iba siendo el ambiente político. 
No puede desconocerse que, por discretos y sin- 
gulares que puedan haber sido ciertos contac- 
tos, alguno debió existir para preparar el áni- 
mo español en ultramar en favor de los acon- 
tecimientos que se desarrollaban en la Penín- 
sula y que iban á tener resonante evidencia en 
Alcolea destronando á Isabel. Por otra parte, 
el advenimiento del 10 de octubre conmovió en 
el silencio la conciencia cubana, que, en parte, 
á ciencia cierta, y en parte por mera penetra- 
ción de los tiempos que corrían y los acontecí- 



44 América 

mientos que se avecinaban, mostraba esa natu- 
ral ansiedad intranquilizadora por lo que se 
teme y á la par se desea, uniendo á ese estado 
de ánimo la positiva alarma y la justa zozobra 
del que vive entre enemigos. En aquellos días, 
ser cubano en Cuba y no ser servil vistiendo el 
uniforme, era síntoma evidente de deslealtad 
á la integridad nacional. 

El general Lersundi, de empaque quijotesco 
y alma reaccionaria, era el llamado á afrontar 
la situación y estado de cosas que se acercaba, 
y á su arranque efectista y vanidoso, tocado de 
una jactancia insolente, debió Cuba los más 
sangrientos días de su historia, y España la 
página más abominable de sus anales. 

Por el artículo "Laboremos", de un diario 
reformista de las Villas, se vio claramente que 
los reformistas conocían los acontecimientos 
españoles, hasta que al fin, á fines de septiembre 
se publicó el cambio político ocurrido en la me- 
trópoli. Las autoridades, que comprendían su 
situación eventual, la casi seguridad de su rele- 
vo, permanecían inactivas, sin acordar nada de 
acuerdo con las circunstancias y sólo atentas al 
despacho ordinario, en espera de instrucciones. 
Pero la agitación se hacía cada día más intensa 
por parte de los cubanos. Los significados en- 
tre ellos recorrían la Isla. Las sociedades y 
círculos secretos acentuaban su actividad. 

"Desde mediado de 1868 — dice Enrique Pi- 
ñeyro ("Morales Lemus y la Revolución de 
Cuba") — , tenían constituidas en muchas ciu- 
dades y villas de la Isla juntas secretas para 



José Martí 45 

preparar la independencia; las logias masóni- 
cas, que en algunas partes se componían sola- 
mente de cubanos, sirvieron de núcleos, y como 
la aspiración era idéntica, comenzó á agitarse 
la cuestión política en muchas partes á un mis- 
mo tiempo. En una de esas juntas, y con el pa- 
pel que correspondía á su corta edad, laboró 
Martí, bajo la dirección y estímulo de su maes- 
tro el Sr. Rafael M. Mendive, siendo ésta la 
iniciación de su espíritu para caer siempre al 
lado de la justicia y la libertad. 

Es posible que en los momentos mismos en 
que el joven Martí recitaba un soneto en la ca- 
lle del Prado, hijo de la genial inspiración de 
su maestro, montaba Céspedes sus cuarenta 
hombres en el batey de Demajagua, el 10 de 
octubre de 1868. Pero lo cierto es que el 13 del 
propio mes, con el melancólico laconismo con 
que se anuncian siempre los grandes aconteci- 
mientos, la Gaceta Oficial de la Habana puso 
bajo el sol esta noticia : "Según telegrama re- 
cibido de Yara, jurisdicción de Manzanillo, se 
levantó el día 10 una partida de paisanos, sin 
que hasta ahora se sepa ni el cabecilla que la 
manda ni el objeto que los conduce. Supone- 
mos unidos á ellos los bandoleros perseguidos 
en otras jurisdicciones, y su importancia debe 
ser escasa, cuando en el mismo pueblo de Yara 
tuvo un encuentro antes de ayer con una peque- 
ña columna de soldados que salía de Bayamo en 
su persecución y huyeron á los pocos tiros que 
se cruzaron, dejando en el terreno del encuen- 
tro, sin duda para mejor ocultarse, cinco es- 



46 América 

copetas, un trabuco, cuatro machetes, una lan- 
za, diez caballos ensillados ó enjalmados y un 
muerto de bala de fusil; todo sin la más leve 
herida de un soldado de la columna, que ayer 
siguió la persecución de los fugitivos. De Cuba 
y otros puertos de la Isla concurren fuerzas 
considerables del ejército, ya para dispersar en 
breve tiempo la gavilla levantada, ya para que 
en las jurisdicciones inmediatas no secunden el 
ejemplo de este escándalo, tanto más criminal, 
cuanto que coincide con momentos en que el in- 
terés principal de la Isla es la conservación del 
orden para no comprometer objetos de inmensa 
importancia social. Sobre los criminales, que 
serán cogidos, y que, según bando publicado ya, 
están incursos en la jurisdicción militar, caerá 
pronto inexorable el peso de la justicia". 

En este preciso instante de nuestra historia, 
conmovedora por la grandeza del movimiento 
iniciado, trágico por el sombrío cuadro de su 
prolongada labor devastadora, los actos comen- 
zaron á formar el alma de Martí; el contacto 
unido con la realidad servían de fundente crisol 
para modelar su alma, y el alma de sus ideales, 
hasta entonces sólo esbozados al suave calor de 
la enseñanza espiritual de sus padres y maes- 
tros. Con sus dieciséis años sobre su cuerpo, 
pero con un arranque de voluntad sólo conce- 
bible como en él lo era, firma una carta, con 
Fermín Valdés Domínguez, que arrastra su hu- 
manidad hasta el presidio. Con el grillete al 
pie, se dio cuenta exacta de lo que era la escla- 
vitud. El cabo de vara azotando á compañeros 



José Martí 47 

como él, privados de libertad personal, por el 
delito de querer ser libres en el orden moral y 
político, mostróle el nauseabundo aspecto de la 
tiranía. Frente á ella, monstruosa y mancillan- 
te, vigorizó sus sentimientos de dignidad, afian- 
zó su ideal humanizante, sintió á la patria, la 
quiso libre, y cayó en el número de los grandes, 
por el esfuerzo, por el amor y por el genio ; se 
unió á "los hombres que sueñan con la federa- 
ción universal, con el átomo libre, dentro de la 
molécula libre", como él mismo dijo en estupen- 
da síntesis de su pensamiento en su primer fo- 
lleto, "El Presidio Político en Cuba". Hay un 
párrafo en esas páginas, mezcla de dolor, de in- 
dignación y de protesta, de defecto de concor- 
dancia y hasta de infantiles naderías, pero que 
todas ellas constituyen una explosión sincera de 
la dignidad adolorida; hay en ellas, repito, un 
párrafo que da la medida de sus sufrimientos; 
y otro, que es el programa futuro de su propia 
vida, previsto sin quererlo, acaso sin conciencia 
de sus propias palabras, revela el candente es- 
tado de su alma cuando dijo : "Dante no estu- 
vo en el presidio. Si hubiera sentido desplo- 
marse en su cerebro las bóvedas obscuras de 
aquel tormento de la vida, hubiera desistido de 
pintar su Infierno. Las hubiera copiado, y las 
hubiera pintado mejor". 

El espectáculo de Cuba en guerra abierta 
contra la tiranía arranca del pensamiento esta 
verdad, que parece hija de un psicólogo de la 
multitud, pero que en él son palabras de un vi- 
dente : "El pueblo es ignorante y está dormido. 



48 América 

El primero que llegue á su puerta canta hermo- 
sos versos y lo enardece. Y el pueblo enarde- 
cido, clama". 

En el fondo de ellas late el programa de su 
porvenir. Son iguales á las de Napoleón á su 
madre; idénticas á las de Cavour á su amigo; 
sólo las diferencia el medio indirecto del pro- 
nóstico. Se igualan en que los tres cumplieron 
su palabra. 

Es la estrella de los genios ; Marti fué uno de 
ellos. 

Toda la sombría leyenda de su condena y re- 
clusión en el presidio, de la que recibió en plena 
alma ideas de singular grandeza y acumulación- 
copiosa de virilidad enardecida de esperanzas, 
la cierra él mismo en estas sencillas y elocuentes 
frases, reveladoras de la profunda transforma- 
ción ya operada, y que brotan de una carta que 
enviara á su maestro momentos antes de em- 
barcar : "De aquí á dos horas — decía Martí — , 
embarco desterrado para España. Mucho he 
sufrido, pero tengo el convencimiento de que he 
sabido sufrir". 

En estas palabras ya está perdido el énfasis 
nervioso, y aparece el acento suave y emocio- 
nante del futuro sugestionador de multitudes. 
Para siempre, desde entonces, junto al fondo- 
de predominante melancolía de su espíritu, apa- 
recerá, sonoro y robusto, el temple acerado de 
sus resoluciones. 

Pero quedan dos actos más que harán una 
revelación del período preparatorio de Martí, 
con un énfasis tan singular, que su obra poste- 



José Martí 49 

rior nos habrá de parecer tan natural como la 
salida del Sol, y su influencia tan bienhechora 
y fecunda como la del astro. 

No obstante las fuerzas considerables de que 
nos habló Lersundi en su boletín, noticiando el 
levantamiento de Yara, y la poca importancia 
que le diera, es lo cierto que á los pocos días, 
las cuarenta escopetas salidas de la Demajagua 
muy pronto se acrecentaron en proporción geo- 
métrica, y que las fuerzas disciplinadas y biza- 
rras del ejército español recibirían en la frente 
distinguidas señales del valor contrario, en 
Holguín, con su brillante acción de la Perique- 
ra. Pero no era Lersundi el llamado á seguir 
dirigiendo la campaña. El gobierno español lo 
relevó á poco de estallar el movimiento. No se 
puede dudar que Lersundi sintió herida su so- 
berbia al ser destituido del mando de Cuba; él, 
que había demostrado sus arranques impetuo- 
sos de reaccionario, muy especialmente en la 
Junta de Notables, en la que se quería inducir 
al Capitán General á solicitar reformas libera- 
les del nuevo gobierno en beneficio de Cuba; 
punto éste en que se negó á toda iniciativa, con 
la sola decisión de acatar cuanto la superiori- 
dad le ordenase. 

En lo que sí puso mucho cuidado Lersundi 
fué en reanimar las instituciones voluntarias, 
que casi habían desaparecido después del fra- 
caso de Narciso López, y distribuir armas y 
municiones á todo español que las solicitara con 
plaza de voluntario. Los alentó con tan mala 
intención, que, juzgando serenamente sus actos, 



50 América 

sospéchase que de ellos quería valerse para re- 
cuperar, en otro día, el gobierno que se le esca- 
paba de las manos. Su proclama de despedida 
es un documento realmente subversivo ; de apa- 
riencias sentimentales, bulle en su fondo un 
caldeado virus de venenoso despecho y de baja 
relajación moral, con que la envidia mal encu- 
bierta prepara el terreno para frustrar los éxi- 
tos y las glorias que, deseadas, mira con som- 
brío humor en otra frente que la propia. Véase 
el documento: 

"Próximo ya á entregar á mi sucesor un 
mando que no busqué, y, aunque honroso, sólo 
pude aceptar bajo el imperio de circunstancias 
extraordinarias, vengo hoy á daros un cariñoso 
; adiós!, y á aseguraros prosperidad y gloria 
militar, si gloria militar pudiera encontrarse en 
el triunfo de enemigos cuya única evolución es 
huir, y cuya vida y cuya fuerza consiste en su 
propia debilidad. 

"Al inaugurarse el escándalo de Yara, os di- 
rigí mi voz, recordándoos sencillamente vues- 
tra elevada misión y la esperanza en que todos 
cumpliríais vuestro deber; y vuestro deber y 
vuestra misión han sido cumplidos de un modo 
que jamás podrá olvidarlo vuestra patria agra- 
decida. Los unos corristeis á los campos don- 
de se presentó la revuelta, y en veintiséis en- 
cuentros habéis mostrado que los enemigos que 
tenéis delante no están á la altura de vuestro 
denuedo ; los otros volvisteis á cruzar las costas, 
y no contentos con el cumplimiento de vuestro 
encargo especial, aprovechasteis toda ocasión 



José Martí 51 

para uniros en tierra con vuestros compañeros 
de armas y compartir con ellos la satisfacción 
de desbandar y perseguir á los insurrectos ; los 
otros, en fin, los voluntarios, dejasteis vuestros 
negocios, abandonasteis vuestras fortunas, y 
sin más estímulo que el amor á la palria, más 
de treinta y cinco mil españoles empuñasteis 
voluntariamente las armas y guarnecisteis, en 
cuerpos organizados, los pueblos casi todos de 
la Isla, dando con ello un ejemplo digno de 
vuestros antepasados y de la santidad de la 
causa que defendéis. 

"Todos, soldados, marinos y voluntarios; to- 
dos habéis merecido bien de la nación española 
y alcanzado títulos de gratitud de los habitantes 
honrados y pacíficos de la Isla, porque el con- 
junto de fuerzas que habéis traído al pie del lá- 
varo santo de nuestra nacionalidad constituye 
por sí solo una fuerza inexpugnable para ésta 
y una esperanza fundada, para la Isla, de una 
completa y pronta pacificación del territorio 
oriental, todavía perturbado y víctima del espí- 
ritu de bandolerismo que caracteriza á esa frac- 
ción menguada y sólo conducente hoy á desga- 
rrar las entrañas de la misma tierra que protes- 
tan defender. 

"Si pudo haber peligro aquí para el dominio 
español (que no lo hubo jamás) cuando los 
acontecimientos de septiembre último vinieron 
á sorprendernos en el sueño de confianza de que 
este país fidelísimo no podía abrigar en su seno 
elementos de traición y de perfidia, ese peligro 
pasó, y no queda ya de él más que una gran 



52 América 

perturbación campestre, falta de todo, ence- 
rrada próximamente en el territorio donde na- 
ciera en octubre, que, á pesar de las dificulta- 
des que la Naturaleza y las condiciones del país 
oponen á su exterminio, está condenada á des- 
aparecer ante la acción enérgica de los elemen- 
tos poderosos de que dispondrá discretamente 
mi sucesor. 

'Xa paz de la Isla está próxima, no lo du- 
déis; pero si queréis lograrla pronto y conser- 
varla mucho, preciso es que los buenos españo- 
les viváis prevenidos á toda asechanza de los 
que, impotentes por sí para arrancar á nuestra 
patria querida este pedazo de su gloria y nacio- 
nalidad, procurarán llevaros á exageraciones 
como medio de romper vuestra confianza en la 
autoridad y destruir la fuerza de unión de los 
buenos patricios, ante la cual han visto que el 
ahora ó nunca de la consigna revolucionaria ha 
quedado reducido á ni ahora ni nunca, por el 
camino de la fuerza. 

"Conservad vivo, como hoy, este amor á la 
patria ; tened confianza en la autoridad legítima 
que os mande; estad prevenidos á las asechan- 
zas de los astutos; despreciad el bulto, el ruido 
y el espanto con que os pintarán las circunstan- 
cias, como lo han hecho ya, y veréis evaporarse 
esa rebelión, acariciada por muchos ilusos en la 
teoría, pero imposible y espantosa hoy para la 
Isla desde que se ha presentado en el campo de 
los hechos con su aspecto sangriento y des- 
tructor. 



José Martí 53 

"Yo parto, soldados, marinos y voluntarios, 
en obediencia á los destinos que los sucesos me 
hayan deparado; pero salgo con la honda pena 
en mi corazón de no seguir compartiendo con 
vosotros la envidiable misión de restituir por 
completo á este territorio su paz perdida, y so- 
bre todo, con el dolor de separarme de mis sol- 
dados de la patria para combatir. 

"Consuélame, sin embargo, la seguridad de 
vuestros futuros triunfos, y el indudable, próxi- 
mo y feliz éxito de vuestra empresa; porque, 
español y miembro de la gran familia militar, 
mi satisfacción está donde están vuestras satis- 
facciones, y mi gloria donde está la grandeza 
de mi patria; de esa patria, soldados, marinos 
y voluntarios, que agradecida os contempla, y 
en cuyo nombre os saludo al grito de ¡ Viva Es- 
paña, y con ella la ventura y la paz de Cuba ! 

Vuestro Capitán General, 

Lersundi". 

Esta proclama inflamó el sentimiento patrió- 
tico de los voluntarios é hízoles entrever su im- 
ponente poder en los destinos de la gobernación 
de la Isla. La frase aquella de "tened confian- 
za en la autoridad legítima que os mande", pero 
"estad prevenidos de las asechanzas de los as- 
tutos", después del grito aquél de "ni ahora ni 
nunca, por el camino de la fuerza", fué un gol- 
pe florentino contra la autoridad del general 
Dulce. El vino embriagante de la soldadesca, 
que tan pronto y tan horriblemente perturba, lo 
hizo beber Lersundi á los voluntarios, en la 



54 América 

proclama que tantos desórdenes había de pro- 
ducir en Cuba, el mismo día de su publicación 
(3 de enero de 1869), en la gran parada de 
despedida, cuya línea fué cubierta desde la 
Punta, por el Prado, Campo de Marte, Carlos 
III, hasta la falda del Príncipe. Allí midieron 
los voluntarios su grandeza para caer en las 
más desdichadas y dementes aventuras. 

Lersundi y ellos, los voluntarios, á quienes 
había organizado y armado en todo el territorio 
el propio Lersundi, conocían la clase de gober- 
nante que era el general Dulce. Su generosi- 
dad y la templanza de su espíritu liberal, pro- 
bada en su primer mando en Cuba, así como — 
¿por qué no decirlo? — su casamiento con una 
cubana, lo hacían sospechoso á los intransigen- 
tes, y de ahí el "estar prevenidos de los astu- 
tos", en la proclama de Lersundi. 

"El general Dulce, que relevó á Lersundi, fué 
recibido por los peninsulares de alta talla, ene- 
migos de la revolución de septiembre, con mar- 
cada é injusta frialdad", dice el Sr. Camps y 
Feliú, testigo presencial de estos acontecimien- 
tos. Y, en efecto, la primera manifestación de 
hostilidad del campo en que había de moverse 
se pone de manifiesto en la orden que da para 
ser puesto en libertad uno de los defensores de 
Holguín, coronel de voluntarios Belisario Al- 
varez, orden que fué incumplida por la guarni- 
ción de la Cabana, siendo precisa la presenta- 
ción y el requerimiento á viva voz del propio 
general Dulce para conseguirlo. Después, vie- 
ne la destitución en Güines, por los voluntarios 



José Martí 55 

ensoberbecidos, del comandante Luzón, y en la 
misma villa cae bajo sus furias el pacífico ciu- 
dadano Sr. García ; y se asesinó á Arango, que, 
acogido al bando de suspensión de hostilidades, 
acude á un parlamento ; y los sucesos del teatro 
Villanueva, los atropellos, los tumultos y los 
asesinatos en la vía pública, así como el estu- 
pendo entierro del gorrión, síntesis morbosa y 
anunciadora de la ola de cieno que se acercaba 
enfurecida para teñir la encrespada cumbre de 
sus desmanes pasionales con la sangre, inocente 
de ocho niños partidos á balazos á la sombra 
del muro del castillo de la Punta. 

A través del Atlántico, José Martí recibía en 
Madrid, donde con la protección de Valdés Do- 
mínguez continuaba sus estudios, el eco som- 
brío de estos acontecimientos, una de cuyas víc- 
timas era su propio protector. La tenebrosa 
impresión que ellas produjeron á su alma quedó 
gravada en una larga composición poética, de 
la que sólo importa recoger esta estrofa: 

"Lloré, lloré de espanto y amargura ; 
cuando el amor y el entusiasmo llora, 
se siente á Dios, y se idolatra, y se ora; 
¡ cuando se llora como yo, se jura !" 

A su salida del presidio, Martí declara tener 
la convicción de que sabe sufrir ; ante el desplo- 
me de sus compañeros, más infortunados que 
él, siente la necesidad de jurar, y jura de este 
modo: 

"¡ cuando se llora como yo, se jura !" 



56 América 

En los luctuosos días en que tal juramento se 
emitiera, quizás fuera posible dudar de su na- 
turaleza, su intensidad, y, más que nada, de su 
eficacia. Juzgado hoy, el pensamiento de Mar- 
tí, encerrado con angustias y sollozos en el vo- 
cablo, surge con resplandores de relámpago en 
noche obscura. El pensamiento de la patria, 
desgarrada como nunca hasta entonces, le hace 
prometerse algo, en la forma más solemne que 
le es dable á la conciencia humana, y se decide 
y jura. ¿Qué es lo que jura? ¡ La vindicación de 
la patria herida ! Su concepto sobre esa patria y 
el vago presentimiento que sobre sus condicio- 
nes y futuro tenía, bien claro lo expresó cuando 
en "El Presidio Político en Cuba" dijo : "Cuan- 
do no os son conocidos los sacrificios de un pue-» 
blo; cuando no sabéis que las doncellas baya- 
mesas aplicaron la primera tea á la casa que 
guardó el cuerpo helado de sus padres, en que 
sonrió su infancia, en que se engalanó su ju- 
ventud, en que se reprodujo su hermosa natu-* 
raleza ; cuando ignoráis que un país educado en 
el placer y la transportación trueca de súbito 
los perfumes de la molicie por la miseria fatí- 
dica del campamento, y el goce suavísimo de la 
familia por los azares de la guerra, y el calor 
del hogar por el frío del bosque y el cieno del 
pantano, y la vida cómoda y segura por la vida 
nómada, y perseguida, y hambrienta, y llaga- 
da, y enferma, y desnuda; cuando todo esto lo 
ignoráis, hacéis mal en negarlo todo; hacéis 
mal en no hacerle justicia". 



José Martí 57 

Así pensaba Martí antes del juramento que 
analizamos y que, sin disputa, marcó el surco 
más hermoso de su alma, el más profundo canal 
de su cerebro. Ese concepto gentil, brioso, re- 
signado, que tenía entonces de lo que forma é 
integra el pueblo en su transformación lexico- 
lógica por patria, lo expresó Martí cuando no 
pedía desintegración, ruptura, quebrantamien- 
to de la unidad; brotó de su esencia espiritual 
cuando sólo pedía justicia y legalidad para los 
suyos, dentro de la realidad afortiori existente. 
En el folleto donde se estampan, con el ruido 
místico de su nerviosismo juvenil, sólo se pide 
á España tregua para la obra de mancillante 
exterminio que, en desdoro de la civilización, se 
operaba en la solitaria y triste colonia; y en la 
que parece se reconcentraba todo el rigor que 
los gobiernos metropolitanos distribuían sobre 
el- resto de América antes de sustraerse á su do- 
minación. 

Después del fusilamiento de los estudiantes, 
la hasta entonces borrosa propulsión sanguínea 
de Martí cristalizó con potente concentración 
en su cerebro. ¡ Cuba debía romper definitiva- 
mente con España ! Tal es el fondo del pensa- 
miento y la palpitante idealidad que perora, cu- 
yos latidos y significación se acentúan en la 
hoja que escribió y fijó en las esquinas de Ma- 
drid, y en las que se lee: "¿A qué recordar 
ahora todos los horrores de su muerte ? Cuan- 
do se ha matado, cada día es de duelo, cada hora 
es de vapor, cada ser que vive es un remordi- 
miento. Cuando se ha visto morir, cada recuer- 



58 América 

do es una lágrima, y son todas las horas, horas 
de fe y esperanza, para los que aun luchan en la 
vida. Y cuando las cabezas han rodado y son- 
ríen al rodar, al par que la sonrisa, se ha alzado 
la mano de los cadáveres para decirnos que no 
lloremos demasiado, porque hay un límite al 
llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el 
amor infinito á la patria y á la gloria que se jura 
sobre sus cuerpos, y que no teme, ni se abate, ni 
se debilita jamás, porque el cuerpo de los márti- 
res es el altar más hermoso de la honra". 

Desde entonces no tuvo un momento de va- 
cilación, y sus ideas en este sentido no desfalle- 
cieron jamás. Por el contrario, mientras más 
se le sondea y se le analiza, mayor y más inten- 
samente despide esa "idea fija" que se le sale 
en cada gesto, en cada palabra, en lo hondo de 
cada idea; hasta en el tono melancólico de su 
vida y en la desprendida grandeza de su gene- 
rosidad. 

Pero pronto ha de llegar el momento en que 
él mismo revele la arrebatada naturaleza de su 
juramento. Sigamos el curso de la Historia. 

Cuba seguía atormentada por la guerra. 
Martí continuaba en España la carrera que 
nunca había de ejercer seria y continuadamen- 
te. En el mismo año en que tomara el grado, 
1873, España presenta al mundo un espectácu- 
lo cuya magnificencia y gloria no está, por in- 
capacidad, llamada á disfrutar. Amadeo de 
Saboya, convencido de que su política no era la 
que el pueblo español necesitaba, y no conforme 
con imponerse la que demandaba el gusto del 



José Martí 59 

consumidor, abdicó la corona el día 10 de fe- 
brero de 1873. El Senado y la Cámara, reuni- 
dos en Asamblea Nacional, aceptan la renuncia, 
y por 258 votos, aprueba la siguiente proposi- 
ción : 

"La Asamblea Nacional resume todos sus 
poderes, y declara como forma de gobierno la 
república, dejando á las Cortes Constituciona- 
les la organización de esta forma de gobierno. 

"Se elegirá por nombramiento directo de las 
Cortes un Poder Ejecutivo, que será amovible 
y responsable ante las Cortes mismas". 

Entonces Martí vio cómo se decretó la aboli- 
ción de la esclavitud en Puerto Rico y no en 
Cuba, por el estado de guerra en ella existente, 
y vio también cómo en la sesión del 31 de mar- 
zo, la Asamblea acordó colocar una lápida en 
el salón de sesiones, con esta inscripción : "El 
22 de marzo de 1873 fueron rotas las cadenas 
de la esclavitud" ; lápida que se colocó después 
de caída la República, á solicitud de Ramón 
Calderón, para sarcástica contradicción de su 
noble emblema. 

Martí, en medio de tales sucesos, sintió los 
estremecimientos del regocijo. Para él, los 
hombres de ideas modernas y de los senti- 
mientos liberales en cuyas manos habían caí- 
do los destinos de España no podían sentirse 
refractarios á la libertad de otros pueblos que 
sufrían las mismas, pero más intensificadas, 
desventuras que á ellos impulsaron al cambio 
de gobierno. Pero pronto oyó que los benefi- 
cios de la abolición de la esclavitud no alcanza- 



6o América 

ban á Cuba, mientras durase la infame guerra 
que en ella se sostenía. Oyó también hablar á 
los republicanos de la integridad nacional, y 
comprendió que la patria de sus amores, de sus 
ansias, estaba perdida ; que el ideal republicano 
estaba de luto; que Cuba tenía que agotarse en 
el humo de las hogueras y fragor de los comba- 
tes. Sintió frío en el alma ; el frío del espanto, 
el vértigo de lo increíble, y en un acceso arreba- 
tado de dignidad escribió la para mí más impor- 
tante página de su vida, por lo discreta, lo sen- 
timental, lo razonada; razonamientos, discre- 
ción y sentimiento que envolvió en el ropaje 
vibrante y sonoro que siempre ha caracterizado 
la mórbida expresión de sus ideas. Esas pági- 
nas las tituló La República Española ante la 
Revolución Cubana, y las comenzó con este 
llamamiento enfático y sincero al respeto de los 
ideales, en lo que de absoluta y fundadamente 
perseguían; he aquí sus palabras: "La gloria 
y el triunfo no son más que un estímulo al cum- 
plimiento del deber. En la vida práctica de las 
ideas, el poder no es más que el respeto á todas 
las manifestaciones de la justicia, la voluntad 
firme ante todos los consejos de la crueldad ó 
del orgullo. Y cuando el acatamiento de la jus- 
ticia desaparece, y el cumplimiento del deber se 
desconoce, infamia envuelve el triunfo y la glo- 
ria; vida insensata y odiosa vive el poder". El 
trozo revela al pensador profundo, en sentidos 
golpes de dignidad enardecida. Hay tanto de 
solemne como de penetración volcánica en ese 
párrafo, que, aunque inicial, es la síntesis com- 



José Martí 6 i 

pleta y redondeada de todos los que le siguen. 
En una palabra, la continuación no es más que 
su comentario. Absoluto en la comprensibili- 
dad de la gran idea republicana, la invoca en 
toda su magnitud, y la presenta á la naciente 
república con la indicación suprema de que, si 
la olvida ó la desnaturaliza, caerá irremisible- 
mente en el oprobio. 

Después argumenta: "si el ideal republicano 
es el Universo, si él cree que ha de vivir al fin 
como un solo pueblo, como una provincia de 
Dios, ¿qué derecho tiene la República Españo- 
la para arrebatar la vida á los que van á donde 

ella quiere ir ? Cuba quiere ser libre .... 

no se infame la República Española no 

se oponga á la independencia de Cuba 

Sería entonces república de sinrazón y de ig- 
nominia, y el gobierno de la libertad sería esta 
vez gobierno liberticida". Eso le dice á Espa- 
ña, á su gobierno republicano, y pensando en 
Cuba la defiende de esta manera : "Engendra- 
do por las ideas republicanas, entendió el pue- 
blo cubano que su honor andaba mal con el 
gobierno que le negaba el derecho á tenerla, Y 
como no la tenía, y como sentía potente su ne- 
cesidad, fué á buscarla en el sacrificio y el mar- 
tirio, allí donde ya han salido á buscarla los re- 
publicanos españoles. Yo apartaría con ira mis 
ojos de los republicanos mezquinos y suicidas 
que negasen á aquel pueblo vejado, oprimido, 
esquilmado, vendido, el derecho de insurrec- 
ción, por tantas insurrecciones de la República 
Española sancionado". 



62 América 

No sólo acaba de defender Martí, con las an- 
teriores palabras, la necesidad de la república 
en nuestra patria, sino que defiende asimismo 
el derecho á la rebelión para conquistarla. El 
principio se hacía necesario, y aunque siempre 
no lo fuese, nunca como entonces cabía funda- 
mentarlo y documentarlo como lo hiciera Martí. 
Escudada en el fútil pretexto del estado de 
guerra existente en Cuba, la Constituyente es- 
pañola negó todo movimiento de libertad en fa- 
vor de los cubanos. La mascarada no podía ser 
más horrible ni más intolerable. Por eso Mar- 
tí, con un arranque ingenuo de dolor y de sin- 
ceridad aplastante, dijo, con honda explosión 
del sentimiento, á la Asamblea Constituyente: 
"Y si como yo pienso, si encuentra resistencia, 
si la desafía, aunque no premiase su esfuerzo la 
victoria; si acepta la independencia de Cuba, 
porque sus hijos declaran que sólo por la fuer- 
za pertenecerán á España, y la República no 
puede usar el derecho de fuerza para oprimir 
la República, no pierde nada, porque Cuba está 
perdida para España ; no arranca nada del te- 
rritorio, porque Cuba está arrancada ya; cum- 
ple con su legítima esperanza de ideal republi- 
cano : decreta su vida ; como si no la acepta, de- 
creta su suicidio". 

Y, aquí, arrecia y vigoriza sus ideas. En 
este particular, sigue constantemente reforzan- 
do su argumentación, con tal entereza y con 
fogosidad tan extremada, que el pensamiento 
descubre en su labor mental la tentativa estu- 
penda de conseguir con los latidos de su pluma 



José Martí 63 

lo que hasta entonces no había conseguido el 
fragoroso estruendo de los combates. Por eso, 
y sólo por eso, con la altivez de los íntegros y el 
potente impulso de las almas sin fronteras, 
hace, en redondo, esta singular declaración: 

"Si Cuba ha decidido su emancipación ; si ha 
querido siempre su emancipación para alzar la 
República; si se arrojó á lograr sus derechos 
antes que España los lograse, ¿querría la Re- 
pública Española sujetar á la fuerza á aquella 
que el martirio ha erigido en República Cuba- 
na ? ¿ Querrá dominar en ella contra su volun- 
tad". Y en otro lugar, incansable en sus pro- 
pósitos, agrega: "No ceden los insurrectos. 
Como la Península quemó á Sagunto, Cuba 
quemó á Bayamo ; la lucha que Cuba quiso hu- 
manizar sigue tremenda, por la voluntad de Es- 
paña, que rechazó la humanización . . . . ¿ Cómo 
ha de haber republicano honrado que se atreva 
á negar para un pueblo el derecho que él usó 
para sí?" 

El efecto que se proponía conseguir con su 
entusiasmo y su decidida actitud en favor de la 
libertad de Cuba, en parte, se consiguió. La 
vehemencia de su proclama, de esa proclama 
que personalmente había puesto en manos del 
Sr. Estanislao Figueras, tuvo repercusión vi- 
brante en lo íntimo del corazón de algunos re- 
publicanos. Los de tendencias federalistas vie- 
ron clara la necesidad de ocuparse premiosa- 
mente de la cuestión cubana, y convocaron á los 
cubanos residentes en Madrid á una junta que 
tuvo efecto en la Academia de Jurisprudencia 



64 América 

Española. La sesión fué solemne y de aspecto 
borrascoso. A ella asistió Marti, y dejó impre- 
sa en el alma de todos la gran resolución de su 
temperamento, revelado á través de la singular 
y extraordinaria facultad de su elocuencia en- 
volvente y fascinadora. 

El grupo de los federales quería obtener de 
los cubanos la declaración de que ese sistema 
de gobierno los satisfacía, quedando Cuba bajo 
la influencia metropolitana, con todos los fueros 
de un estado federal. Martí se opuso resuelta- 
mente á semejante declaración de principio. 
Sostuvo un debate tan intenso y tan prolonga- 
do, que, á pesar de su arruinada condición fí- 
sica, se mantuvo en pie, bajo el fuego candente 
de la discusión, por espacio de siete horas. 
Como argumento último y de un valor predo- 
minante é irresistible, negó á sus compatriotas 
allí reunidos el derecho de votar semejante pro- 
posición. Para él, Cuba estaba representada 
por los hombres de la guerra. Para él, ellos 
eran ya libres, y los únicos capacitados para de- 
cidir de la suerte de la patria. Los demás no 
podían, como cuestión de honor, escuchar nin- 
guna proposición que no fuera sobre la base de 
la emancipación absoluta. 

Con el mismo vigor y con tenacidad idéntica 
se opuso á la creación de un casino de cubanos 
en Madrid, por cuanto él sospechaba que podía 
ser utilizado para torcer la voluntad de los pa- 
triotas que luchaban en el campo de la revolu- 
ción. Sus convicciones, el fuego de su palabra y 
la tenacidad inquebrantable que oponía siempre 



José Martí 65 

á toda unión directa ó indirecta entre Cuba y 
España fué de tal magnitud, que el gobierno 
mandó clausurar un pequeño círculo de cuba- 
nos que Martí dirigía, no obstante entregarse 
el propio Martí, por las noches, á la enseñanza 
gratuita de los niños pobres de aquel barrio. 

La actitud de Martí ante los republicanos fe- 
derales en la junta de la Academia de Jurispru- 
dencia, necesario es convenir, guarda, por su 
grandeza, gran analogía con la del conde de 
Cavour denunciando á los comisionados euro- 
peos, durante el tratado de París, la impía con- 
ducta de la dominación austríaca en Italia. 

Así hablaba, y así se conducía aquel espíritu, 
guarnecido en una estructura enferma, de en- 
fermedad cruel, adquirida durante su estada en 
el presidio ; y que con sombrío aspecto de lisia- 
do, andaba como espectro quejumbroso por las 
avenidas del Oso y del Madroño. Como com- 
plemento á esta página, uno de sus íntimos me 
ha referido este episodio, que manifiesta en toda 
su grandeza el temple de su alma : 

Un día, cargándose á sí mismo sobre sus mu- 
letas, por el paseo de la Castellana, y con el 
pensamiento fijo en Cuba, notó que dos milita- 
res que le precedían comentaban la guerra de 
Cuba expresándose en términos nada lisonje- 
ros acerca del movimiento y de sus hombres ; á 
éstos últimos, calificaban de gente criminal. 
Martí, descansando su adolorido cuerpo sobre 
una de las muletas, con la otra tocó en el hom- 
bro á uno de los militares, y le dijo : 



66 América 

— Os llamo, señor, para rectificar la injusta 
calificación que hacéis de los cubanos en armas. 
Yo pienso lo mismo que ellos piensan, estaría 
con honra donde ellos están, y, por consiguien- 
te, me considero, cuando menos, más digno que 
cualquiera de vosotros. 

La suave y dignificadora solemnidad con que 
fueron pronunciadas sus palabras, el acento 
que las envolvía, acento que tenía la fuerza 
irresistible de un secreto magnetismo que á tan- 
tas almas sedujera al solo efecto de su timbre 
rumoroso y cautivante, le proporcionó en aque- 
lla ocasión el ruidoso éxito que siempre preside 
á los que infunden respeto, y un cambio gene- 
roso de explicaciones, en las que se dio, al apos- 
trofe provocador, la salida de que sólo tenía el 
fuego íntimo de la conversación, y no el alcan- 
ce de una opinión fundamentada ; con lo que se 
puso fin á este incidente, el último que referi- 
remos de Martí, en esta época de su agitada y 
turbulenta vida. 

El último, sí; ¿para qué más? ¿Es acaso 
que se necesiten para ver la evolución de su es- 
píritu, la profunda transformación de su alma, 
que de lo vago é indefinido va á lo definido y lo 
concreto ? En manera alguna. Vivid con vues- 
tra vida y con el auxilio del recuerdo esa pá- 
gina de la vida de Martí; dejad que vuestro sis- 
tema experimente las hondas sacudidas emo- 
cionantes á base de dolor que él experimentara, 
y quedaréis convencidos de que ya su ser, todo 
el complejo mecanismo de su ser, había alcan- 
zado aquella proporción inconmensurable de 



José Martí 67 

grandeza, cuya poderosa proyección hizo palpi- 
tar al unisono todo un continente, y cuya carac- 
terística, única, dominadora y dominante, esta- 
ba en esta resolución, como el acero de inque- 
brantable : ¡ Cuba será libre, cordial, con todos 
y para todos! 

Durante todo ese proceso de un alma que se 
preparaba para ser la de todo un pueblo, las co- 
sas de la patria iban de mal en peor. 

Los combates en desigual porfia, entre los 
que hay que distinguir con singular relieve, y 
cuyos nombres el buril debe grabar en planchas 
de oro, están aquellos que produjeron las silen- 
ciosamente trágicas caídas de Céspedes y Agra- 
monte, en San Lorenzo y Jimaguayú, respecti- 
vamente ; las cuales, á pesar de la generosa san- 
gre que vertían, no hacían nada, ó muy poco 
hacían, en favor de las quebrantadas filas de 
patriotas. 

A un general sucedía otro, en la ya prolon- 
gada y casi infinita serie que España exporta- 
ba con periodicidad abrumadora y sombría; 
después de Dulce, los Caballero de Rodas, con- 
de Valmaseda, Ceballos, Pieltaín, Jovellar y 
Gutiérrez de la Concha, no hacían más que en- 
viar columnas de soldados preparados para la 
guerra, contra el desprovisto y maltrecho ejér- 
cito revolucionario, que sólo contaba con su 
valor heroico y la sublimación de su fe. 

El cansancio vino, como el crepúsculo viene 
y cae sobre las almas que sufren : aburrido, te- 
dioso, desesperante ; y llegó la hora de replegar 
los espíritus, con todo el tremendo efecto de 



68 América 

las esperanzas que se apartan, que huyen, que 
se desvanecen en el horizonte infinito de la de- 
sesperación y la agonía. Entonces ¡ Pero 

no! Declaro que no puedo proseguir; es mejor 
que hable quien sufrió los dolores del instante. 
Sea la pluma de Manuel Sanguily la que dé las 
últimas pinceladas á esta agonizante epopeya. 
Oigámosle con el recogimiento con que se escu- 
cha una plegaria : 

"Los insurrectos, que venían notando el ago- 
tamiento de sus fuerzas, habían hecho un lla- 
mamiento último á los emigrados. Enviaron 
en demanda de auxilios á su general más muti- 
lado. Entonces érale imposible andar, y su 
mano derecha, atrofiada por las balas, bien po- 
día pedir una limosna para su causa, que no 
fuese denegada; porque el brazo heroico que 
en su extremidad la mostraba parecía represen- 
tar el asta de su bandera. En Kingston, y for- 
zado, para allegar recursos, á emplear los úni- 
cos gastados expedientes, anunció un meeting. 
Los emigrados creyeron que se les obligaría en 
él á desembolsar públicamente el dinero, y ape- 
nas entraron en el salón, inmenso y vacío, pues 
sólo comparecieron al acto unos cuantos hom- 
bres y cinco señoras. Diez ó doce músicos que 
allí estaban, nada tuvieron que hacer". 

Producen frío en la médula estas palabras; 
pero ahora vienen las más conmovedoras; son 
del propio Sr. Sanguily : 

"Los insurrectos, extenuados, diezmados, 
desencantados, hambrientos, sin municiones, 
sin fe, acorralados, iban á capitular, y capitu- 



José Martí 69 

laron. Un grito de cólera y de anatema se levan- 
tó entonces entre los emigrados. De la Ha- 
bana también el eco trajo una maldición para 
los insurrectos. La cortina cayó, sin embargo, 
y terminaba la tragedia de diez años". 

Todo es cierto, positivamente cierto. Pero 
si el Sr. Sanguily escribiera hoy esos pensa- 
mientos suyos llenos de amargura, agregaría 
estas palabras, de un valor y una veracidad 
irrecusables : ¡ Terminaba la tragedia de diez 
años y comenzaba la estupenda obra de Martí ! 



CAPITULO IV 

1878 A 79. 

DEL ZANJÓN Á LA "GUERRA CHIQUITA". 

Efectos del pacto del Zanjón. — Martí en la Habana. — Apelan- 
do sentencias, conspira. — Inopinada prisión de Martí. — 
¡ Fuego en el bufete de Miguel Viondi ! — Cómo se descubrió 
la conspiración. — Deportación de José Martí. — La "guerra 
chiquita". — Estado de los asuntos cubanos. 

"Los cantos de Martí consuelan, y los que lo escu- 
chan lo bendicen. — Miguel A. Caro." 

¡ Paz ! Se queda atrás el pensamiento al con- 
cebir la sustancialidad fecunda de la idea á que 
responde esa palabra, y de la que, allá en las 
profundidas de su esencia, sólo es un engañoso 
y pasajero símbolo. Simbólica, sí; porque la 
paz, el reposo intenso, sólo está en la muerte. 
La paz de que hablan los hombres son meras 
modificaciones y variantes de la lucha en que 
está empeñada la vida. La vida es una lámpa- 
ra siempre ardiendo. Su llamarada cambia de 
intensidad. A veces, como sucede en la guerra, 
su magnitud adquiere volcánicas proporciones. 
Lo que en el curso de la vida y en presencia de 
una guerra se llama "paz", no es otra cosa que 
la aminorización de su abrasadora intensidad 



José Martí 71 

ante una conquista momentánea que el correr 
de los días tornará en mezquina, y á nuevas 
necesidades, nuevos estremecimientos y luchas 
para adquirirlas. El hombre y las multitudes 
son el juguete de su propia necesidad; por eso 
sus treguas se ajustan al cumplimiento de una 
oferta, ó la mudanza natural que la evolución 
va operando. Incumplida la primera, ó una re- 
sistencia á la adaptación de acuerdo con la se- 
gunda, se quebrantan las fronteras naturales 
de la tregua, y la humanidad, como hizo antes, 
siempre, y como hará después de lo futuro, rein- 
cidirá. A esta ley forzosa quedó vinculada la 
tregua del Zanjón. Después de una larga y 
cruelísima guerra, el anuncio de la paz colma 
de esperanza los corazones. Todos piensan que 
la sangrienta lección á todos por igual aprove- 
chará. Que los errores se rectificarán por una 
parte, y por otra, odios, rencores y malas volun- 
tades, desaparecerán sin dejar rastro, ya en la 
eficacia apagadora del borbollante fragor de la 
industria, más impulsada y activa que nunca, 
ó en el amoroso surco que el labriego abre en 
la campiña y que presta á las yermas vital 
transformación. 

Tal fué, y lógicamente ninguno otro podía 
haber sido, el pensamiento del pueblo cubano á 
raíz del pacto de Zanjón. Hubo singulares ma- 
nifestaciones de júbilo ; entre otras, el banquete 
de los cubanos á Martínez Campos en el teatro 
Tacón, donde raudales de emocionante elocuen- 
cia transmitieron al país entero la suprema con- 
fianza de la hora y la seguridad de un porvenir 



72 América 

dichoso y estable, con la estabilidad y dicha á 
que se había hecho acreedor el pueblo heroico 
de la Gran Antilla. Consecuente con ese estado 
de opinión, Martínez Campos recordaba á su 
gobierno las palabras que en favor de la paz le 
había comunicado poco antes, y que parecía 
constituir el fondo de la política metropolitana ; 
porque, no ya el olvido, sino el mero desvío de 
su curso, sería funesto. Y esa idea, que repre- 
sentaba el pasado, que había de sintetizar el fu- 
turo, la expresaba el General de esta manera : 

"Las promesas nunca cumplidas; los abusos 
de todo género; el no haber dedicado nada al 
ramo de fomento; la exclusión de los naturales 
de todos los ramos de la administración, y otra 
porción de faltas, dieron principio á la insu- 
rrección. El creer los gobiernos que aquí no 
había más medios que el terror, y ser cuestión 
de dignidad no plantear la reforma mientras 
sonase un tiro, la han continuado; por ese ca- 
mino nunca hubiésemos concluido, aunque se 
cuaje la Isla de soldados; es necesario, si no 
queremos arruinar á España para siempre, en- 
trar francamente en el terreno de las liberta- 
des". 

¿Cómo dudar? El país entero se llenó de 
esperanzas, dedicándose asiduo y laborioso á la 
reconstrucción de su hacienda devastada. La 
opinión, de acuerdo con las necesidades del mo- 
mento y con los cambios operados, comenzó la 
evolución que había de cristalizar en la gran 
división del país en dos partidos, y en primero 
de agosto de 1878, el Autonomista quedó de- 



José Martí 73 

finitivamente constituido, con un programa de 
libertad de imprenta, de reunión y de asocia- 
ción, inviolabilidad del domicilio é inmunidad 
individual y de la correspondencia, así como 
someter la vida municipal á un orden legal y 
autonómico, con la implantación de las mismas 
leyes que regían en la Península; todo, con la 
garantía de los códigos civil y criminal bajo 
un régimen eminentemente civil. 

Frente á éste, cuyo programa en cada párra- 
fo hacía brillar la palabra libertad, surgió el de 
oposición, y surgió, desde los primeros momen- 
tos, franca y abiertamente reaccionario; fué la 
agitación de los casinos y de los cuerpos de 
voluntarios, que, descontentos de la paz, y más 
que de la paz, de las condiciones en que se efec- 
tuara el pacto del Zanjón, en 16 de agosto del 
propio año se constituyen y lanzan un programa 
todo lleno de sospechas, en el que se repite dis- 
tintas ocasiones la palabra odio, de esta mane- 
ra: "Odiamos, en efecto, la política que con- 
siste en halagar á las muchedumbres con men- 
tidos ideales, para hacerle servir de escalón de 
nuestros encumbramientos". Y más adelante 
acentúan el vocablo en ésta forma, que profe- 
tiza todas nuestras desdichadas esperanzas : 
"Odiamos la política que consiste en gritar mu- 
cho : ¡ libertad y reformas ! ; ú ¡ orden y estabi- 
lidad!" 

Así quedó abierta la era que iniciara el pacto 
del Zanjón. Martí, que ya en 1873, abando- 
nando á España, se había refugiado en la Re- 
pública Mexicana, donde dejó sentir su influen- 



74 América 

cia como redactor de la Revista Universal, y 
como representante del Congreso Obrero cele- 
brado á la sazón en la nación vecina, represen- 
tando á los de Chihuahua, en la que dio á co- 
nocer su carácter integro é independiente re- 
husando la Secretaría del Gobierno del Estado 
de Puebla, condición ésta eminentísima de su 
carácter, que dejó extraordinariamente acen- 
tuada en 1877, año que pasó en la República de 
Guatemala, renunciando la dirección de un pe- 
riódico oficial y el desempeño de un juzgado, 
porque el ministro de la Guerra había destituí- 
do de la Escuela Normal á su compatriota José 
M. Izaguirre, pasó á la Habana con el propósi- 
to de ejercer su profesión de abogado; ingresó 
primero en el bufete del Sr. Azcárate, pero no 
siendo suficiente el margen de ganancia que los 
negocios de ese bufete producía para distribuir- 
lo entre dos, pasó al bufete del Sr. Miguel 
Viondi, donde estuvo despachando asuntos de 
índole judicial, hasta la guerra chiquita, mo- 
vimiento armado que tuvo lugar el 24 de agosto 
de 1879. 

Interesa mucho dar á conocer algunos deta- 
lles que comprenden la vida de Martí durante 
su permanencia en el bufete del Sr. Viondi. 
Declara el propio jefe de despacho que Martí 
era un hombre extraordinario por sus conoci- 
mientos de la esencia del derecho y por su tra- 
to, no igualado por naturaleza humana. El 
Sr. Viondi era un autonomista convencido, y 
desde los primeros instantes comprendió que 
su compañero y socio era un separatista irre- 



José Martí 75 

ducible. A poco de compartir el despacho dia- 
rio de los negocios, todos los días, invariable- 
mente, hacia las tres de la tarde, entraba en el 
despacho de Martí un hombre de tez broncea- 
da, á quien la opinión pública señalaba como 
irreconciliable enemigo de la soberanía de Es- 
paña en Cuba. Ese hombre es hoy el más dis- 
tinguido de los políticos cubanos; distinguido, 
por la firmeza inquebrantable de sus principios, 
y, más que nada, por su inquebrantable tenden- 
cia á la moralidad en los procedimientos, por- 
que siempre hacia esa finalidad ha dirigido las 
más ardorosas de sus campañas periodísticas: 
el Sr. Juan Gualberto Gómez. 

El Sr. Viondi, más que por lo invariable de 
la cita, concibió sospechas de que en su bufete 
se conspiraba, por lo íntimo de la conversación 
que sostenían, y por lo atento que sus miradas 
estaban á la posible asechanza de los clientes. 
Convencido el Sr. Viondi de que aquellos dos 
hombres se entretenían en alguna conjura, les 
dijo un día en tono de mofa amigable : 

— Ustedes dos son los únicos que en Cuba 
conspiran. 

La conversación de las tres de la tarde entre 
Martí y Gómez continuaba, á pesar de las cons- 
tantes sátiras viondinas. Pero, convencido al 
fin de que aquellos dos hombres experimenta- 
ban intranquilidad siempre que hablaban en 
aquel despacho abierto, dijo un día á Martí : 

— La conspiración continúa, y comprendo 
que ustedes sufren hablando en el despacho; 
mire: al fondo hay una habitación que para 



jó América 

nada se utiliza; prepárela, y reciba allí á su 
hermano augusto de conspiración. Allí nadie 
los interrumpirá en sus sueños. 

Martí siguió el consejo, y al día siguiente, 
una mesa cuadrada de caoba, con gavetas en 
sus cuatro flancos (mesa que, como estimable 
recuerdo del mártir, el Sr. Viondi conserva), 
se instaló en el local de referencia, y la conspi- 
ración siguió, porque nunca se había detenido 
en el alma del Apóstol, y siguió en él hasta la 
caída en Dos Ríos. 

En el movimiento del 24 de agosto de 1879, 
á que ya nos hemos referido, el general Blanco, 
considerando á Martí complicado en él, decreta 
su prisión. Desde la cárcel, Martí envía un 
urgente recado llamando al Sr. Viondi. Este 
acude, y Martí, sonriendo, le dice : 

— Por favor, amigo Viondi, si no quiere us- 
ted que media Isla vaya á la cárcel, vuele á su 
bufete, y de la mesa que está en el cuarto que 
usted dio á los conspiradores, saque cuanto pa- 
pel en ella encuentre, y hágalo cenizas. 

Viondi voló. Vació las cuatro gavetas de la 
mesa, las que, asombrado, vio preñadas de pa- 
peles ; los condujo á la cocina, y en el fogón, 
previa unción de alcohol, acercóles un fósforo, 
y si la Habana entera hubiese en aquel instante 
dirigido su mirada hacia la casa de la calle de 
Empedrado, en que estaba esta oficina, hubiese 
seguramente exclamado : ¡ Fuego en el bufete 
del Sr. Viondi! 

Pero no fué así. Y, sin embargo, aquel humo 
que se fundía impalpable con la atmósfera, que, 



José Martí 77 

más poderosa, le imponía la difusión con su 
luz, era la desaparición eterna y sombría de 
una obra que no debía haber sido condenada al 
fuego ; que era merecedora á un premio más le- 
gítimo que aquel á que fué condenada por el 
extravío de un momento. Si el Sr. Viondi viera 
la mesa en que escribo, llena de volúmenes so- 
bre la historia de Cuba, de folletos, de artículos 
de periódico, y todos los volúmenes del señor 
Gonzalo de Quesada, que tan insípida y tan des- 
ordenadamente ha hecho de los trabajos de 
Martí, sentiría la misma impresión de angustia 
que siento yo en este momento pensando en el 
estrago irreparable que realizó con la corres- 
pondencia de Martí, y seguramente convendrá 
conimgo en que aquella botella de alcohol y la 
chispa aquella hubieran sido más lógica, más 
humana y más patrióticamente empleadas para 
poner en conflagración el vetusto palacio de los 
capitanes generales, que tan cerca estaba del 
despacho del Sr. Viondi. 

Pero ahoguemos el dolor; porque si bien es 
verdad que no podrá en el futuro, con todos sus 
detalles, reconstruirse el desarrollo de la obra 
conspiradora de Martí, justo es pensar que, vi- 
vos aún los que en ella intervinieron, algunos 
de los cuales, como el Sr. Juan Gualberto Gó- 
mez, reúne condiciones extraordinarias de ta- 
lento para ello, los actos del Apóstol y mártir 
se reconstruirán algún día. Por lo que á nos- 
otros respecta, aquí quedarán consignados los 
que en toda ocasión oportuna, y con discretísi- 
mas interrogaciones á personas íntimamente 



78 América 

ligadas con estos acontecimientos, hemos podi- 
do averiguar. 

La conspiración de Martí y Juan Gualberto 
Gómez desde el bufete de Viondi no se reducía 
solamente á correspondencia, franca unas veces 
y otras envuelta en el nebuloso enigma de las 
claves. La obra era más intensa que la de un 
mero cambio de epístolas literarias ó geroglífi- 
cas. Ya se habían echado los cimientos de una 
verdadera obra de conspiración, en una serie de 
clubs secretos distribuidos en toda la Habana, 
y muy especialmente en Guanabacoa, donde los 
actores principales eran Martí y Carlos Rolof f . 
La campaña era bastante intensa y parecía bien 
penetrada en el campo cubano, que no describo, 
sino que me concreto á calificar de prematura y 
temeraria. Prematura, porque por grandes que 
sean las condiciones organizadoras de un hom- 
bre, no son suficientes los seis ó siete meses que 
dedicó á esta labor preparatoria, para la magna 
repercusión que de ella había de surgir; teme- 
raria, porque parece un hecho, que no aseguro 
de una manera absoluta, pero al que los aconte- 
cimientos dan un extraordinario viso de ver- 
dad, que en sü conspiración no estaban intere- 
sadas las principales figuras del 68. Cuando 
revisemos la guerra que estaba próxima á esta- 
llar, ahondaremos más, y con instinto crítico, 
estos acontecimientos provocados por Martí. 
Ahora, hagamos conocer la hábil combinación 
de que se valiera el gobierno español para sor- 
prender á los conspiradores. 



José Martí 79 

El Capitán General Blanco conocía evidente- 
mente que en la ciudad de la Habana se cons- 
piraba. Con ese convencimiento, puso á con- 
tribución todos los esfuerzos del poder de que 
disponía para granjearse la confianza de un ofi- 
cial del ejército revolucionario del 68, á quien 
envió á los Estados Unidos con el propósito de 
ponerse á las órdenes del general Calixto Gar- 
cía, que desde allá preparaba un movimiento 
revolucionario en Cuba; movimiento que, aun- 
que lo niegan personalidades de alta gradua- 
ción revolucionaria, parece evidente que mar- 
chaba de acuerdo con la conspiración de Martí. 

El oficial que, siguiendo instrucciones del ge- 
neral Blanco, fué á ponerse á las órdenes de 
Calixto García, recabó de él un buen número de 
diplomas, con su firma y en blanco, para distri- 
buirlos entre los que quisieran secundar su mo- 
vimiento de rebelión. Con este tesoro vuelve á 
la Habana el oficial referido, y lo pone en ma- 
nos del general Blanco, quien deseando, no ya 
tener conocimiento de la conspiración, que ésta 
le constaba, sino del número y nombres de sus 
jefes, distribuyó esos nombramientos entre ofi- 
ciales de procedencia cubana que existían en el 
ejército español, para facilitarles la entrada en 
las logias conspiradoras. 

El plan del general Blanco dio resultados tan 
excelentes, que uno de esos oficiales logró esta- 
blecer un club, y á poco de estar funcionando, 
en los mismos días en que estallaba la guerra 
chiquita, prepara aquel oficial una emboscada 
y da cita para su club á los directores de los 



8o América 

otros, que caen prisioneros, Juan Gualberto Gó- 
mez y Martí entre ellos. 

Pero á pesar de todo esto, en la noche del 24 
de agosto de 1879 el general Belisario Peralta, 
los brigadieres Ángel Guerra, José Maceo y 
Guillermo Moneada, se lanzaron al campo de 
la revolución. Polavieja la combatió en Orien- 
te con crueldad inusitada; no así Blanco, que, 
imbuido en procedimientos benignos, decretó la 
deportación de los conspiradores aprehendidos ; 
la importancia que tuvo este movimiento, que 
duró hasta junio de 1880, puede fácilmente de- 
ducirse de las siguientes cifras, que tomo del li- 
bro "Desde el Zanjón hasta Baire", del Sr. Es- 
tévez y Romero : 

Muertos hechos á los patriotas 170 

Heridos 109 

Prisioneros 307 

Presentados con armas !>798 

Presentados sin armas 4>°33 



Total 6,417 

Durante este movimiento, el partido Auto- 
nomista estuvo al lado del gobierno metropoli- 
tano, de tal modo, que el propio general Blanco 
declaró "que la actitud del partido Liberal ha- 
bía valido para España y para la paz mucho 
más que 20 batallones de voluntarios" ; servicio 
que pagó ingratamente el propio General bur- 
lando y mixtificando los propósitos de los auto- 
nomistas, sometiéndolos á vergonzoso espiona- 



José Martí 8 i 

je y desterrando algunos de los periodistas del 
partido. 

Desde entonces Martí quedó fuera del sol de 
su patria, y los cubanos continuaron sufriendo 
el prolongado calvario de sus desdichas. 

Cierto que la guerra del 68 había impuesto 
afortiori grandes ventajas, pero el liberal pro- 
grama del partido Autonomista se vio cons- 
tantemente burlado por la intransigencia espa- 
ñola. Los voluntarios, por medio de su partido 
austriacante, gobernaron siempre la Isla de 
Cuba, y la gobernaron á su modo y a sus gus- 
tos, despótica y despreciativamente. Cuba tuvo 
alternativas singulares; llegó en algunos años 
á sorprendente pujanza económica, á virtud de 
tratados concertados con la vecina república de 
los Estados Unidos de Norte América. Pero 
es sabido que en medio de las mayores calami- 
dades de orden político, de las arbitrariedades 
en el administrativo, y hasta las prevaricacio- 
nes en lo judicial, los solos beneficios de la paz 
hacen prosperar á la Isla, gracias á la estupen- 
da feracidad de que la Naturaleza la ha pródi- 
gamente revestido. 

A pesar de ellos, las condiciones del gobierno 
español, y las reglas de conducta con que desa- 
rrollaba su política en Cuba, unido todo al mo- 
vimiento de desvío que hacia nosotros, y por 
torpeza de la Península, se iniciara en el Norte, 
una gran crisis, una tremenda bancarrota, se 
cernía en el horizonte cubano ; de tal manera, y 
de perspectiva tan sombría se presentó el pro- 
blema, que cubanos y españoles, conservadores 



82 América 

y liberales, en acción conjunta, en queja abier- 
ta, exponían al gobierno español la profunda 
ansiedad que los dominaba. Así se expresaron 
en 22 de julio de 1891 : 

"No nos forjamos ilusiones y tenemos cabal 
conciencia de la situación de nuestras industrias 
principales. Sabemos que la fabricación del 
azúcar dejó de ser hace muchos años artículo 
colonial, como se decía antes, para convertirse 
en producto industrial de todas las zonas y to- 
dos los climas, que vive hoy sometido á las in- 
eludibles leyes de la competencia universal. 
Cuba, que hasta ahora era el país que más azú- 
car producía, ocupa hoy el cuarto lugar; y no 
se ha detenido en Europa, sino que, por el con- 
traria, continúa con paso acelerado el desarro- 
llo de la potente industria, que ha llegado á 
convertir un tubérculo insípido en rival victo- 
rioso de la caña. Después de haber logrado y 
consolidado su predominio en los grandes cen- 
tros consumidores del antiguo mundo, el indus- 
trial europeo ha trasladado á los Estados Uni- 
dos el teatro de la lucha, hasta el punto de que 
ya llegaron el pasado año cerca de 300,000 to- 
neladas á los puertos norteamericanos, cuando 
poco ha no importaba un grano de azúcar. Tie- 
ne, además, la vecina república, el propósito de 
producir en su propio territorio azúcar, no sólo 
para el consumo, sino también para la exporta- 
ción ; le sobran tierras y climas adecuados para 
ello ; instituciones y leyes sabiamente calculadas 
estimulan el fomento de la proyectada indus- 
tria ; y ya se leen con frecuencia en los periódi- 



José Martí 83 

eos especiales noticias circunstanciadas de ins- 
tituciones fabriles y campos de cultivo para en- 
trar briosamente en la liza ; terrible contingente 
que nos amenaza con la pérdida de nuestro últi- 
mo é irreemplazable mercado, si no buscamos 
solución al mal que nos amenaza. 

"La industria del tabaco, que tanta vida y 
movimiento ha venido dando á esta capital y 
pueblos comarcanos, está herida de muerte .... 
Hoy reina el malestar y el descontento en hoga- 
res antes seguros de trabajo bien remunerado, 
y la perspectiva es aún más desconsoladora. 
Lucha en casi toda Europa nuestra industria 
tabacalera con el estanco, y en América con 
exorbitantes derechos fiscales " 

Los síntomas no pueden ser más evidentes. 
La hora suprema se acercaba. Grandes fueron 
los desaciertos del gobierno español; grandes, 
y muy grandes, las torpezas que acumularon en 
cuatro siglos de dominación funesta, que pare- 
cían recargarse gigantescamente sobre la Per- 
la de las Antillas, que gemía constantemente y 
lloraba sin cesar por sus dolores, con la misma 
constancia con que sus brisas mitigan el fuego 
tropical, y de cuyo raro maridaje tan fecunda y 
pródiga torna su naturaleza. La solitaria Cuba 
lloraba acompañada de la música que el rumor 
de las olas del Caribe constantemente levanta 
en la llanura de sus playas ó en el duro acanti- 
lado de sus costas. Pero más grande que esa 
dura labor del gobierno español, y con grande- 
za mucho más solemne que la que representar 
pudiera el monumental acopio de cuatro siglos, 



84 América 

fué la obra serena, continuada y ardorosa, de 
Martí; obra cuya parte más intensa y más po- 
derosamente irresistible vamos á presentar al 
lector, como ejemplo único de su raza en la con- 
densación suprema del apóstol, del héroe y del 
mártir. 



CAPITULO V 

LA PROPAGANDA DE MARTI. 

Quebrantamiento del destierro. — Martí vuelve á América. — 
Propaganda literaria. — El grupo de New York. — Un dis- 
curso de Martí. — Banquete del Centenario Americano. — El 
pensamiento y la acción. — Martí mira hacia el Sur. — Los 
emigrados de Tampa y Key West. — El idilio de una mul- 
titud. 

"Y, así, cuando cada uno de ellos vuelva á las pla- 
yas que acaso nunca volvamos á ver, podrá decir, 
contento de nuestro decoro, á la que es nuestra due- 
ña, nuestra esperanza y nuestra guía: ¡madre Amé- 
rica, allí encontramos hermanos! ¡Madre América, 
allí tienes hijos! — José Martí." 

En septiembre de 1879, á. bordo del vapor es- 
pañol "Alfonso XH'„ bajo partida de registro, 
Martí atravesaba el Atlántico, deportado á la 
Península, por los acontecimientos que quedan 
relatados. 

No era posible que aquel destierro durase 
mucho. Las fronteras españolas eran muy re- 
ducidas y demasiado abiertas para contener los 
impulsos del alma que acababan de confinar den- 
tro de sus linderos. El movimiento armado, 
que por su iniciativa, si no directa, colateral al 
menos, mantenía á un grupo de compatriotas 
suyos bajo el fuego de cañones y fusiles de los 
tiranos, era causa de un poder irresistible á 



86 América 

contenerlo en su destierro. Los pocos meses 
que estuvo en España los dedicó á la obra silen- 
ciosa, pero seria y continuada, de preparar su 
evasión. Su espíritu inquieto y vigilante atisba 
el momento, acecha la ocasión. Sus hermanos 
lo llaman. La guerra lo seduce. La tenacidad 
es la condición del carácter más propicia al lo- 
gro de las más arduas y más inconmensura- 
bles aspiraciones. Los sanguíneos, arrebatán- 
dose instantáneamente, vencen un obstáculo, 
pero son derribados seguidamente en el segun- 
do; en parte, porque denuncian su flaca condi- 
ción de alma, se les acosa de soslayo y ellos 
mismos se pierden en el laberinto de sus impul- 
sos. Los ecuánimes, los de exterior sufrido, 
los de delicadeza en modos y maneras, pero per- 
severantes, tenaces, y, sobre todo, de paciencia 
inquebrantable, no solamente triunfan en todo, 
sino que dejan sorprendidos á los mismos que 
con manifestación hostil los rodeaban, porque 
á sus ojos, y muchas veces con su auxilio in- 
consciente, los ven, asombrados, alcanzar su 
fin. Hombre de esa naturaleza, Martí se sobre- 
pone á todo obstáculo; en los primeros meses 
de 1880 traspone la frontera francoespañola y 
cae en New York, pocos días antes de la con- 
clusión de la guerra chiquita, que "aborta, pe- 
ro no sin gloria", como aseguró nuestro ilustre 
pensador Varona. 

No se puede ocultar que hubo un momento 
de vacilación en Martí ; que dudas crueles amar- 
garon su espíritu. El esperaba contribuir per- 
sonalmente á la obra que constituía la idea que 



José Martí 87 

aguda y precozmente grabara en su espíritu, y 
cuando la creía cerca, cuando esperaba ponerse 
en contacto con ella, la vio esfumarse como 
nube pasajera en el horizonte de sus ilusiones. 
No perdió la fe, pero su acción quedó profun- 
damente quebrantada. Y como la fe es la lla- 
marada inextinguible que conduce en todos los 
órdenes del desarrollo mental á la cumbre más 
extraordinaria de las conquistas, porque, ciega, 
arrastra hasta el piélago indefinido é incoloro 
de lo increíble, Martí, desde ese instante, tomó 
ese aspecto característico de su vida, el aspecto 
del asceta ; rara y mística combinación del apos- 
tolado que ilumina y de la peregrinación predi- 
cadora que enardece. Miró á su alrededor, y 
se encontró con una mayoría que no podía com- 
prender ni concebir su angustia. La vida arre- 
batada y mercantilista de New York, momen- 
táneamente al menos, era impropia para el de- 
sarrollo gentil de las vaguedades que germina- 
ban en el fondo volcánico de su alma. Miró al 
mapa, al mapa de su mente, en busca de latitu- 
des y pueblos similares, donde poder derramar 
las emociones del alma, sobre otros que hubie- 
ran experimentado idénticos dolores; que co- 
nocieran las penas inmensas que á él afligían; 
que, por sus recuerdos, sintieran compasión por 
los que aun sufrían los males cuya denunciación 
quería acometer, y cuya mitigación proponía. Y 
se fijó en Caracas, la capital de Venezuela. Lo 
que Martí hizo allí, para no incurrir en profa- 
nación, la pluma cubana cede lugar, lugar que 
habrá de ocupar con ventaja y con honor, mu- 



88 América 

cho honor para Cuba, al venezolano Juvenal 
Anzola : 

"En días de entusiasmo dedicados á honrar 
héroes y á enarrar virtudes, llegó á las playas 
de Venezuela un republicano insigne, un apóstol 
de la libertad, y egregio pensador; un hombre 
joven, de continente gallardo y respetable, de 
mirada penetrante y luminosa, de frente ancha 
y despejada, como para contener muchos y al- 
tos pensamientos ; de modales cultísimos, de ac- 
tividad constante y sobresaliente, y de tal modo 
comunicativo, franco y atrayente, que, recién 
llegado, fué dueño de voluntades, tuvo amigos 
y admiradores. ¿Quién no recuerda á José 
Martí y no sabe que sólo dejó simpatías entre 
nosotros, inspiró entusiasmo y vivió en propa- 
ganda de libertad y de ciencia ? Aquel hombre 
tenía el fuego que animaba á los antiguos pro- 
fetas, y creía en el triunfo de su causa como 
una esperanza cierta, que daba á su rostro el 
encanto del placer y á su palabra vencedora la 
elocuencia de un salvador de la patria, discu- 
rriendo entre sus conciudadanos, á presencia 
de los trofeos de su gloria. 

"La juventud venezolana, de suyo amiga de 
los pensadores y héroes, pues tales fueron sus 
ascendientes, no podía recibir sino con entusias- 
mo al egregio hijo de la perla antillana, á la 
cual quiso el Libertador ir á combatir con sus 
legiones triunfadoras, y en la cual combatieron 
después, ofrendándole intereses y vida, varios 
patriotas venezolanos. Martí respiró en Cara- 
cas brisas regeneradoras; encontró corazones 



José Martí 89 

entusiastas, voluntades firmes, almas inspiradas 
y culto ferviente por aquellos hermosísimos 
ideales que dieron á su constante combatir, á su 
generosa, gallarda vida, á su verbo fulgurante, 
la trascendencia de elevar y revolucionar el es- 
píritu de sus compatriotas, de preparar y soste- 
ner aquella gigantesca lucha, de la cual surgió 
independiente y gloriosa la República de Cuba. 
"Martí, durante su estado en Caracas, agru- 
pó en torno suyo muchos admiradores 

Deseosos algunos jóvenes de recibir clases de 
oratoria del insigne Martí, obtuvieron su bene- 
plácito entusiasta, y sabedor de lo que ocurría, 
el ilustrado y benemérito Dr. Guillermo Tell y 
Villegas nos ofreció el salón principal de su co- 
legio. En él, varias veces á la semana y por 
algún tiempo, de las ocho á las diez de la noche, 
vibró poderosa la voz elocuente de aquel pere- 
grino de la libertad, de aquel atleta incansable 
que anhelaba dejar en el ánimo de la juventud 
venezolana, vinculados, todos los tesoros de su 
alma, todos los ensueños de su inagotable fan- 
tasía, todas las grandezas de un porvenir ape- 
nas concebible". 

El cuadro, su fondo y el colorido, no puede 
ser más hermoso para Cuba, ni más lleno de 
justicia para el que lo inspirara. No solamente 
su arrebatadora palabra, esa palabra que, desde 
muy joven él, fué calificada por D. Nicolás He- 
redia, que lo conoció en Madrid, de "grandilo- 
cuente y nebulosa á semejanza de Víctor Hu- 
go", consiguió tan señaladas explosiones de 
admiración, nimbándolo de grandeza, sino que 



90 



América 



además de ello, fué colaborador de varios dia- 
rios caraqueños, y entre otros, la Opinión Na- 
cional; y fué director muy distinguido de la 
Revista Venezolana, cuya vida fué extraordi- 
nariamente fugaz. La obra de Martí, en Ve- 
nezuela principalmente, obra que tuvo singular 
éxito, fué la de fomentar en el corazón de la 
juventud que lo admiraba y lo quería senti- 
mientos de amor y de compasión para su Cuba 
esclava, y alientos de vindicación para hacerla 
libre. 

En 1 88 1 pasó á New York, la metrópoli 
financiera de los Estados Unidos, y con los 
alientos que traía de Venezuela, dio comienzo 
á su estupenda obra de redención. 

Al principio trató de aposentarse, formarse 
un medio de labrar su subsistencia. Lo prime- 
ro que encontró á que dedicarse fué el despacho 
de varios consulados sudamericanos : el de Uru- 
guay, el del Paraguay, y muy especialmente el 
de la Argentina, en el que llegó á tener carácter 
oficial, y del que emanaron muchas de las tri- 
bulaciones de su existencia. 

En aquella época puede decirse que la cons- 
piración en favor de Cuba, mejor dicho, la pro- 
paganda por la guerra de libertad, no había 
prácticamente comenzado. Lo único evidente 
que á este respecto se conocía eran las páginas 
llenas de amargura y alusivas á la situación de- 
sesperante de Cuba, que Martí, desde New 
York, escribía á diarios y revistas sudamerica- 
nos. En New York, lugar de su residencia, 
existían ocho ó diez cubanos de procedencia re- 



José Martí 9i 

volucionaria, que todos los años, al llegar el 10 
de octubre, se reunían espontáneamente, y en 
una comida frugal, mojada con algún vino de 
la cosecha americana, pero rotulado con etique- 
ta portuguesa, animaban sencilla y tristemente 
sus recuerdos de leyenda, y derramaban algu- 
nas lagrimas ardorosas á la memoria de los 
mártires. Es posible que en esa hora de supre- 
mo recogimiento algún aliento inflamaba las 
almas de los comensales ; pero puede asegurar- 
se que al rayar el nuevo día, y entregados á la 
ardua labor, todo vínculo de unidad, todo con- 
tacto actuante, se había borrado, en espera de 
un año más para nueva celebración de la triste 
fecha. Martí no tenía contacto ninguno ni 
aproximación de ninguna clase con aquellos ve- 
nerables patriotas que celebraban periódica- 
mente el 10 de octubre. En una de esas fechas 
con motivo de haberse excusado el orador pa- 
triota que en otras ocasiones tenía á su cargo la 
oración evocadora, el Dr. Trujillo, D. Enrique 
que ya había tenido algunos rozamientos en po- 
lémicas periodísticas con Martí, propuso á sus 
amigos emigrados que lo invitaran para que se 
hiciese cargo de la oración conmemorativa Así 
lo hicieron, y Martí pronunció uno de sus más 
extraordinarios discursos el 10 de octubre de 
1887; de él es este párrafo: 

"¿Guerra? Pues si se hubiese querido tener- 
la siempre encendida, ¿cuándo ha faltado una 
montana inexpugnable, ni un brazo impaciente? 
Ketrenar es lo que nos cuesta trabajo, no em- 
pujar; lo que nos cuesta trabajo es convencer á 



92 América 

los hombres decididos de que la mayor prueba 
de valor es contenerlo ; pues, ¿ qué cosa más fá- 
cil que la gloria á los que han nacido para ella ? ; 
ni ¿qué deseo más impetuoso que el de la liber- 
tad en los que ya han conocido, en el brío del 
combate y la vela de las armas, que es digna de 
sus heraldos naturales, el sacrificio y la muerte? 
Las manos nos duelen de sujetar aquí el valor 
inoportuno. Si no lleva la emigración la gue- 
rra á Cuba, acaso será porque cree que no debe 
aún llevarla; acaso será porque hay en su seno 
mucho hombre sensato que prefiere dar tiempo 
á que los hechos históricos culminen por sí en 
toda su fuerza natural, á precipitarlos por sa- 
tisfacer impaciencias culpables, á comprome- 
terlos con una acción prematura, con una ac- 
ción que, habiendo de conmover, de trastornar, 
de ensangrentar el país, debe esperar para ejer- 
cerse á que, por todo lo visible y de indudable 
manera, no sólo necesite el país la conmoción, 
sino que la desee, por el extremo de su desdicha 
y lo irrevocable de su desengaño. ¡ Aquí no so- 
mos jueces, sino servidores ! 

"¿Quién dice que aquí queremos llevar á 
nuestra patria en mala hora una guerra que 
tuviese más probabilidades de ser vencida que 
de vencer en corto plazo? Aun cuando la tu- 
viéramos en nuestras manos, aun cuando sólo 
aguardase la señal de partir, de partir para el 
viaje santo y ligero, corazón á corazón iríamos 
llamando, afrontándolo todo en la angustiosa 
súplica, para que no diesen rienda al valor im- 



José Martí 93 

paciente, hasta que ya no hubiera modo de sal- 
var sin esa desventura á la patria". 

Aunque lleno de aliento, Martí aparece en su 
discurso de este día como contenido, contenido 
en su ardor de provocar nuevamente la guerra 
en Cuba. Puede asegurarse que la intención 
calmosa y mesurada en que está invívita su ora- 
ción es más hija de las circunstancias que de un 
convencimiento arraigado en su corazón. Lo 
que aconteciera en el desarrollo de la guerra 
chiquita, en la que, á pesar de sus nobles espe- 
ranzas, no se obtuvo un resultado tan intenso 
como al principio se creyó, y, sobre todo, la se- 
guridad que Martí tenía de que los hombres de 
la guerra ansiaban prolongar la paz, recons- 
truir su hacienda, y no aventurarse en peligro- 
sos ensayos, eran causas más que suficientes 
para levantar obstáculos al noble curso de sus 
emociones, ante aquel concurso que simbolizaba 
tristemente el duro fracaso del 68. No obstan- 
te eso, la fogosa palabra de Martí quedó graba- 
da en lo más hondo de sus oyentes, y todos que- 
daron convencidos de que la libertad de Cuba 
contaba con poderosa palanca en los impulsos 
juveniles del orador que les cantara el mérito no 
igualado y la gloria inmarcesible de sus proezas 
singulares. 

Martí siguió solitario su labor. A su labo- 
riosidad como agente consular, y corresponsal 
de periódicos escritos en lengua española, unió- 
se pronto su nombramiento de redactor artístico 
de The Sun, en cuyo campo encontró desde en- 
tonces lucrativa ocupación. Durante la noche, 



94 América 

en las horas que naturalmente debía dedicar al 
descanso, tanto de vida fisiológica como mental, 
extraordinariamente forzadas ambas al legíti- 
mo cansancio de una labor ímproba y continua- 
da, Martí pasaba á Brooklyn, y se dedicaba á la 
enseñanza de las primeras letras á varios com- 
patriotas suyos, de la raza de color, que traba- 
jaban como emigrados en aquella ciudad. Así, 
despachando no solamente el Consulado Argen- 
tino, que oficialmente atendía, sino también los 
de Uruguay y Paraguay extraoficialmente ; es- 
cribiendo para todos los diarios y revistas de 
Centro y Sud América; colaborando asidua- 
mente en The Sun, y dando clases á sus compa- 
triotas, robándose á sí mismo todo descanso, le 
sorprendió un acontecimiento que fué decisivo 
para el futuro de Cuba. 

En 1889, con motivo del centenario america- 
no, los cónsules acreditados en la ciudad neo- 
yorkina celebraron un banquete, en honor del 
acontecimiento. Martí acudió á él en represen- 
tación del gobierno argentino. Llegados que 
fueron los brindis, se promovieron patrióticos 
discursos. Tocaba el turno á Martí, y sin re- 
huir momentáneamente el punto capital en que 
sus palabras habían de girar, con la extraordi- 
naria habilidad y atracción incontenible de los 
que, en medio de la libertad, no se sienten en 
todo absolutamente libres, hizo inclinar, en el 
momento oportuno, sus ideas, hacia las prisio- 
neras y aun tiranizadas Antillas. El no podía 
con gusto dejarse arrastrar por el raudal abun- 
doso de su elocuencia, ni jugar libremente con 



José Martí 95 

su instinto creador de imágenes vivísimas, sin 
presentar el cuadro obscuro de las que aún, y 
mucho, injustamente sufrían. Habló de Cuba, 
de sus desdichas, y en pleno banquete consular 
fustigó rudamente la incalificable conducta de 
España para con la reina de las Antillas, pro- 
nunciando la frase aquélla que repitió, con mo- 
tivo de la conmemoración á Simón Bolívar, 
cuatro años más tarde: "¡Los que tienen pa- 
tria — dijo — , que la honren; los que no, que la 
conquisten !" 

El discurso de Martí repercutió en la Secre- 
taría de Estado de la República Argentina, y 
como sus palabras eran mortificantes para una 
nación á quien le unían la paz y la amistad, y 
hasta algunas de ellas tuvieron el énfasis y has- 
ta la intención de una ruptura de hostilidades, 
el mundo oficial, hipócrita, necesariamente hi- 
pócrita en sus manejos y prácticas internacio- 
nales, tomó en serio el asunto. Parece que Es- 
paña reclamó, y la República Argentina se vio 
en el caso de retirarle el carácter oficial de cón- 
sul que disfrutaba ante el gobierno americano. 

Entonces sonó la hora de la acción, unida á 
la propaganda que como escritor realizaba. 
Martí miró hacia el Sur. Recordó aquella mul- 
titud, hormigueante, de cubanos emigrados, que 
siempre vivían inquietos, preocupados por las 
desventuras de su patria. Era el momento en 
que las noticias de Cuba sembraban dolor hasta 
en los que por ella sólo debían sentir la natural 
condolencia que se siente por todo dolor huma- 
no, pero sin otros vínculos; allá se fué Martí; 



96 América 

á las arenosas playas de Florida y al diminuto 
Key West, que más parece lugar de entreteni- 
miento de las olas que seguro asilo de un en- 
jambre laborioso de cubanos, á cuyo esfuerzo 
el pequeño islote debe su renombre en todas 
partes. 

Aquellos sencillos corazones lo recibieron con 
agrado ; lo escucharon después con entusiasmo, 
para seguirlo más tarde con delirante frenesí y 
amarlo siempre con apasionada idolatría. Los 
emigrados de Tampa y Key West, aunque sin 
movimientos preparatorios, habían mantenido 
su enardecido amor por la independencia cuba- 
na. En el cayo, el club San Carlos era el altar 
donde se veneraba á la patria. Allí se reunían 
en las horas libres de la labor cotidiana los obre- 
ros cubanos á comentar y á censurar y á aplau- 
dir, pero siempre á entristecerse de los aconte- 
cimientos pasados, donde no se sabía cuál de 
sus aspectos hería más hondamente el corazón 
de los patriotas, si la sangre derramada, la de- 
vastación producida ó el fracaso experimenta- 
do. Pero lo cierto es que en cada una de esas 
consecuencias, cada uno de ellos se sentía ata- 
do por vínculos imborrables. Eso constituía 
predominantemente el ambiente psicológico de 
aquella muchedumbre. El fondo originario de 
ese estado de conciencia era causa más que su- 
ficiente para que el eco de los antagonismos, de 
las preocupaciones, hiciera presa segura en 
aquel campo agitado de opinión. 

El choque más evidente y que más profunda- 
mente había sembrado desavenencia fué la obs- 



José Martí 97 

cura y aún por esclarecer cuestión de Carlos 
Manuel de Céspedes. El nombre del glorioso 
caudillo, iniciador de la contienda y primer pre- 
sidente en Cuba libre, aun desde su tumba, avi- 
vaba entre sus admiradores el recuerdo ingrato 
de una injusticia inferida. Frente á esa opi- 
nión prevalecía la de los quesadistas, que creían 
justificada la destitución de Céspedes y se sen- 
tían satisfechos con la exaltación que á la pre- 
sidencia obtuviera Quesada. 

A ese motivo de desavenencia se unían las 
recriminaciones de los que entendían que la paz 
del Zanjón no estaba justificada, y el arrepen- 
timiento de los que encontraban como causa 
eficiente para ella el desaliento de los propios 
emigrados en la hora suprema en que se les lla- 
mó para reanimar la revolución moribunda. 

Igual ó parecido estado de cosas prevalecía 
entre los emigrados de Tampa. Pero por enci- 
ma de todo, y como dominándolo todo, en el 
fondo de la conciencia de aquella multitud latía 
con vigoroso impulso el amor á la patria. 

En lo bajo, en lo secundario,, había diferen- 
cias bastante hondas; en lo alto, en la sereni- 
dad suprema del ideal, campeaba imperante un 
solo sentimiento: el sentimiento de Cuba libre. 

A ese campo, mal preparado, pero fecundo 
para una gran cosecha, llegó el agitador en 
hora propicia. Se me asegura que cuando Mar- 
tí llegó al cayo encontró formado, con bastante 
desarrollo ya, el germen de una conspiración 
planeada. Desde los primeros momentos se tra- 
tó de iniciar á Martí en los secretos del movi- 



98 América 

miento, y hubo oposición decidida, por parte de 
algunos de los directores, que no relato porque 
el detalle no tuvo otra importancia que el de 
dar á conocer á aquellos obreros que Martí no 
era un asaltador de voluntades, sino un carác- 
ter humildísimo, un mensajero de paz, ante 
cuya mirada, y una vez conocido el campo de 
operaciones, sólo existía como problema inicial 
el de suavizar asperezas y zurcir voluntades. 

Con el rostro resplandeciente de sinceridad, 
el ademán denunciador de su condición humil- 
de y el fluido magnético de su palabra conmo- 
vedora, se operó en Martí la transformación 
sublime que iba á caracterizar en lo futuro el 
fondo de su alma, la condición preferente de su 
carácter. Se convirtió en apóstol. 

Desde entonces, su predicación en los talle- 
res, plazas, calles y en el hogar, hicieron de 
aquella multitud, y en poco tiempo, algo uníso- 
no, compacto, entero, formidable. Estaba en 
su elemento, y fué comprendido. 

No faltaba nunca á nada ; se le veía en todas 
partes; con todos hablaba; á todos convencía. 
Al poco tiempo perdió su nombre propio y se 
le llamo el Maestro. La transformación en él 
experimentada había cundido, y se operó en 
cuanto estaba á su alcance. 

Cuando se le inició en los secretos del club del 
cayo, quedó sorprendido de la obra, y la explo- 
sión de un grito de admiración sobrecogió á 
cuantos le rodeaban. Impartió su aprobación á 
la labor; la inflamó con su entusiasmo; la con- 
sagró con sus consejos, y sin que nadie lo eli- 



José Martí 99 

giera, y sin que nadie le notificara ser el elegi- 
do, se convirtió en el director supremo de todos 
y para todos. El cayo quedó unificado. Las pa- 
sadas desavenencias se borraron como se des- 
vanece el celaje gris en el fondo azul de nues- 
tro cielo. Y Marti fué dejando tras sí, en cada 
corazón, la ansiedad de una promesa solemne 
próxima á ser cumplida. 

En Tampa su obra es igual ; no hay una sola 
variante á que atender. Triunfa, unifica y crea 
los clubs revolucionarios que, á manera de lám- 
paras sagradas, iluminarían el lábaro santo de 
la libertad hasta que fuera conquistada. 

Ya nadie dudaba del éxito. Los obreros cu- 
banos cayeron en el éxtasis deleitante de un 
idilio. Todos confiaban en Martí, en el Maes- 
tro, y se entregaron ciegamente á su mandato. 
Los cimientos de su obra estaban firmemente 
asegurados. Al Maestro todos obedecían, sin 
que nunca de él mandato alguno recibieran. 
Era un fenómeno de sugestión. Lo demás, no 
sin desasosiegos y amarguras para Martí, ha- 
bría de venir por añadidura y por su propio 
peso. Sólo faltaba la explosión de un encono 
para que la obra realizada por los de abajo lle- 
gara poderosamente irresistible á los de arriba. 
El hecho va á ocurrir. Sigámosle, que la hora 
suprema se avecina. 



CAPITULO VI 

DE LA HOSTILIDAD AI, TRIUNFO. 

El Partido Revolucionario. — Los hombres del 68. — Hostilidad 
del Sr. Trujillo y "El Porvenir". — Resolución del Consejo 
Revolucionario. — El libro "A Pie y Descalzo", del Sr. Roa. 
— Impresión en Martí. — Discurso "Los pinos nuevos y los 
pinos viejos". — Una carta del general Enrique Collazo. — 
Contestación de José Martí. — La conjunción. — Maceo, Máxi- 
mo Gómez y Cebreco listos para el movimiento. — Martí y 
los autonomistas. — Grito de Baire. 

"Toda idea nueva es generalmente acogida con des- 
confianza. Y si tiende á romper con la tradición, las- 
timando intereses egoístas, la desconfianza se con- 
vierte pronto en hostilidad. Pero si esa idea va 
abriendo paso y logra al fin fructificar, los hostiles se 
transforman fácilmente en prosélitos. — FiGarola-Ca- 
neda." 

El trabajo de unificación y aliento que se ha 
descrito en las páginas anteriores duró muy 
cerca de dos años, durante los cuales, necesario 
es declarar que Martí sólo se puso en contacto 
con el pueblo ; escasa ó ninguna era su comuni- 
cación con los que hasta entonces habían diri- 
gido la opinión cubana en éste su aspecto revo- 
lucionario. El no se presentó á los emigrados 
con títulos de ninguna clase; no era nadie; su- 
fría como ellos el mismo dolor, y como ellos, 
alentaba la esperanza feliz de la consecución de 
días mejores; fué á comunicárselo; encontró 



José Martí ioi 

dividida la opinión, y la unificó ; y, en medio de 
su sencillez y su humildad, se hizo tan grande, 
que su nombre, sobre todo su nombre de maes- 
tro, eclipsó el titulo de todos los generales. La 
propaganda en favor de Cuba no se unía ni se 
asociaba con otro nombre que el de Martí. Y 
hay que convenir en que, en los momentos de 
que vamos á hablar, la obra era gigantesca, y 
á él solo se debía, de tal modo, que hago mías 
las palabras que, con motivo del primer aniver- 
sario de su muerte, escribió el ilustre cubano 
señor Figarola-Caneda, el año 1896, en el pe- 
riódico que con el nombre de "La República 
Cubana" editaba en París ; helas aquí : "Mien- 
tras los escépticos, los indiferentes y los egoís- 
tas, fungían menospreciarle, él solo, sin ajeno 
auxilio, como un apóstol, organizó el club, fun- 
dó el periódico, constituyó la junta, escribió el 
artículo, redactó la proclama, arengó en la pla- 
za, discutió en la calle, convenció en el hogar, 
recabó el dinero, compró el arma, fletó el barco 
y designó la hora para caer en tierra cubana, 
traidoramente muerto, abrazado á la bandera; 
á esa bandera que, como dice un tribuno, "pue- 
de reconocerse desde muy lejos, porque es la 
que en América chorrea más sangre derrama- 
da por manos españolas". 

Tal era la obra de Martí, que ya en 1892 su 
confianza era decidida, y su fe algo así como 
una ardiente seguridad, traducida en hecho 
tangible y palpable. El movimiento de los emi- 
grados arraigó profundamente en Cuba. 



102 América 

A tal grado repercutió en Cuba la palpitación 
ele la obra de Martí, entre los amigos, parientes 
y allegados de aquella masa obrera que vivía en 
la emigración, que el jefe espiritual creyó opor- 
tuno traducir en hechos prácticos su ya comple- 
ta labor de propaganda, y al comenzar la pri- 
mavera de 1892, inició un movimiento de con- 
junción, que había de culminar á los pocos días 
en la constitución definitiva del Partido Revo- 
lucionario Cubano. 

Es necesario insistir, porque ello importa 
mucho á la significación de los grandes hechos 
preparatorios de la Revolución, y que por pri- 
mera vez van á ser puestos de manifiesto ante 
la mirada de los cubanos; hay que insistir, re- 
pito, en el hecho ya puntualizado de que Martí 
mantenía poca ó ninguna relación con los hom- 
bres de alta jerarquía militar del 68. Su obra 
fué con el pueblo, con los obreros, tanto en el 
extranjero como en Cuba. Como testimonio 
fidedigno de esta realidad de cosas, á más de 
cuanto llevo escrito, que bien claramente testi- 
monia esta circunstancia, y de las múltiples ma- 
nifestaciones de personas que en aquella época 
vivían en íntimo contacto con Martí, entre los 
que puedo citar al Sr. Francisco Calderón, vi- 
cepresidente del comité de Key West, remito 
al lector á esta página del ilustre cubano José 
Ignacio Rodríguez, quien, no por poco simpa- 
tizador del movimiento de Martí, dejaba de te- 
ner mucha intimidad con cuanto acerca de 
Cuba sucedía fuera y dentro de la Isla, como 
evidentemente ha demostrado en todas sus pro- 



José Martí 103 

ducciones. En su obra La anexión de Cuba, 
Rodríguez dice, tratando de la constitución del 
Partido Revolucionario : 

"Cuando se organizó este Partido, con esta- 
tutos secretos, pero sobre bases, que se publica- 
ron desde el mes de marzo de 1892, nadie le 
concedió por un instante la menor viabilidad. 

"Todos creyeron que aquel movimiento im- 
provisado, en que no figuraban sino algunos 
emigrados cubanos, los más de ellos de la clase 
obrera, blancos y negros, de Cayo Hueso, Tam- 
pa, New York, Philadelphia y alguna otra ciu- 
dad de la Unión, que aparentemente no conta- 
ban ni con dinero ni con los demás elementos 
que para empresa de esta clase se han creído 
siempre indispensables, estaba destinado á fra- 
casar miserablemente". 

El hecho es de una evidencia irrecusable: 
Martí obraba completa y absolutametne solo. 
En la mente se dibuja con líneas clarísimas la 
circunstancia anonadante de que, á más de es- 
tar solo Martí, se sentía hostilizado. El hecho 
de que todo lo actuado en favor de Cuba lleva- 
ba como nota dominante la personal y absoluta 
intervención de Martí, sembró celos en los que 
hasta entonces habían defendido la causa cuba- 
na. Este estado borroso, pero substancialmente 
cierto, que lo envolvía desde las alturas, sobre 
no ser factible á una discusión, el lector lo verá 
grandemente acentuado en cuanto á los demás 
se refiere, de una manera altamente conmove- 
dora. Por lo que á Martí afecta, ese estado de 
cosas lo preveía y hasta lo denunciaba, desde 



104 América 

mucho antes de la constitución del Partido Re- 
volucionario. 

Después del discurso á que nos hemos referi- 
do en el anterior capítulo, pronunciado en 10 de 
octubre de 1887, Martí, que había recibido una 
carta del coronel Fernández Ruz, conminándo- 
lo á que precipitara los acontecimientos que per- 
seguía, hubo de contestarle en otra carta, que 
inserto, tomándola de la Revista de la Bibliote- 
ca Nacional, porque no solamente presenta el 
sentimiento de Martí ante el desvío de los hom- 
bres del 68, su impresión personal acerca de los 
autonomistas, sus puntos de vista sobre el esta- 
do general de los asuntos cubanos, sino también 
porque ella responde fidelísimamente al esclare- 
cimiento de los hechos que en estos momentos 
investigamos. Todo ello hace que esta carta sea 
el documento más interesante, más que para la 
historia de Cuba, que lo es en alto grado, para 
conocer á fondo el pensamiento de Martí, en su 
variado aspecto de revolucionario, de organiza- 
dor y de político. Léase el documento : 

"Sr. Juan Ruz. 

Distinguido compatriota : 

No debo ocultar á Ud. que recibí con espe- 
cial estimación y agradecimiento su franca car- 
ta de primero de este mes, y que después de ver 
par ella el concepto que le merece mi amor á mi 
patria, y la constancia y mérito del suyo, me 
sería difícil tratarlo como á extraño. De ese 



José Martí 105 

desinterés y decisión; de ese sensato y desapa- 
sionado conocimiento de nuestros problemas y 
de realidad del país, deben ir armados todos los 
que aspiren á distinguirse en su servicio. Sé 
por amigos de Ud., que lo son míos, lo que Ud. 
vale en la guerra; y vería con dolor que por 
impaciencia ó error de cálculo se pusiera en ca- 
mino de malograrse hombre tan útil. 

Hace ya unos días que recibí su carta, leída 
más de una vez, y aunque en el mismo instante 
hubiera podido responderle lo que le respondo 
ahora, demoré de propósito mi contestación, 
para reforzarla con lo que observase en conse- 
cuencia de la reunión que acá se tuvo el día 10 
de octubre, y con lo que en estos mismos días 
había de llegar, y ha llegado, á mi noticia, sobre 
la disposición dominante en las distintas comar- 
cas de nuestro país, cuya actitud ha procurado 
Ud. con cordura conocer. 

La reunión del 10 de octubre, para los que 
servimos á nuestra patria desde el destierro, 
sólo es importante porque revela la actual ten- 
dencia de la mayoría de esta emigración, cansa- 
da ya de servir á valientes mal aconsejados ó 
ambiciosos culpables, pero no incapaz, á lo que 
parece, de entender y ayudar en la hora opor- 
tuna un movimiento digno por su alcance de la 
adhesión y respeto de los mismos á quienes lan- 
za al destierro ó á la muerte. 

J-as noticias de la Isla, cada día de mayor 
gravedad, si son para nosotros de un interés 
extremo; porque de desconocerlas, ó de apre- 
ciarlas mal, ó de agigantarlas con la ilusión 



io6 América 

podrían perderse vidas á las que espera una 
gloria durable, debilitarse ó quebrarse los ele- 
mentos que fatalmente colaboran en nuestra 
obra, y alejarse, quién sabe hasta cuándo, lo 
mismo que se anhela. 

Con aquellos hombres hostiles de naturaleza 
que por falta de conocimiento político ó de ver- 
dadera virtud patriótica comprometen con la 
violencia inútil de su lenguaje y el aparato im- 
prudente de sus actos el éxito de una gran lu- 
cha, cuyos fines y medios parecen escapar á sus 
alcances, no podría yo hablar en razón, como 
hablo con Ud., que sabe dirigir sus acciones con 
el entendimiento. Ni es tampoco, por fortuna, 
como aquellos ruines caracteres que se compla- 
cen en suponer móviles mezquinos, cuando no 
traiciones y cobardías, á la virtud que odian, 
porque no pueden alzarse hasta el juicio sereno 
y desinteresado con que se ha de servir al país, 
ó porque la virtud, respetando á los hombres en 
vez de degradarlos, confía más en la fuerza de 
la razón que en la costumbre que los aduladores 
populares tienen de ir enseñando sus personas 
y buscando prosélitos en chismes y corrillos. 
Ud. es un hombre entero ; comprende la grave- 
dad tremenda de nuestros actos y palabras, y 
sabe que los sucesos históricos no pueden pre- 
pararse ni llevarse á cabo sin un cuidado exqui- 
sito, calculando con la mayor precisión posible 
el instante, los resultados y los elementos. Los 
héroes mismos, cuando llegan á su hora, mue- 
ren abandonados, si no maldecidos, por los mis- 



José Martí 107 

mos que los recibirían luego con honor y los 
acompañarían en su triunfo. 

Ud. tiene razón. El esperar, que es en polí- 
tica, cuando no se le debilita por la exagera- 
ción, el mayor de los talentos, nos ha dado la 
razón á los que parecía que no la teníamos. El 
gobierno español ha demostrado su incapacidad 
para gobernar á Cuba conforme á nuestra cul- 
tura y necesidades, y aun para aliviarla. Todos 
los que esperaron en él, ó se fingieron que espe- 
raban, desesperan. Los autonomistas, sin di- 
rección fija ni fe, intentan, por angustia ver- 
dadera, sus últimos esfuerzos. Los cubanos 
no encuentran trabajo, y ven cerca el hambre. 
Ya el campo está inquieto. Las ofensas cons- 
tantes de los españoles, y algunas provocacio- 
nes nuestras, aumentan sin cesar ese descon- 
tento propicio á la revolución. La prudencia 
misma de los revolucionarios afuera, forzada 
en unos y meditada en otros, ha contribuido 
á la fuerza de la situación, porque no resulta 
ésta violenta ni precipitada, sino natural y fa- 
tal, y surgida, por causas libres é irremedia- 
bles, de la propia Isla. Todo tiende á agra- 
var ese estado, en vez de disminuirlo. Están, 
pues, allegándose todos los elementos de la gue • 
rra; pero, ¿están ya allegados? ¿Ha perdido 
ya la Isla sus últimas esperanzas, como las 
habrá perdido pronto? ¿Se han confesado de- 
finitivamente vencidos los autonomistas, como 
después de la campaña de este año habrán de 
confesarse vencidos, por sus actos, no por sus 
palabras? ¿Los revolucionarios que hoy les 



108 América 

obedecen, y esperan por ellos, y no obraran hoy 
sin ellos, están ya dispuestos á prescindir de 
ellos, como prescindirán mañana ? ¿ Puede com- 
pararse, para el éxito de la primera tentativa 
revolucionaria, el estado — muy inquieto, si, 
aunque incompleto y con muchos elementos en 
contra — , que ofrece hoy el país, con el que den- 
tro de poco tiempo ofrecerá, á menos que, con- 
tra todo lo probable, no cambie radicalmente 
España de espíritu y de métodos; cuando las 
voluntades que ya se buscan se hayan juntado ; 
cuando los autonomistas vuelvan de las Cortes 
desconocidos y ofendidos; cuando las cóleras 
crecientes culminen con la desesperación y las 
protestas que seguirán á la pérdida de las últi- 
mas esperanzas de hoy y á los desmanes con 
que procurará el gobierno refrenarlas ; cuando, 
en vez de una aspiración vaga y de esfuerzos 
aislados mal dirigidos, vea el país en la revolu- 
ción, por una serie de actos nuestros que reve- 
len plan prudente y verdadera grandeza, una 
solución seria, preparada sin precipitación para 
su hora, compuesta como un partido político 
digno de los tiempos en que ha de influir y de 
los medios terribles de que ha de valerse ? ¿ Los 
auxilios que lleve hoy á la revolución jefe afa- 
mado que desembarque en una comarca no bas- 
tante decidida, cerca de otra comarca todavía 
hostil, serán comparables siquiera á la ayuda 
de que le prive, ocasionando la persecución pre- 
matura y el trastorno de elementos que, dejados 
á sí mismos, habrán de unirse naturalmente 
para la guerra? ¿No está demostrado ya que 



José Martí 109 

un jefe puro y notable puede desembarcar en 
Oriente mismo, aun después de un año de gue- 
rra, sin que se decidan á unirsele sus más ínti- 
mos amigos y compañeros ? ¿ No es verdad que 
de esa manera el único modo de impedir la re- 
volución es llevarla antes de tiempo, interrum- 
piendo el desarrollo espontáneo de sus elemen- 
tos, y que caería sobre nosotros los impacientes 
la culpa gravísima de haberla malogrado? Y, 
sobre todo, ¿está acaso tan lejos ese desarrollo 
á que el instinto político aconseja esperar, para 
que nos sea permitido arriesgarlo todo por no 
esperarlo ? 

Entonces, amigo mío, no llamarán á los hé- 
roes "aventureros", sino "redentores"; enton- 
ces, sin las últimas esperanzas que ahora jue- 
gan, se les habrán de unir, y se les unirán de 
prisa, los que hoy tienen aún, á pesar de estar ya 
casi decididos, pretextos para no decidirse por 
entero ; entonces, con una sabia conducta desde 
afuera, se habrán desviado obstáculos y apar- 
tado elementos que hoy se nos oponen por falta 
de preparación adecuada, por lo aislado y per- 
sonal de nuestras anteriores intentonas, por lo 
pueril y mal conducida de nuestra política en el 
extranjero, por no verse de allá en la emigra- 
ción un cuerpo junto con propósitos respetables 
en vez de temibles, por la dificultad de que un 
pueblo amedrentado — que no está al habla ni 
va unido — se determine á pelear mientras le 
quede una probabilidad de decoro sin la guerra. 

Todo eso quería yo que hiciera, y por mi par- 
te he hecho, desde hace cuatro años, preparan- 



no América 

do la hora que hace dos estuvo para llegar, y 
alejamos con nuestros errores; la hora que está 
acercándose, pero no parece llegarnos todavía 
(sic). Creo que tenemos tiempo. Creo que pre- 
cisamente el país necesita para decidirse, para 
convertir en inquietud unánime la que es ya 
inquietud manifiesta, para reconocer que ya no 
hay por la paz esperanza ni asidero, el mismo 
tiempo que nosotros necesitamos para dar á la 
revolución desde aquí tal carácter y entereza, 
por los actos públicos y los trabajos y acuerdos 
privados, que los elementos impuros que hay en 
su seno, y los que de la nueva época se le allega- 
rían, no dificultasen su triunfo y empequeñecie- 
ran y torciesen sus fines. Así Cuba admiraría en 
nosotros á los hombres á la vez valerosos y sa- 
gaces que supieron refrenar su heroísmo hasta 
que la desdicha del país fué mayor que la que 
nosotros hemos de llevar para remediarla. 

¡ Si yo pudiese ver á Ud. en New York, y 
hablar con Ud. en detalle de todas estas cosas, 
tan meditadas por mí, que tengo que escribirle 
precipitadamente! Me llena de miedo pensar 
que pueda Ud. exponer hoy sin fruto su noble 
valor republicano y una valiosa experiencia que 
de aquí á poco tiempo han de ser tan precisos. 
De nada quiero convencer á Ud. ni disuadirlo ; 
pero, ¿cómo no he de de decirle lo que palpo, lo 
que sé de la Isla, y lo que pienso? Hablando 
con Ud., yo le apuntaría dificultades que, lleva- 
do de su generosidad, no ha previsto, tanto de 
orden político como personal, y en las que pue- 
de ser mortal el error; yo compararía, con la 



José Martí iii 

serenidad necesaria en estas cosas, no los peli- 
gros, que éstos un hombre como Ud. no los 
cuenta, sino las probabilidades de éxito de su 
plan con los obstáculos y desventajas, y con el 
riesgo en que podría poner el alzamiento inme- 
diato y definitivo de la Isla, en que los antece- 
dentes de Ud., su pericia militar y su espíritu 
del bien público, pueden subir tanto de valor 
con las cualidades de prudencia y alta política 
que en la situación presente tiene Ud. ocasión 
de revelar. 

Para mí es claro que servimos mejor á la pa- 
tria, y que hasta un buen soldado impaciente de 
gloria se serviría mejor á sí mismo, contribu- 
yendo á crear y á permitir que naturalmente se 
cree la situación necesaria para sus fines, que 
lanzándose — fiado á la buena estrella — á preci- 
pitarla cuando aún no está dispuesta á la ac- 
ción, y cuando un sacudimiento prematuro pu- 
diera impedir que se produjesen las circunstan- 
cias, recursos y elementos indispensables para 
la lucha. Para mí es claro que no se debe inten- 
tar hoy, sin los tamaños suficientes y antes de 
la hora natural, lo que precisamente por el he- 
cho de no intentarlo hoy podremos intentar 
próximamente con más autoridad, con los ta- 
maños necesarios, y favorecidos por la hora, 
que, aunque nos es menos hostil, no nos es aún 
bastante amiga. Y cuando todo se viene hacia 
nosotros, ¿por qué hemos de alejar, con qué de- 
recho hemos de alejar, nuestro triunfo, por fal- 
ta de oportunidad y sabiduría? 



H2 América 

¡ Si yo pudiese ver á Ud. aquí, y hablarle so- 
bre todo lo que á ese fin, a justando sus heroicos 
deseos á los de nuestra tierra, se podría hacer, 
se puede hacer, es urgente ya hacer, si hemos 
de servirla de un modo digno de ella! Hacer 
posible la lucha próxima vale más, amigo mío, 
que comprometerla. Yo presiento que llegan 
los días grandes, y no hago por mí más que vi- 
gilar y estremecerme. Mostrémonos dignos de 
la responsabilidad temible que pesa sobre nos- 
otros. Que no se diga que por el interés vanido- 
so de la gloria, ó por cualquiera otro interés, 
contribuimos á afligir á nuestra patria, en el ins- 
tante mismo en que íbamos á tener ocasión de 
salvarla. Prepárese, pero no para hoy; porquo 
no tiene el derecho de exponerse á perecer sin 
fruto uno de los que con más justicia está lla- 
mado mañana á guiar. Dígame si, después de 
conocer estas ideas, desea que le hable de la 
forma práctica que van teniendo, y para la que 
no hay día perdido. Y dígame si no quiere, co- 
mo yo, refrenar el amor á la gloria para que en 
la hora propicia sea mayor su fuerza. Es nece- 
sario elevarse á la altura de los tiempos, y con- 
tar con ellos. 

Deseando vivamente recibir respuesta suya, 
y que ella fuese su propia persona, queda esti- 
mándole y sirviéndole 
Su compatriota afmo. 

José Marü". 

Hay una confesión estupenda en este docu- 
mento, y es la de que "la emigración, cansada 



José Martí ' 113 

ya de servir á valientes mal aconsejados ó á 
ambiciosos culpables", estaba, sin embargo, dis- 
puesta para "ayudar en la hora oportuna á un 
movimiento digno por su alcance de la adhe- 
sión y respeto de los mismos á quienes lanza al 
destierro ó á la muerte". Trata con intuición 
soberana el problema de la guerra, y tiene con- 
sejos en forma tal emitidos, que parecen órde- 
nes de un superior. Por eso quizá Martí llegó 
á ser considerado como absolutista y dictatorial 
por algunos cubanos. En realidad no lo era. Su 
condición de espíritu superior lo colocaba por 
encima de todos los demás ; y eso para la mayo- 
ría de los hombres es un mal. No podía ser por 
menos ; en todas partes del mundo, los espíritus 
superiores, los genios, son envidiados. 

Pero Martí no era hombre que anidaba en su 
corazón sentimientos de rencor. Los que, como 
él, miran al futuro, encuentran naturales todos 
los obstáculos del camino. Si éstos son de im- 
portancia, los vencen, y adelante. Por eso, cuan- 
do llegó la hora de formar el Partido Revolu- 
cionario lo formó sin vacilar. Contaba para ello 
con el beneplácito de la muchedumbre que lo se- 
guía, y eso era suficiente, más que suficiente; 
los generales vendrían más tarde. 

El Partido Revolucionario se constituye, y el 
Sr. Enrique Trujillo, cubano de alta nota que 
dirigía el periódico "El Porvenir", en New 
York, con dedicación preferentísima á los asun- 
tos cubanos, combatió, con toda la vehemencia 
de su pluma, la constitución del partido de Mar- 
tí. Esa hostilidad llegó á ser tan honda y se 



ii4 América 

inspiraba en una fogosidad tan incomprensible, 
que por primera vez vemos á Marti realizando 
un acto de protesta contra un compatriota. El 
dolor que experimentara ante la actitud de Tru- 
jillo y de su periódico lo llevó á la desespera- 
ción, porque los ataques, más que á él, iban di- 
rigidos en forma refleja contra el porvenir de 
Cuba, y en 29 de abril de 1892, y en junta ex- 
traordinaria, se adoptó una resolución por la 
que, "vista la actitud resueltamente hostil y per- 
turbadora que sobre el actual movimiento de 
unificación revolucionaria antillana ha adopta- 
do "El Porvenir", periódico que hasta ahora ha 
pasado y quiere continuar pasando por sostene- 
dor del dogma patriótico de la redención de las 
Antillas, es este periódico, más que disidente, 
rebelde, dentro de la colectividad, y en tal con- 
cepto, queda desautorizado públicamente, por 
este cuerpo de consejo, que espera que todos los 
demás centros directores del Partido Revolu- 
cionario tomen este acuerdo en consideración y 
resuelvan como les aconseje su ilustración y pa- 
triotismo". 

El ánimo de Marti se ve encrespado, crecido, 
rugiente, como los mares que el huracán azota. 
Pero todo lo domina y lo vence su perseveran- 
cia, y más que su perseverancia en este instan- 
te, su obra de predicación entre la muchedum- 
bre de emigrados, que amaban á Marti, que se- 
guían á Martí, que todo lo esperaban de Martí, 
como el israelita esperaba y confiaba en su 
Mesías. 



José Martí 115 

Pero no importa; la hora había llegado, y 
Martí la condensaba en este sugestivo pro- 
grama : 

"bases DíX partido revolucionario cubano. 

Artículo i.° — El Partido Revolucionario Cu- 
bano se constituye para lograr, con los esfuer- 
zos reunidos de todos los hombres de buena vo- 
luntad, la independencia absoluta de la Isla de 
Cuba, y fomentar y auxiliar Ja de Puerto Rico. 

Artículo 2. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano no tiene por objeto precipitar inconsidera- 
blemente la guerra en Cuba, ni lanzar á toda 
costa al país á un movimiento mal dispuesto y 
discorde, sino ordenar, de acuerdo con cuantos 
elementos vivos y honrados se le unan, una gue- 
rra generosa y breve, encaminada á asegurar 
en la paz y el trabajo la felicidad de los habi- 
tantes de la Isla. 

Artículo 3. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano reunirá los elementos de revolución hoy 
existentes, y allegará, sin compromisos inmora- 
les con pueblo ú hombre alguno, cuantos ele?- 
mentos nuevos pueda, á fin de fundar en Cuba, 
por una guerra de espíritu y método republica- 
nos, una nación capaz de asegurar la dicha du- 
rable de sus hijos y de cumplir, en la vida his- 
tórica del continente, los deberes difíciles que 
su situación geográfica le señala. 

Artículo 4. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano no se propone perpetuar en la República 
Cubana, con formas nuevas ó con alteraciones 



n6 América 

más aparentes que esenciales, el espíritu auto- 
ritario y la composición burocrática de la co- 
lonia, sino fundar, en el ejercicio franco y cor- 
dial de las capacidades legítimas del hombre, 
un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz 
de vencer por el orden del trabajo real y el equi- 
librio de las fuerzas sociales los peligros de la 
libertad repentina en una sociedad compuesta 
para la esclavitud. 

Artículo 5. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano no tiene por objeto llevar á Cuba una 
agrupación victoriosa que considere la Isla co- 
mo su presa y dominio, sino preparar, con cuan- 
tos medios eficaces le permita la libertad del ex- 
tranjero, la guerra que se ha de hacer para el 
decoro y bien de todos los cubanos, y entregar 
á todo el país la patria libre. 

Artículo 6.° — El Partido Revolucionario Cu- 
bano se establece para fundar la patria una, 
cordial y sagaz, que desde sus trabajos de pre- 
paración, y en cada uno de ellos, vaya dispo- 
niéndose para salvarse de los peligros internos 
y externos que la amenacen, y sustituir al or- 
den económico en que agoniza un sistema de 
hacienda pública que abra su país inmediata- 
mente á la actividad diversa de sus habitantes. 

Artículo 7. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano cuidará de no atraerse, con hecho ó decla- 
ración alguna indiscreta durante su propagan- 
da, la malevolencia ó suspicacia de los pueblos 
con quienes la prudencia ó el efecto aconseja ó 
impone el mantenimiento de relaciones cor- 
diales. 



José Martí 117 

Artículo 8.° — El Partido Revolucionario Cu- 
bano tiene por propósitos concretos los si- 
guientes : 

I. Unir en un esfuerzo continuo y común la 
acción de todos los cubanos residentes en el ex- 
tranjero. 

II. Fomentar relaciones sinceras entre los 
factores históricos y políticos de dentro y fuera 
de la Isla, que puedan contribuir al triunfo rá- 
pido de la guerra y á la mayor fuerza y eficacia 
de las instituciones que después de ella se fun- 
den, y deben ir en germen á ella. 

III. Propagar en Cuba el conocimiento del 
espíritu y los métodos de la revolución, y con- 
gregar á los habitantes de la Isla en un ánimo 
favorable á su victoria, por medios que no pon- 
gan innecesariamente en riesgo las vidas cu- 
banas. 

IV. Allegar fondos de acción para la reali- 
zación de su programa, á la vez que abrir re- 
cursos continuos y numerosos para la guerra. 

V. Establecer discretamente, con los pue- 
blos amigos, relaciones que tiendan á acelerar, 
con la menor sangre y sacrificios posibles, el 
éxito de la guerra, y la fundación de la nueva 
república, indispensable al equilibrio ameri- 
cano. 

Artículo 9. — El Partido Revolucionario Cu- 
bano se regirá conforme á los estatutos secretos 
que acuerden las organizaciones que lo funden". 

En momentos tan decisivos para Martí, y en 
presencia de la oposición que acabamos de ver 



n8 América 

en el Sr. Trujillo, hostilidad que prevé y espera 
desde 1887, como se ve en la carta que dirigiera 
al coronel Ruz, un jefe revolucionario de dis- 
tinción y abolengo publica un libro, con el título 
de "A Pie y Descalzo", cuya vibrante literatura 
ponía al desnudo la cruda realidad de la vida 
insurrecta. Pintaba con tinte sombrío, como lo 
eran en realidad, los sufrimientos, las privacio- 
nes y los martirios de la vida del monte; no lo 
era, pero parecía, enderezado á sembrar pavura 
en el ánimo de los cubanos. Para demostrar que 
no era tal la intención del folleto, y que desvir- 
tuará de antemano el efecto que fuera de Cuba 
produjo, haré el siguiente relato : 

Me asegura el general Enrique Collazo que 
nuestro malogrado colorista Manuel de la Cruz 
era casi siempre el encargado de embellecer los 
episodios que los soldados cubanos solían tener 
en sus carteras de apuntaciones ó en los regis- 
tros de sus memorias. Una tarde, en íntima 
conversación Collazo, Manuel de la Cruz y el 
Sr. Roa, hubo éste de decir al segundo que 
tenía unas cuartillas desde hacía tiempo escri- 
tas, y que quería las leyese y retocase por si, á 
su juicio, merecían ser públicamente conocidas. 

Entregadas las cuartillas á Manuel de la 
Cruz, en la primera entrevista que tuvo con el 
autor le dijo que su trabajo era por todos con- 
ceptos interesante, y que, si quería, no sólo 
le buscaba en el acto un editor, sino que tenía 
la seguridad de que anticiparían 200 ó 300 pe- 
sos por la edición. Si el asombro de Roa á estas 
palabras fué grande, su estupefacción no tuvo 



José Martí 119 

límites cuando, al cabo de tres horas, volvía 
Manuel de la Cruz con 400 pesos, como anticipo 
por la primera edición de "A Pie y Descalzo". 

Pero Martí, lejos de Cuba y sin otro contacto 
con ella que el que le proporcionaba la corres- 
pondencia sigilosa y por clave, como correspon- 
día á un revolucionario de su talla, y sobre todo, 
hondamente preocupado por cuanto se ha dicho, 
no podía dar al trabajo de Roa otra significa- 
ción y alcance que la que el impresionante libro 
producía. Para él no hubo duda de que su in- 
tención era la de sembrar la cobardía en el áni- 
mo de los cubanos. Y tembloroso se lanzó á la 
primera tribuna para arrancar á su garganta 
un vigoroso discurso de combate contra lo que, 
para él, tenía sabores de traición. Aquel dis- 
curso fué titulado por él "Los pinos nuevos y 
los pinos viejos", y su estructura encerraba 
una dura acusación para los que, combatientes 
en el 68, parecían impasibles ante una sospe- 
cha de deslealtad. Su acusación fué dura, mu- 
cho más porque era inmerecida, pero en Martí 
era necesaria, y para los momentos imprescin- 
dible. 

Reviste tal importancia esa oración de Martí, 
que la inserto íntegra, por cuanto ella significó 
en su hora y en el futuro desenvolvimiento de 
la causa cubana. He aquí las palabras del tri- 
buno : 

"Cubanos : 

Para Cuba, que sufre, la primera palabra. 
De altar se ha de tomar á Cuba, para ofrendar- 



120 América 

le nuestra vida, y no de pedestal, para levan- 
tarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado 
su amadísimo nombre, derramaré la ternura de 
mi alma sobre estas manos generosas que jno 
á deshora, por cierto ! acuden á dármele fuerzas 
para la agonía de la edificación ; ahora, puestos 
los ojos más arriba de nuestras cabezas, y el 
corazón entero sacado de mí mismo, no daré 
gracias egoístas á los que creen ver en mí las 
virtudes que de mí y de cada cubano desean ; ni 
al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré 
gracias por la hospitalidad magnífica de sus pa- 
labras, y el fuego de su cariño generoso; sino 
que todas las gracias de mi alma les daré, y en 
ellas á cuantos tienen aquí las manos puestas á 
la faena de fundar, por este pueblo de amor que 
han levantado cara á cara del dueño codicioso 
que nos acecha y nos divide ; por este pueblo de 
virtud, en donde se prueba la fuerza libre de 
nuestra patria trabajadora ; por este pueblo cul- 
to, con la mesa de pensar al lado de la de ganar 
el pan, y truenos de Mirabeau junto á artes de 
Roland, que es respuesta de sobra á los desde- 
ñosos de este mundo ; por este templo orlado de 
héroes, y alzado sobre corazones. Yo abrazo á 
todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, 
y traigo la paloma, en mi corazón. 

No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como 
á regañadientes, el respeto periódico á una idea 
de que no se puede abjurar sin deshonor ; ni la 
respuesta, siempre pronta, y á veces demasiado 
pronta, de los corazones patrios á un solicitante 
de fama, ó á un alocado de poder, ó á un héroe 



José Martí 121 

que no corona el ansia inoportuna de morir con 
el heroísmo superior de reprimirla, ó á un me- 
nesteroso que, bajo la capa de la patria, ande 
sacando la mano limosnera. Ni el que viene se 
afeará jamás con la lisonja, ni es este noble 
pueblo que lo recibe pueblo de gente servil y lle- 
vadiza. Se me hincha el pecho de orgullo, y 
amo aún más á mi patria desde ahora, y creo 
aún más desde ahora en su porvenir ordenado y 
sereno ; en el porvenir, redimido del peligro gra- 
ve de seguir á ciegas, en nombre de la libertad, 
á los que se valen del anhelo de ella para des- 
viarla en beneficio propio; creo aún más en la 
república de ojos abiertos, ni insensata ni tími- 
da, ni togada ni descuellada, ni sobre culta ni 
inculta, desde que veo, por los avisos sagrados 
del corazón, juntos en esta noche de fuerza y 
pensamiento, juntos para ahora y para después, 
juntos para mientras impere el patriotismo, á 
los cubanos que ponen su opinión franca y libre 
por sobre todas las cosas, y á un cubano que se 
las respeta. 

Porque si en las cosas de mi patria me fuera 
dado preferir un bien á todos los demás, un bien 
fundamental que de todos los del país fuera 
base y principio, y sin el que los demás bienes 
serían falaces é inseguros, ése sería el bien que 
yo prefiriera ; yo quiero que la ley primera de 
nuestra república sea el culto de los cubanos á 
la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha 
de sentir todo hombre verdadero el golpe que 
reciba cualquier mejilla de hombre: envilece á 
los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir 



122 América 

á camarillas personales, fomentadas por un in- 
terés notorio ó encubierto, para la defensa de 
las libertades ; saqúese á lucir, y á incendiar las 
almas, y á vibrar como el rayo, á la verdad, y 
síganla, libres, los hombres honrados. Leván- 
tese por sobre todas las cosas esta tierna consi- 
deración, este viril tributo de cada cubano á 
otro. Ni misterios, ni calumnias, ni tesón en 
desacreditar, ni largas y astutas preparaciones 
para el día funesto de la ambición. O la repú- 
blica tiene por base el carácter entero de cada 
uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus 
manos y pensar por sí propios, el ejercicio ín- 
tegro de sí y el respeto, como de honor de fa- 
milia, al ejercicio íntimo de los demás; la pa- 
sión, en fin, por el decoro del hombre, ó la re- 
pública no vale una lágrima de nuestras muje- 
res, ni una sola gota de sangre de nuestros bra- 
vos. Para verdades trabajamos, y no para sue- 
ños. Para libertar á los cubanos trabajamos, y 
no para acorralarlos. Para ajustar en la paz y 
en la equidad los intereses y derechos de los ha- 
bitantes leales de Cuba trabajamos, y no para 
erigir, á la boca del continente de la república, 
la mayordomía espantada de Veintimilla, ó la 
hacienda sangrienta de Rosas, ó el Paraguay 
lúgubre de Francia. ¡ Mejor caer bajo los exce- 
sos del carácter imperfecto de nuestros compa- 
triotas, que valerse del crédito adquirido con 
las armas de la guerra ó las de la palabra para 
rebajarles el carácter! Este es mi único título 
á estos cariños que han venido á tiempo á ro- 
bustecer mis manos incansables en el servicio 



José Martí 123 

de la verdadera libertad. ¡Muérdanmelas los 
mismos á quienes anhelase yo levantar más, y 
¡ no miento ! amaré la mordida, porque me vie^ 
ne de la furia de mi propia tierra, y porque por 
ella veré bravo y rebelde á un corazón cubano ; 
¡unámonos, ante todo, en esta fe; juntemos las 
manos, en prenda de esa decisión, donde todos 
las vean, y donde no se olvida sin castigo; ce- 
rremos el paso á la república que no venga 
preparada por medios dignos del decoro del 
hombre, para el bien y la prosperidad de todos 
los cubanos ! 

¡ De todos los cubanos ! Yo no sé qué miste- 
rio de ternura tiene esta dulcísima palabra; ni 
qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma 
de hombre, que es ya tan bella, que, si se le 
pronuncia como se debe, parece que es el aire 
como nimbo de oro, y es trono á cumbre de 
monte la Naturaleza. Se dice cubano, y una 
dulzura como de suave hermandad se esparce 
por nuestras entrañas, y se abre sola la caja de 
nuestros ahorros, y nos apretamos para hacer 
un puesto más en la mesa, y echa las alas el co- 
razón enamorado para amparar al que nació en 
la misma tierra que nosotros, aunque el pecado 
lo trastorne, ó la ignorancia lo extravíe, ó la 
ira lo enfurezca, ó lo ensangriente el crimen. 
¡Como que unos brazos divinos que no vemos 
nos aprietan á todos sobre un pecho en que to- 
davía corre la sangre, y se oye todavía sollozar 
el corazón ! Créase allá en nuestra patria, para 
darnos luego trabajo de piedad; créase, donde 
el dueño corrompido pudre cuanto mira, un al- 



124 América 

ma cubana nueva, erizada y hostil: un alma 
hosca, distinta de aquella alma casera y mag- 
nánima de nuestros padres é hija natural de la 
miseria que ve triunfar al vicio impune, y de la 
cultura inútil que sólo halla empleo en la con- 
templación sorda de si misma ! Acá, donde vi- 
gilamos por los ausentes; donde reponemos la 
casa que allá se nos cae encima ; donde creamos 
lo que ha de reemplazar á lo que allí se nos des- 
truye; acá no hay palabra que se asemeje más 
á la luz del amanecer, ni consuelo que se entre 
con más dicha por nuestro corazón, que esta 
palabra inefable y ardiente de cubano. 

¡ Porque eso es esta ciudad ; eso es la emigra- 
ción cubana entera; eso es lo que venimos ha- 
ciendo en estos años de trabajo sin ahorro, de 
familia sin gusto, de vida sin sabor, de muerte 
disimulada! ¡A la patria, que allí se cae á pe- 
dazos y se ha quedado ciega de la podre, hay 
que llevar la patria piadosa y previsora que aquí 
se levanta ! ¡ A lo que queda de patria allí, mor- 
dida de todas partes por la gangrena que em- 
pieza á roer el corazón, hay que juntar la patria 
amiga donde hemos ido, acá en la soledad, aco- 
modando el alma, con las manos firmes que 
pide el buen cariño á las realidades todas, de 
afuera y de adentro, también veladas allí en 
unos por la desesperación y en otros por el goce 
babilónico, que con ser grandes certezas y gran- 
des esperanzas y grandes peligros, son, aun 
para los expertos, poco menos que desconoci- 
das! Pues ¿qué saben allá de esta noche glo- 
riosa de resurrección, de la fe determinada y 



José Martí 125 

metódica de nuestros espíritus, del acercamien- 
to continuo y creciente de los cubanos de afue- 
ra, que los horrores de los diez años y las 
veleidades naturales de Cuba, y otras causas 
maléficas, no han logrado por fin dividir, sino 
allegar tan íntima y cariñosamente, que no se 
ve sino un águila que sube, y un sol que va na- 
ciendo, y un ejército que avanza? ¿Qué saben 
allá de estos tratos sutiles, que nadie prepara ni 
puede detener, entre el país desesperado y los 
emigrados que esperan? ¿Qué saben de este 
carácter nuestro, fortalecido de tierra en tierra 
por la prueba cruenta y el ejercicio diario? 
¿Qué saben del pueblo liberal y fiero, trabaja- 
dor, que vamos á llevarles? ¿Qué sabe el que 
agoniza en la noche, del que le espera con los 
brazos abiertos en la aurora? Cargar barcos 
puede cualquier cargador; y poner mecha al 
cañón, cualquier artillero puede; pero no ha 
sido esa tarea menor, y de mero resultado y 
oportunidad, la tarea única de nuestro deber, 
sino la de evitar las consecuencias dañosas, y 
acelerar las felices, de la guerra próxima é in- 
evitable, é irla limpiando, como cabe en lo hu- 
mano, del desamor y del descuido, y de los celos 
que la pudiesen poner donde sin necesidad ni 
excusa nos pusieron la anterior, y disciplinar 
nuestras almas libres en el conocimiento y or- 
den de los elementos reales de nuestro país, y 
en el trabajo, que es el aire y el sol de la liber- 
tad, para que quepan en ella sin peligro, junto 
á las fuerzas creadoras de una situación nueva, 
aquellos residuos inevitables de las crisis re- 



I2Ó América 

vueltas que son necesarias para constituirlas. 
Y las manos nos dolerán más de una vez en la 
faena sublime, pero los muertos están mandan- 
do, y aconsejando, y vigilando; y los vivos los 
oyen, y los obedecen ; y se oye en el viento ruido 
de ayudantes que pasan dando órdenes, y de 
pabellones que se desplegan. ¡Unámonos, cu- 
banos, en ésta otra fe : con todos y para todos ; 
la guerra inevitable, de modo que la respete y 
la desee y la ayude la patria, y no nos la mate 
en flor, por local ó por personal, ó por incom- 
pleta, el enemigo; la revolución, de justicia y 
de realidad, para el reconocimiento y la prácti- 
ca franca de las libertades verdaderas. 

Ni los bravos de la guerra que me oyen tie- 
nen paces con estos análisis menudos de las co- 
sas públicas, porque al entusiasta le parece cri- 
men la tardanza misma de la sensatez en poner 
por obra el entusiasmo; ni nuestra mujer, que 
aquí oye atenta, sueña más que en volver á pi- 
sar la tierra propia, donde no ha de vivir su 
compañero, agrio como aquí vive, y taciturno; 
ni el niño, hermano ó hijo de mártir y de héroe, 
nutrido en sus leyendas, piensa en más que en 
lo hermoso de morir á caballo peleando por el 
país, al pie de una palma. 

¡Es el sueño mío, es el sueño de todos; las 
palmas son novias que esperan ; y hemos de po- 
ner la justicia tan alta como las palmas! Eso 
es lo que queríamos decir. A la guerra del 
arranque, que cayó en el desorden, ha de suce- 
der, por la insistencia de los males públicos, la 
guerra de la necesidad, que vendría floja y sin 



José Marti 127 

probabilidad de vencer, si no le diese su pujan- 
za aquel amor inteligente y fuerte del derecho, 
por donde las almas más ansiosas de él recogen 
de la sepultura el pabellón que dejaron caer, 
cansados del primer esfuerzo, los menos necesi- 
tados de justicia. Su derecho de hombre es lo 
que buscan los cubanos en su independencia; y 
la independencia se ha de buscar con alma ente- 
ra de hombre. ¡Que Cuba, desolada, vuelve á 
nosotros los ojos ! ¡ Que los niños ensayan en los 
troncos de los caminos la fuerza de sus brazos 
nuevos ! ¡ Que las guerras estallan, cuando hay 
causas para ella, de la impaciencia de un va- 
liente ó de un grano de maíz ! ¡ Que el alma cu- 
bana se está poniendo en fila, y se ven ya, como 
el alba, las masas confusas! ¡Que el enemigo, 
menos sorprendido hoy, menos interesado, no 
tiene en la tierra los caudales que hubo de de- 
fender la vez pasada, ni hemos de entretener- 
nos tanto como entonces en dimes y diretes de 
localidad, ni en competencias de mando, ni en 
envidias de pueblo, ni en esperanzas locas ! ¡ Que 
afuera tenemos el amor en el corazón, los ojos 
en la cosa, la mano en la América, y el arma al 
cinto! Pues ¿quién no lee en el aire todo eso 
con letras de luz ? Y con letras de luz se ha de 
leer que no buscamos, con este nuevo sacrificio, 
meras formas, ni la perpetuación del alma colo- 
nial en nuestra vida, con novedades de unifor- 
me yanqui ; sino la esencia y realidad de un país 
republicano nuestro, sin miedo canijo de unos 
á la expresión saludable de todas las ideas y el 
empleo honrado de todas las energías; ni de 



128 América 

parte de otros, aquel robo al hombre que con- 
siste en pretender imperar en nombre de la li- 
bertad por violencias en que se prescinde del 
derecho de los demás á las garantías y los mé- 
todos de ella. Por supuesto que se nos echarán 
atrás los petimetres de la política, que olvidan 
cómo es necesario contar con lo que no se pue- 
de suprimir; y que se pondrá á refunfuñar el 
patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de 
que los pueblos, en el sudor de la creación, no 
dan siempre olor de clavellina. Y ¿ qué le hemos 
de hacer ? Sin los gusanos que fabrican la tie- 
rra, no podría hacerse después palacios suntuo- 
sos. En la verdad hay que entrar con la camisa 
al codo, como entra en la res el carnicero. Todo 
lo verdadero es santo, aunque no huela á clave- 
llina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta: 
es fango en las artesas el oro en que el artista 
talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido 
de la vida saca almíbar la fruta, y colores la 
flor; nace el hombre del dolor y la tiniebla del 
seno maternal, y del alarido y desgarramiento 
sublime; y las fuerzas magníficas y corrientes 
de fuego que en el horno del Sol se precipitan 
y confunden, no parecen de lejos, á los ojos hu- 
manos, sino manchas. ¡ Paso á los que no tie- 
nen miedo á la luz ; caridad para los que tiem- 
blan de sus rayos! 

Ni vería yo esa bandera con cariño, hecho 
como estoy á saber que lo más santo se toma 
como instrumento del interés por los triunfa- 
dores audaces de este mundo, si no creyera que 
en sus pliegues ha de venir la libertad entera, 



José Martí 129 

cuando el reconocimiento cordial del decoro de 
cada cubano, y de los modos equitativos de 
ajustar los conflictos de sus intereses, quite ra- 
zón á aquellos consejeros de métodos confusos 
que sólo tienen de terribles lo que tiene de terca 
la pasión que se niega á reconocer cuanto hay 
en sus demandas de equitativo y justiciero. 
¡ Clávese la lengua del adulador popular, y cuel- 
gue al viento como banderola de ignominia, 
donde sea castigo de los que adelantan sus am- 
biciones azuzando en vano la pena de los que 
padecen, ú ocultándoles verdades esenciales de 
su problema, ó levantándoles la ira; y al lado 
de la lengua de los aduladores, clávese la de los 
que se niegan á la justicia ! La lengua del adu- 
lador se clave donde todos la vean, y la de los 
que toman por pretexto las exageraciones á 
que tiene derecho la ignorancia, y que no puede 
acusar quien no ponga todos los medios de ha- 
cer cesar la ignorancia, para negarse á acatar 
lo que hay de dolor de hombre y de agonía sa- 
grada en las exageraciones ; que es más cómodo 
excomulgar, de toga y birrete, que estudiar, llo- 
roso el corazón, con el dolor humano hasta los 
codos. En el presidio de la vida es necesario 
poner, para que aprendan justicia, á los jueces 
de la vida. El que juzgue de todo, que lo conoz- 
ca todo. No juzgue de prisa el de arriba, ni 
por un lado ; no juzgue el de abajo por un lado, 
ni de prisa. No censure el celoso el bienestar 
que envidia en secreto. No desconozca el pu- 
diente el poema conmovedor, y el sacrificio 
cruento, del que se tiene que cavar el pan que 



130 América 

come; de su sufrida compañera, coronada de 
corona que el injusto no ve ; de los hijos que no 
tienen lo que tienen los hijos de otros por el 
mundo. ¡ Valiera más que no se desplegara esa 
bandera de su astil, si no hubiera de amparar 
por igual á todas las cabezas ! 

Muy mal conoce nuestra patria, la conoce 
muy mal, quien no sepa que hay en ella, como 
alma de lo presente y garantía de lo futuro, una 
enérgica suma de aquella libertad original que 
cría el hombre en sí, del jugo de la tierra y de 
las penas que ve, y de su idea propia y de su 
naturaleza altiva. Con esta libertad real y pu- 
jante, que sólo puede pecar por la falta de la 
cultura que es fácil poner en ella, han de con- 
tar más los políticos de carne y hueso que con 
esa libertad de aficionados que aprenden en los 
catecismos de Francia ó de Inglaterra los polí- 
ticos de papel. Hombres somos, y no vamos á 
querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino 
trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde 
de nuestro país. Muy mal conoce á nuestro 
pueblo quien no observe en él cómo á la par de 
este ímpetu nativo que lo levanta para la gue- 
rra, y no lo dejará dormir en la paz, se ha cria- 
do, con la experiencia y el estudio, y cierta cien- 
cia clara que da nuestra tierra hermosa, un cú- 
mulo de fuerzas de orden, humanas y cultas; 
una falange de inteligencias plenas, fecundadas 
por el amor al hombre, sin el cual la inteligen- 
cia no es más que azote y crimen; una concor- 
dia tan íntima, venida del dolor común, entre 
los cubanos de derecho natural, sin historia y 



José Martí 131 

sin libros, y los cubanos que han puesto en el 
estudio la pasión que no podían poner en la ela- 
boración de la patria nueva; una hermandad 
tan ferviente entre los esclavos ínfimos de la 
vida y los esclavos de una tiranía aniquiladora, 
que por este amor unánime y abrasante de jus- 
ticia de los de un oficio y los de otro ; por este 
ardor de humanidad igualmente sincero en los 
que llevan el cuello alto, porque tienen alta la 
nuca natural, y los que lo llevan bajo, porque 
la moda manda lucir el cuello hermoso; por 
esta patria vehemente en que se reúnen con 
iguales sueños, con igual honradez, aquellos 
á quienes pudiese divorciar el diverso esta- 
do de cultura, sujetará nuestra Cuba, libre en 
la armonía de la equidad, la, mano de la co- 
lonia, que no dejará á su hora de venírsenos 
encima, disfrazada con el guante de la repú- 
blica. ¡ Y cuidado, cubanos, que hay guantes 
tan bien imitados, que no se diferencian de la 
mano natural ! A todo el que venga á pedir po- 
der, cubanos, hay que decirle á la luz, donde se 
vea la mano bien: ¿mano, ó guante? Pero no 
hay que temer en verdad, ni hay que regañar. 
Eso mismo que hemos de combatir, eso mismo 
nos es necesario. Tan necesario es á los pue- 
blos lo que sujeta como lo que empuja; tan ne- 
cesario es en la casa de familia el padre, siem- 
pre activo, como la madre, siempre temerosa. 
Hay política hombre, y política mujer. ¿Loco- 
motora con caldera que la haga andar, y sin 
freno que la detenga á tiempo? Es preciso, en 
cosas de pueblos, llevar el freno en una mano, 



132 



América 



y la caldera en la otra. Y por ahí padecen los 
pueblos : por el exceso de freno y por el exceso 
de caldera. 

¿A qué es, pues, á lo que habernos de temer? 
¿Al decaimiento de nuestro entusiasmo, á lo 
ilusorio de nuestra fe, al poco número de los 
infatigables, al desorden de nuestras esperan- 
zas ? Pues miro yo á esta sala, y siento firme y 
estable la tierra bajo mis pies, y digo: ¡mien- 
ten! Y miro á mi corazón, que no es más que 
un corazón cubano, y digo : ¡ mienten ! 

¿Tendremos miedo á los hábitos de autori- 
dad contraídos en la guerra, y en cierto modo 
ungidos por el desdén diario de la muerte? 
Pues no conozco yo lo que tiene de brava el al- 
ma cubana, y de sagaz y experimentado el jui- 
cio de Cuba, y lo que habrían de contar las au- 
toridades viejas con las autoridades vírgenes, 
y aquel admirable concierto del pensamiento 
republicano y la acción heroica que honra, sin 
excepciones apenas, á los cubanos que carga- 
ron armas; ó, como conozco todo eso, al que 
diga de nuestros veteranos hay que esperar ese 
amor criminal de sí, ese postergamiento de la 
patria á su interés, esa traición inicua á su 
país, le digo: ¡miente! 

¿O nos ha de echar atrás el miedo á las tri- 
bulaciones de la guerra, azuzado por gente im- 
pura que está á paga del gobierno español; el 
miedo á andar descalzo, que es un modo de an- 
dar ya muy común en Cuba, porque entre los 
ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en 
Cuba zapatos sino los cómplices y los ladro- 



José Martí 133 

nes ? Pues como yo sé que el mismo que escri- 
be un libro para atizar el miedo á la guerra di- 
jo en versos, muy buenos por cierto, que la ju- 
tía basta á todas las necesidades del campo en 
Cuba, y sé que Cuba está ya otra vez llena de 
jutías, me vuelvo á los que nos quieren asustar 
con el sacrificio mismo que apetecemos, y les 
digo: ¡mienten! 

¿Al que más ha sufrido en Cuba por la pri- 
vación de la libertad le tendremos miedo, en el 
país donde la sangre que derramó por ella se 
la ha hecho amar demasiado para amenazarla ? 
¿Le tendremos miedo al negro, al negro gene- 
roso, al hermano negro, que en los cubanos que 
mueren por él ha perdonado para siempre á los 
cubanos que todavía lo maltratan? Pues yo sé 
de manos de negros que están más dentro de la 
virtud que las de blanco alguno que conozco; 
yo sé del amor negro á la libertad sensata, que 
sólo en la intensidad mayor y natural y útil se 
diferencia del amor á la libertad del cubano 
blanco ; yo sé que el negro ha erguido el cuerpo 
noble, y está poniéndose de columna firme de 
las libertades patrias. Otros le teman; yo le 
amo ; á quien diga mal de él, ó me lo desconoz- 
ca, le digo á boca llena : ¡ miente ! 

¿Al español en Cuba habremos de temer? 
¿Al español armado, que no nos puede vencer 
por su valor, sino por nuestras envidias, nada 
más que por nuestras envidias? ¿Al español, 
que tiene en el Sardinero ó en la Rambla su 
caudal, y se^irá con su caudal, que es su única 
patria ; ó al que lo tiene en Cuba, por apego á 



134 América 

la tierra ó por la raíz de los hijos, y por miedo 
del castigo opondrá poca resistencia, y por sus 
hijos? ¿Al español llano, que ama la libertad 
como la amamos nosotros, y busca como nos- 
otros una patria en la justicia, superior al ape- 
go á una patria incapaz é injusta; al español 
que padece, junto á su mujer cubana, del des- 
amparo irremediable y el mísero porvenir de 
los hijos que nacieron con el estigma de ham- 
bre y persecución, con el decreto de destierro 
en su propio país, con la sentencia de muerte 
en vida con que vienen al mundo los cubanos? 
¿Temer al español liberal y bueno; á mi padre 
valenciano; á mi fiador montañés; al gaditano 
que me velaba el sueño febril; al catalán que 
juraba y votaba porque no quería el criollo huir 
con sus vestidos ; al malagueño que saca en sus 
espaldas del hospital al cubano impotente; al 
gallego que muere, en la nieve extranjera, al 
volver de dejar el pan del mes en la casa del 
general en jefe de la guerra cubana? ¡Por la 
libertad del hombre se pelea en Cuba, y hay 
muchos españoles que aman la libertad! A es- 
tos españoles los atacarán otros; yo los ampa- 
raré toda mi vida. A los que no saben que esos 
españoles son otros tantos cubanos, les deci- 
mos: ¡mienten! 

Y ¿temeremos á la nieve extranjera? Los 
que no saben bregar por sus manos en la vida, 
ó miden el corazón de los demás por su cora- 
zón espantadizo, ó creen que los pueblos son 
meros tableros de ajedrez, ó están tan criados 
en la esclavitud que necesitan quien les sujete 



José Martí 135 

el estribo para salir de ella, esos buscarán en 
un pueblo de componentes extraños y hostiles 
la república que sólo asegura el bienestar cuan- 
do, se la administra en acuerdo con el carácter 
propio, y de modo que se acendre y realice. A 
quien crea que falta á los cubanos coraje y ca- 
pacidad para vivir por si en la tierra creada 
por su valor, le decimos : ¡ miente ! 

Y á los lindoros que desdeñan hoy esta re- 
volución santa, cuyos guías y mártires prime- 
ros fueron hombres nacidos en el mármol y se- 
da de la fortuna ; esta santa revolución, que en 
el espacio más breve hermanó, por la virtud 
redentora de las guerras justas, al primogéni- 
to heroico y al campesino sin heredad; al due- 
ño y á sus esclavos; á los olimpos de pisapapel 
que bajan de la trípode calumniosa para pre- 
guntar aterrados, y ya con ánimo de sumisión, 
si ha puesto el pie en tierra este peleador ó el 
otro, á fin de poner en paz el alma con quien 
pueda mañana distribuir el poder; á los alza- 
colas que fomentan á sabiendas el engaño de 
los que creen que este magnífico movimiento 
de almas, esta idea encendida de la redención 
decorosa, este deseo triste y firme de la guerra 
inevitable, no es más que el tesón de un reza- 
gado indómito, ó la correría de un general sin 
empleo, ó la algazara de los que no gozan de 
una riqueza que sólo se puede mantener por la 
complicidad con el deshonor, ó la amenaza de 
una turba obrera, con odio por corazón ó pa- 
peluchos por sesos, que irá como del cabestro, 
por donde la quiera llevar el primer ambicioso 



136 América 

que la adule, ó el primer déspota encubierto 
que le pase por los ojos la bandera; á lindo- 
ros, y á olimpos, y á alzacolas, les diremos: 
¡ mienten ! ¡ Esta es la turba obrera ; el arca de 
nuestra alianza, el tahalí, bordado de manos 
de mujer, donde se ha guardado la espada de 
Cuba; el arenal redentor donde se edifica, y se 
perdona, y se prevé, y se ama ! 

¡ Basta, basta de meras palabras ! Para li- 
sonjearnos no estamos aquí, sino para palpar- 
nos los corazones, y ver que viven sanos, y 
que pueden; para irnos enseñando á los deses- 
peranzados, y á los desbandados, á los melan- 
cólicos, en nuestra fuerza de idea y de acción, 
en la virtud probada que asegura la dicha por 
venir, en nuestro tamaño real, que no es de 
presuntuoso, ni de teorizante, ni de salmodis- 
ta ; no de belómano, ni de cazanubes, ni de por- 
diosero. Ya somos unos y podemos ir al fin ; co- 
nocemos el mal, y veremos de no recaer ; á pu- 
ro amor y paciencia hemos congregado lo que 
quedó disperso, y convertido en orden entu- 
siasta lo que era, después de la catástrofe, des- 
concierto receloso; hemos procurado de buena 
fe, y creemos haber logrado, suprimir ó repri- 
mir los vicios que causaron nuestra derrota; y 
allegar, con modos sinceros y para fin durable, 
los elementos conocidos ó esbozados, con cuya 
unión se puede llevar la guerra inminente al 
triunfo. Ahora, ¡á formar filas! Con esperar, 
allá en lo hondo del alma, no se fundan pue- 
blos. Delante de mí vuelvo á ver los pabellones 
dando órdenes ; y me parece que el mar que de 



José Martí 137 

allá viene, cargado de esperanza y de dolor, 
rompe la valla de la tierra ajena en que vivi- 
mos, y revienta contra esas puertas sus olas al- 
borotadas ¡ Allá está sofocada en los bra- 
zos que nos la estrujan y corrompen! ¡Allá es- 
tá herida en la frente, herida en el corazón,, 
presidiendo, atada á la silla de tortura, el ban- 
quete donde las bocamangas de galón de oro 
ponen el vino del veneno en los labios de los 
hijos que se han olvidado de sus padres; y el 
padre murió cara á cara al -alférez ; y el hijo 
va, de brazo con el alférez, á podrirse á la 
agonía ! 

¡Basta de meras palabras! De las entrañas 
desgarradas levantamos un amor inextinguible 
por la patria, sin la que ningún hombre vive 
feliz, ni el bueno, ni el malo. Allí está, de allí 
nos llama ; se le oye gemir ; nos la violan y nos 
la befan, y nos la gangrenan, á nuestros ojos; 
nos corrompen y nos despedazan á la madre de 
nuestro corazón. Pues alcemos de una vez, de 
una arremetida última de los corazones; alcé- 
monos de manera que no corra peligro la liber- 
tad en el triunfo* por el desorden ó por la tor- 
peza ó por la impaciencia en prepararla; alcé- 
monos, para la república verdadera, los que 
por nuestra pasión por el derecho y por nues- 
tro hábito del trabajo sabremos mantenerla; 
alcémonos para darles tumba á los héroes cu- 
yo espíritu vaga por el mundo avergonzado y 
solitario; alcémonos para que algún día ten- 
gan tumba nuestros hijos. Y pongamos alre- 
dedor de la estrella, en la bandera nueva, esta 



138 América 

fórmula del amor triunfante: con todos, para 
el bien de todos". 

Es largo, lector, ¿ verdad ? Pero ¡ cuan entre- 
tenido ! Parece que nos revela ansiedades y do- 
lores del momento. Yo conocí ese discurso de 
Martí después del hundimiento del imperio co- 
lonial español en nuestra América ; mucho des- 
pués, cuando vi, con ojos espantados, cómo la 
República maltrataba á los cubanos, y por ha- 
cerlo, caía estrepitosamente al golpe de rebe- 
lión de sus propios hijos, y de cuya época arran- 
ca mi seria dedicación al estudio de las cosas 
de mi patria ; entonces me parecieron palabras 
que convenían al momento, que se adaptaban á 
nuestra realidad nacional. Lo reproduzco en 
estas páginas, después de instaurada la segun- 
da República cubana, y sigo pensando firme- 
mente en la frescura de sus conceptos, en lo 
impecable de sus pronósticos, en la videncia de 
sus vaticinios; de tal manera, que si la índole 
de este trabajo (que quiero sustraer de las can- 
dentes luchas del medio, para que no lo man- 
chen los apasionamientos de la inquieta reali- 
dad que nos agita), me consintiera comentarlo, 
y, al hacerlo, comparar nuestra vida con las 
predicciones del Apóstol en ese su valiente dis- 
curso, habría para un largo capítulo ; pero ni la 
hora histórica, ni mi posición en el movimiento 
de nuestras cuestiones, me lo permiten. A la 
sinceridad consciente y sagacidad penetradora 
de mis compatriotas dejo esta tarea, que de ha- 
cerse, muy bien nos probaría. La Historia es- 
pera implacable el vivo fallo de mis coetáneos. 



José Martí 139 

Pero hay algo en las palabras de Martí, de 
efecto tan sensacional y de tan íntima relación 
con este estudio, que necesitamos seguirlo en 
todo su curso hasta su doloroso desenlace, por- 
que fueron bienhechoras y fecundas sus conse- 
cuencias. 

El discurso, con el título de "Por Cuba y 
para Cuba", se reprodujo en el periódico de 
Key West El Yara; de allí pasó á Cuba, y ca- 
yó como losa de plomo sobre los revoluciona- 
rios del 68 que vivían en Cuba española. Roa 
lloró desesperado; quiso pasar el golfo, en ac- 
titud agresiva contra el Maestro; sus compa- 
ñeros lo contuvieron, y previo un cambio de 
impresiones, se acordó la publicación de la si- 
guiente carta, que, redactada por Collazo, apa- 
reció en la edición de La Lucha del 6 de enero 
de 1892. Lean los cubanos, porque de ella y de 
las que le siguen á continuación llegarán al con- 
vencimiento de lo que era el alma de Martí, á 
quien adoran todos en Cuba, sin embargo de 
conocerle muy superficialmente. Este inciden- 
te, sobre fijar definitivamente la suerte futura 
y dichosa de la patria, deja á Martí transpa- 
rentado hasta lo íntimo y más hondo de su al- 
ma. Oigan á Collazo: 

Sr. D. José Martí. 

En la emigración. 

Muy señor mío: he leído una hoja suelta, 
titulada "Por Cuba y para Cuba", que repro- 



140 América 

duce un discurso de Ud. pronunciado en Tam- 
pa el 26 de noviembre de 1891. No es mi áni- 
mo discutir ese discurso ; doy por sabido que en 
él trata Ud. magistralmente los arduos proble- 
mas políticos y sociales de nuestro país, idean- 
do las más galanas soluciones. En la sexta co- 
lumna del citado impreso, hay un párrafo, el 
tercero, que copio al pie de la letra : 

"¿O nos ha de echar atrás el miedo á las 
tribulaciones de la guerra, azuzado por gente 
impura que está á paga del gobierno español; 
el miedo á andar descalzo, que es un modo de 
andar ya común en Cuba, porque entre los la- 
drones y los que los ayudan, ya no tienen en 
Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones ? 
Pues como yo sé que el mismo que escribe un 
libro para azuzar el miedo á la guerra dijo en 
versos, muy buenos por cierto, que la jutía bas- 
ta á todas las necesidades del campo en Cuba, 
y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me 
vuelvo á los que nos quieren asustar con el 
sacrificio mismo que apetecemos, y les digo: 
¡mienten!" 

Los que militamos en la revolución y vivi- 
mos ahora en Cuba tenemos hoy el mismo 
criterio que ayer tuvimos, y, á pesar del tiempo 
transcurrido, mantenemos los vínculos que nos 
unieron en la década del sacrificio. Nuestro jui- 
cio sobre la emigración, por la conducta que 
observó durante la guerra, está consignada en 
el folleto que, á raíz del convenio del Zanjón, 
publicó el autor de "A Pie y Descalzo". 



José Martí 141 

Después de la guerra hemos perseverado en 
esa opinión, abonada por los hechos ; pero nun- 
ca imaginamos tan ruin á esa emigración co- 
mo Ud. la hace aparecer en su discurso. ¡Có- 
mo! ¿Conque, á pesar de los años transcurri- 
dos, todavía puede asustarse esa emigración 
con el relato fiel de las privaciones, trabajos 
y desventuras que afrontamos durante diez 
años? ¿Cree Ud., Sr. Martí, que los que, á im- 
pulso del deber, arrostren el peligro de hacer 
patria, deben ir ciegos ó engañados, como el 
soldado mercenario á quien se emborracha pa- 
ra que sirva de carne de cañón? ¿Tan ruin 
imagina Ud. la generación presente, que la 
cree incapaz de ir al sacrificio con plena con- 
ciencia de lo que va á hacer, con el mismo va- 
lor y estoicismo con que arrostraron la muer- 
te, en el campo y en el patíbulo, los hombres 
del 68? Su manera de presentar las cosas nos 
autoriza para creerlo: los cubanos de hoy se 
asustan — eso piensa y eso teme Ud. — con un 
sencillo relato de penalidades. Pues bien, se- 
ñor Martí : ofensa tan grave á los cubanos, ja- 
más pensó inferirla el autor de "A Pie y Des- 
calzo", ni ninguno de sus compañeros, que uná- 
nimemente aplaudimos la veracidad y oportu- 
nidad de un libro cuya moral debe llenar de 
orgullo á todo corazón cubano. Como Ud. no 
ha comprendido el mérito real de ese libro, yo 
quiero explicárselo ahora, en muy pocas pala- 
bras: sabiendo de lo que es capaz ese corazón 
cubano, que Ud. calumnia; sabiendo, porque 
ése fué el mundo en que vivimos durante diez 



142 América 

años, que no hay trabajo ni sacrificio que le 
arredre en cumplimiento del deber, quisimos 
darle una idea clara y precisa del calvario que 
nosotros habíamos recorrido, para que aprove- 
charan la enseñanza nuestros hijos y sucesores. 

No nos extraña que Ud. haya comprendido 
mal la índole de "A Pie y Descalzo" : el libro 
ha debido parecer á Ud. terrorífico. El que con 
ofensas más que suficientes — el grillete — , con 
edad sobrada, no cumplió con los deberes de 
cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo 
de todos sus hijos; el que prefirió continuar 
primero sus estudios en Madrid, casarse luego 
en México, ejercer en la Habana su profesión 
de abogado, solicitar más tarde, como repre- 
sentante del Partido Liberal, un asiento en el 
Congreso de los Diputados, por Puerto Prín- 
cipe ó por Cuba ; el que prefirió servir á la Ma- 
dre Patria, ó alejar su persona del peligro, en 
vez de empuñar un rifle para vengar ofensas 
personales aquí recibidas; ése, usted, Sr. Mar- 
tí, no es posible que comprenda el espíritu de 
"A Pie y Descalzo". Aún le dura el miedo de 
antaño. 

No; no es posible que Ud. comprenda lo que 
es, en toda su fuerza, el cumplimiento del de- 
ber ; pues que en el momento preciso en que to- 
do le obligaba á cumplirlo, pudo más en Ud. el 
amor á sí propio que el amor á Cuba. Y, sin 
embargo, hoy es Ud. patriota, y valiente, y hé- 
roe, y hasta orador. Y hoy es Ud. un prohom- 
bre cubano; la representación metafórica del 
patriotismo; sospecho que hasta mártir; un 



José Martí 143 

Bolívar en perspectiva ; y nosotros nos- 
otros "estamos á paga del gobierno español". 

¡Cómo cambian los tiempos, Sr. Martí! ¿Te- 
nemos nosotros la culpa de Ud. no prosperase 
en su bufete de abogado, ó de que orientales y 
camagüeyanos no lo llevasen con sus sufragios 
á los escaños del parlamento español? ¿Qué le 
hemos de hacer, si Ud., por más que diga, no 
puede borrar su pasado? Pero si Ud. quiere 
ser cubano postumo, ó guapo, después que ha 
pasado el peligro, séalo en buena hora; pero 
déjenos en paz. Quien tanto miedo tuvo á sa- 
crificar su vida cuando Cuba lo exigía, respete 
y no importune á los que por Cuba expusimos 
la cabeza una y mil veces. 

Haga Ud. discursos; hable cuanto quiera; 
viva como mejor le acomode; que á nosotros 
no nos importa cómo vive cada cual. Sepa Ud., 
Sr. Martí, que aquí, cara á cara del gobierno, 
nosotros conservamos nuestro carácter de cu- 
banos y de revolucionarios; que no hemos he- 
cho transacción alguna que desdiga ó empañe 
nuestros antecedentes; que somos hoy lo que 
éramos en i878; pero sepa al mismo tiempo 
que no rebajamos nuestra conciencia adulan- 
do á un pueblo incrédulo para arrancarle sus 
ahorros; que pedimos nuestro sustento al tra- 
bajo; que vivimos con la satisfacción del deber 
cumplido, pudiendo decir con orgullo: á nadie 
tememos; á nadie debemos; á nadie adulamos. 

Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal 
vez no podríamos estrechar la mano de Ud. en 
la manigua de Cuba; seguramente, porque en- 



144 América 

tonces continuaría Ud. dando lecciones de pa- 
triotismo en la emigración, á la sombra de la 
bandera americana. 



De usted S. S., 



Enrique Collazo. 



Firman, por estar conformes, José M. F. 
Aguirre, Francisco Aguirre, Manuel Rodrí- 
guez. 

Habana, enero de 1892. 

Si grande, pero justificada, fué la equivoca- 
ción de Martí, no menos grande y justificado 
fué el error de Collazo. Si los revolucionarios 
cubanos meditan un momento, ¿cómo era po- 
sible que dudasen del alcance de las palabras 
de Martí? ¿Cómo era posible dudar del hom- 
bre que el 10 de octubre de 1887 pronunció, en 
holocausto de los mártires y en honor de los 
héroes del 68, una de sus más hermosas ora- 
ciones? Entonces Martí predicó: "Los miste- 
rios más puros del alma se cumplieron aquella 
mañana de la Demajagua, cuando los ricos, 
desembarazándose de su fortuna, salieron á pe- 
lear, sin odios á nadie, por el decoro, que vale 
más que ella ; cuando los dueños de hombres, al 
ir naciendo el día, dijeron á sus esclavos: "Ya 
sois libres!" ¿No sentís, como estoy yo sintien- 
do, el frío de aquella sublime madrugada ? ¡ Pa- 
ra ellos, para ellos todos esos vítores que os 
arranca este recuerdo glorioso! ¡Gracias en 
nombre de ellos, cubanos que no os avergon- 
záis de ser fieles á los que murieron por vos- 



José Martí 145 

otros ; gracias en nombre de ellos, cubanos que 
no os cansáis de ser honrados !" 

¿Dónde, señores del 68, oísteis frases más 
elevadas, respetuosas y sinceras, dignificado- 
ras y dignificantes, que ésas que dejo consig- 
nadas? Si me dejaran escoger entre los dos 
errores, entre los dos impresionables apuntes 
de desaciertos, me quedo sin vacilar con el acto 
de Martí; todo en él justifica sus angustias; 
todo, antecedentes y circunstancias, lo ami- 
noran grandemente; el de los revolucionarios, 
aunque digno y elevado, tiene una base más 
floja, más inconsistente y más débil ; vean aho- 
ra la grandeza de alma y la integridad de prin- 
cipios con que se defiende Martí en esta carta, 
que por primera vez sale á la pública curio- 
sidad : 

"New York, 13 de enero de 1892. 

Sr. Enrique Collazo. 

Señor : 

Amargo es el deber de censurar públicamen- 
te á quien desalienta á su pueblo en la hora en 
que parece que van á serle muy necesarios los 
alientos; más amargo me es, por mirar yo á 
todo cubano como á hermano mío, la obliga- 
ción de contestar la infortunada carta que con 
fecha 6 de enero se sirvió Ud. dirigirme, y me 
causó más pena que enojo, porque en ella reve- 
la Ud. la capacidad de ofender sin razón, y 



146 América 

muestra su desconocimiento lamentable de la 
obra de generosidad y de prudencia con que 
la emigración, aleccionada por los sucesos an- 
teriores y posteriores á la guerra, se dispone á 
no recaer en el divorcio y abandono que Ud. y 
el autor de "A Pie y Descalzo" censuran con 
justicia, mas no con la viveza y el tesón con 
que lo censuro yo desde hace doce años, ni con 
el empeño que desde entonces pongo en evitar 
que la guerra nueva fracase ó se desvíe por el 
culpable desacuerdo entre el país que ha de 
combatir y la emigración que ha de ayudarlo. 
Y ¿qué hace Ud., Sr. Collazo, desde hace doce 
años, para salvar á su patria de los peligros en 
que la dejó una guerra personal y descompues- 
ta; para desentrañar y publicar sus errores, á 
fin de no caer de nuevo en ellos ; para disponer, 
con lo viejo y lo nuevo, una guerra honrada y 
de bien público que no nos traiga más males 
que los que se lleve; para juntar, sin cobardía 
ni gazmoñería, los elementos indispensables al 
triunfo duradero de una guerra que no es líci- 
to desear, ni posible impedir? O ¿pudo descui- 
darse, cuando se preveía la ineficacia de los re- 
medios de la paz arrodillada, el deber de pre- 
parar, con respecto al voto del país y al decoro 
de los cubanos, la guerra que habría de suce- 
der á aquellas tentativas inútiles? O ¿se cum- 
ple este deber en la silla, singularmente segu- 
ra, del empleado de gobierno, la silla que ha de 
quemar á quien peleó contra él, ó narrando en 
un libro sombrío, á las puertas mismas de la 
guerra inevitable, todo lo que la puede hacer 



José Martí 147 

temible, con silencio astuto y riguroso sobre 
los recursos con que habría de contar, y las 
causas por que la guerra anterior vino á caer, 
y la grandeza que hace adorable y útil el sacri- 
ficio, y da majestad imperecedera á los sacrifi- 
cados ? 

Este es el párrafo mío que dio motivo á la 
carta de usted : 

"¿O nos ha de echar atrás el miedo á las 
tribulaciones de la guerra, azuzado por gente 
impura que está á paga del gobierno español, el 
miedo á andar descalzo, que es un modo de an- 
dar ya muy común en Cuba, porque entre los 
ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en 
Cuba zapatos sino los cómplices y los ladro- 
nes ? Pues como yo sé que el mismo que escribe 
un libro para atizar el miedo á la guerra dijo 
en versos, muy buenos por cierto, que la jutía 
basta á todas las necesidades del campo en Cu- 
ba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, 
me vuelvo á los que nos quieren asustar con el 
sacrificio mismo que apetecemos, y les digo: 
¡ mienten !" 

Yo no hablé en este párrafo, Sr. Collazo, co- 
mo pretende Ud. hacer creer, de "los que mili- 
taron en la revolución, y viven ahora en Cu- 
ba". Vivan ó no en Cuba, los que militaron en 
la revolución son para mí los hombres de quie- 
nes dije hace dos años: "Si se nos salta el co- 
razón, de celos y de gratitud, cuando oímos la 
historia de aquellos hechos de indecible bravu- 
ra que ha de poner con lo más alto del firma- 
mento la admiración del hombre, de aquellos 



148 América 

hechos que no se pueden oir sin que se llene 
como de luz toda nuestra carne mortal, ó sin 
sentir como que la mar se hace puente, y nos 
vamos detrás del ejemplo ilustre, á donde la 
tierra nos llama". Vivan ó no en Cuba, los que 
militaron en la revolución son los hombres de 
quienes dije hace tres meses : "Y es lo primero 
este año, porque ha pasado por el aire una que 
otra ave de noche, proclamar que nunca fué 
tan vehemente en nuestras almas el culto de la 
revolución. Aquellos padres de casa, servidos 
desde la cuna por esclavos, que decidieron ser- 
vir á los esclavos con su sangre, y se trocaron 
en padres del pueblo; aquellos propietarios re- 
galones, que en la casa tenían su recién nacido 
y su mujer, y en una hora de transfiguración 
sublime se echaron selva adentro, con la estre- 
lla á la frente ; aquellos letrados entumidos, que 
al resplandor del primer rayo saltaron de la 
toga tentadora al caballo de pelear; aquellos 
jóvenes angélicos que del altar de sus bodas, ó 
del festín de la fortuna, salieron, arrebatados 
de júbilo celeste, á sangrar y morir, sin agua 
y sin almohada, por nuestro decoro de hom- 
bres; aquéllos son carne nuestra, y entrañas y 
orgullo nuestro, y raíces de nuestra libertad, y 
padres de nuestro corazón, y soles de nuestro 
cielo, y del cielo de la justicia; y sombras que 
nadie ha de tocar sino con reverencia y ternu- 
ra. ¡Y todo el que sirvió, es sagrado! El que 
puso el pie en la guerra ; el que armó un cuba- 
no de su bolsa; el que quiso la redención de 
buena fe, y le sacrificó su porvenir y su fortu- 



José Martí 149 

na, ya lleva un sello sobre el rostro, y un cen- 
telleo en los ojos, que ni su misma ignominia le 
pudiera borrar luego". 

El que peleó en la revolución, es santo para 
mí, Sr. Collazo. El que hace industria de haber 
peleado en la revolución, ó goza después de 
ella, entre sus amigos, de un influjo superior al 
que tuvo entre sus compatriotas, ó usa de su 
influencia para aflojar la virtud reciente de un 
país que necesita de toda su virtud, ése bajará 
ante mí sus ojos, Sr. Collazo, aunque haya mi- 
litado en la revolución; y los bajará ante todo 
hombre honrado. 

Ni sé yo con qué especial derecho se dirige 
Ud. á mí, y con Ud. sus compañeros, cuando lo 
que yo dije de "paga del gobierno español" se 
refiere á "la gente impura que azuza el miedo 
á las tribulaciones de la guerra"; á no ser que 
usted y sus compañeros deseen contarse entre 
los que azuzan el miedo, que es de quienes dije 
lo de la paga. Y ni de Ud. ni de ellos lo creo, 
Sr. Collazo. Ud. ha firmado la carta del día 6 
por ignorancia increíble de la labor revolucio- 
naria de estos doce años, y por el mal consejo 
de iras viejas contra la emigración, y en otro 
tiempo, justas. Un solo punto habría habido á 
lo sumo que levantar en el párrafo mío que 
Ud. cita, pasando por alto la consideración pia- 
dosa con que puse en una parte general lo de 
la paga, para que tocara el blanco sin herir, y 
en otra lo especial y directo sobre el libro. ¿Es- 
tá ó no al servicio del gobierno español el re- 
volucionario que publica un libro precipitado 



150 América 

en que se acumulan los horrores de la guerra, y 
se narran sus obstáculos sin narrar sus recur- 
sos, y se enumeran los elementos hostiles sin 
enumerar los amigos, en los instantes en que 
parece volver á pensar en la guerra el país? Si 
está al servicio del gobierno español, no tiene 
derecho á que se considere desinteresado un 
libro que favorece indirectamente al gobierno 
a quien sirve. Eso he dicho, y no más. Leván- 
tese el punto. 

¡Qué dolor éste de añadir pena, por culpa 
de Ud., á la que tendrá de seguro, y más si erró 
sin voluntad, el autor de un libro considerado 
por cuantos cubanos conozco, sin una sola ex- 
cepción — por cuantos hombres de la guerra co- 
nozco, y tengo entre ellos amigos muy ama- 
dos — , como una falta grave contra la verdad 
y la patria ; como una obra culpable de la astu- 
cia ó del despecho ! Mucho pudiera decir, y no 
lo digo ; á mí me duele mucho, Sr. Collazo, to- 
do error cubano ; con mi sangre lo quisiera bo- 
rrar, en vez de publicarlo con mi pluma. Pero 
diré, por culpa de Ud., que si es noble decir la 
verdad, lo noble es decirla toda. Ocultar la ver- 
dad, es delito; ocultar lo que no conviene al 
adversario, y decir lo que le conviene, es delito. 
Cuando es constante el riesgo de que, por falta 
de solución tan inmediata como los males que 
piden remedio, acuda el país á la guerra de la 
desesperación, peca grandemente contra su de- 
ber quien contribuye á propagar la creencia en 
la inutilidad del sacrificio indispensable. 



José Martí 151 

Y no es que nos infunda por acá temor, co- 
mo Ud. dice, la pintura del sacrificio que nos 
enamora, ni que hablemos acá para quitarnos 
el miedo de unas cuantas hojas de papel. Aquí 
hablamos para que se oiga allá lo que allá no 
se puede decir; para levantar la piel podrida; 
para sacar la sangre al rostro de los cansados 
y los olvidadizos; para provocar cartas como 
la de Ud., en que el ataque injusto á un hom- 
bre que no ha manchado su mano con el sala- 
rio que le pagan sus enemigos, sea al menos 
ocasión de enseñar cuánta virtud patriótica 
subsiste en los que vivieron demasiado en ella 
para que pudieran olvidarla. Hablamos para 
que se sepa que los cubanos que vivimos en el 
extranjero no vivimos enconados contra el cu- 
bano de la Isla, ni echándole en cara una situa- 
ción de la que no se puede desembarazar ; sino 
ardiendo en amor por él, y en deseos de juntar 
con él los brazos. Echemos atrás, Sr. Collazo, 
las guerras de personas, ó de corrillo imperial 
y desdeñoso, ó de casta cegata y empedernida; 
y echemos, Sr. Collazo, adelante las guerras 
públicas y generosas. 

Pues si para algo vivo, es para impedir, ca- 
so de que tal peligro hubiese, que cayera sobre 
Cuba una guerra que no fuera, desde su raíz 
hasta su fin, y en métodos como en propósitos, 
para el bien igual y durable de todos los cuba- 
nos. Y ¿no he oído en estos días á miles de hi- 
jos de Cuba proclamar, sin una sola voz de di- 
sentimiento, ni de rico ni de pobre, ni de negro 
ni de blanco, ni de patriota de ayer ni de patrio- 



152 América 

ta de hoy, ni de hombre de guerra ni de hom- 
bre de paz, que el Partido Revolucionario Cu- 
bano no tiene por objeto llevar á Cuba una 
agrupación victoriosa que considere la Isla co- 
mo su presa y su dominio, sino preparar, con 
cuantos medios eficaces le permita la libertad 
del extranjero, la guerra que se ha de hacer 
para el decoro y bien de todos los cubanos, y 
entregar á todo el país la patria libre? 

No hablamos aquí, Sr. Collazo, para caer en 
aquel triste estado de antes, cuando los héroes 
abandonados por la guía incapaz de las emi- 
graciones tuvieron tiempo de gangrenarse de 
manera que á alguno le ha llegado acaso la 
gangrena al corazón; sino para impedir, como 
decía ayer un cubano en Key West, que "vuel- 
van á ir por vías opuestas, según fueron, la 
revolución magnífica y conmovedora, la revo- 
lución radical y reconstructora de dentro de la 
Isla, y aquella de miedos y melindres, de for- 
mas y reservas, de corbatín y puño de oro, de 
los que en algunos instantes parecieron más 
deseosos de entregar la patria al extranjero 
que de auxiliar su independencia. No hablemos 
aquí para rechazar fuerza alguna, de ayer ó de 
hoy, que coadyuve al bien de la patria; ni pa- 
ra repeler, so pretexto de haberla servido, á los 
que quieran servirla. Pues ¿qué suerte guar- 
dan Üd. y sus tres compañeros á los cubanos 
que, por causas notorias, no pudieron tomar 
parte de soldado en la guerra anterior ; porque 
no vivían en Cuba, al pie de su caballo ; porque 
los sacaba la policía del barco glorioso ; porque 



José Martí 153 

salieron del banco de la escuela al banco de la 
prisión; porque la cárcel ó la enfermedad ó la 
pobreza los tuvo lejos de los embarcaderos de 
la guerra en los primeros años de las expedi- 
ciones; porque luego no hubieran tenido más 
modo de ir al campo que echarse á nado al 
mar? ¿De modo que, para Ud. y sus compañe- 
ros, todos los que no pudimos servir á la pa- 
tria con las armas llevamos perennemente el 
anatema de cobardes, y estamos incapacitados 
de servirla, ó la hemos de servir como repro- 
bos mal admitidos en la Iglesia, aun cuando 
hayamos alzado del polvo la bandera de la re- 
volución, en los instantes en que los que acaba- 
ban de abandonarla se sentaban á la mesa del 
gobierno español ? ¡ Pues vale más haber reco- 
gido del polvo la bandera, que servir el inte- 
rés del enemigo hiriendo por el costado á 
quien la lleva, en el instante en que se le ponen 
alrededor las fuerzas necesarias para la ba- 
talla ! 

Y ahora, Sr. Collazo, ¿ qué le diré de mi per- 
sona? Si mi vida me defiende, nada puedo ale- 
gar que me ampare más que ella. Y si mi vida 
me acusa, nada podré decir que la abone. De- 
fiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meri- 
toria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, por- 
que es deber de todo hombre trabajar por que 
su vida lo sea ; responder á Ud. seria enumerar 
los que considero yo mis méritos. Jamás, se- 
ñor Collazo, fui el hombre que Ud. pinta. Ja- 
más preferí mi bienestar á mi obligación. Ja- 
más dejé de cumplir en la primera guerra, ni- 



154 



América 



ño, pobre y enfermo, todo el deber patriótico 
que á mi mano estuvo, y fué á veces deber muy 
activo. Queme Ud. la lengua, Sr. Collazo, á 
quien le haya dicho que serví yo á "la madre 
patria". Queme Ud. la lengua á quien le haya 
dicho que serví en algún modo, ó pedí puesto 
alguno, al Partido Liberal, ó que, en eso de la 
diputación, hice más que oir al capitulado que 
me vino á tender inútilmente, no sé en servicio 
de quién, la vanidad oratoria, y escribir, en 
respuesta á un ilustre santiaguero, la carta, to- 
mada por la policía al portador, en que dije 
que, caso de venirme diputación semejante, se 
entendería que la aceptaba para defender en 
el parlamento español lo único que, á mi juicio, 
puede defender allí, para bien de la Isla y de 
España, un cubano sensato: la independencia 
de Cuba. ¡ Y con el pie en el barco de la guerra 
estaré, y si me encargasen que intentara la in- 
dependencia por la paz, haría esperar el barco, 
y la tentaría! Y en cuanto á lo de arrancar á 
los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado 
á Ud., en juntas populares de indignación, los 
emigrados de Tampa y Cayo Hueso? ¿No le 
han dicho que en Cayo Hueso me regalaron, 
los trabajadores cubanos, una cruz? Creo, se- 
ñor Collazo, que he dado á mi tierra, desde que 
conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre 
puede dar. Creo que he puesto á sus pies mu- 
chas veces fortuna y honores. Creo que no me 
falta el valor necesario para morir en su de- 
fensa. Y aquí cumple, Sr. Collazo, que aluda 



José Martí 155 

á lo que se sirve Ud. decirme sobré "darnos las 
manos en la manigua". 

Puede ser que el espíritu patriótico que 
resplandece en su carta, y la consagración de 
que á mis ojos gozan cuantos pelearon por 
nuestra libertad, me permitirán olvidar, al dar- 
le la mía, que la mano de Ud. es la de un hom- 
bre que ha calumniado á otro. Vivo tristemen- 
te de un trabajo obscuro, porque renuncié ha- 
ce poco, en obsequio de mi patria, á mi mayor 
bienestar. Y es frío este rincón, y poco propi- 
cio para visitas. Pero no habrá que esperar á 
la manigua, Sr. Collazo, para darnos las ma- 
nos, sino que tendré vivo placer en recibir de 
Ud. una visita inmediata, en el plazo y país 
que le parezcan convenientes. 

Queda sirviéndole su compatriota 

José Mártir 



Las ideas y los conceptos que acaban de leer- 
se en la precedente carta son de excepcional 
imoortancia para el conocimiento del Martí 
íntimo, del Martí individualmente considera- 
do. Es ella toda grandeza, no tanto por la fir- 
me ratificación de sus conceptos, sino por la 
rectificación sincera de la errónea significación 
que á su discurso inicial se le diera. Aceptando 
el incidente en todo terreno, que la intervención 
de amigos evitó llegar al grado de combate 
singular, este hecho, por sí solo, envuelve á 
Martí en el palio nimbado de gloria que corres- 
ponde á los grandes hombres, á los héroes. 



156 América 

Colocad á un hombre cualquiera de las con- 
diciones de Marti, que ha consagrado su vida 
á un solo ideal ; colocadlo en las condiciones en 
que Marti se encontraba al constituir el Parti- 
do Revolucionario, con la hostilidad del perió- 
dico "El Porvenir", en el corazón mismo de la 
emigración que él dirigía; entregadle entonces 
un ejemplar del libro "A Pie y Descalzo", y así 
como las aguas buscan su nivel, y los cuerpos 
pesados caen si pierden su punto de apoyo, 
cualquiera otro hombre semejante á Martí y 
rodeado como él de análogas circunstancias 
hubiese asimismo levantado su dignidad á la 
altura que Martí levantó la suya con su protes- 
ta. Lo contrario hubiera sido una vejación per- 
sonal que no cabe concebir, dados los antece- 
dentes del hombre que para Cuba y por el bien 
de Cuba realizaba precisamente lo contrario. 

Ahora examinemos la excepcional impor- 
tancia que para el futuro de Cuba trajo apare- 
jado este incidente necesario, fatalmente ne- 
cesario, para que la obra de Martí alcanzara 
todo la plenitud de la importancia que él le 
asignaba. Paréceme que su enunciación es in- 
necesaria; está palpitante, salta á la mente con 
la facilidad con que el pez salta y se hunde en- 
tre las ondas. Pero no por innecesario debe de- 
jar de consignarse. El hecho es que desde en- 
tonces, los hombres del 68, todos los hombres 
del 68, los indiferentes y hasta los hostiles, se 
convencieron de que Martí controlaba el movi- 
miento revolucionario, de que Martí no había 
de prescindir de ellos, de que eran necesarios, 



José Martí 157 

imprescindibles, para empuñar muy pronto las 
armas contra España. Martí lo había decidido, 
y aunque ignorado, contaba con los elementos 
necesarios para realizarlo: soldados, simples 
soldados de muy buena voluntad por una parte, 
tanto en la emigración como en Cuba, y dinero, 
dinero que entregaba aquella emigración dia- 
riamente del fruto ardoroso de su frente. Fal- 
taban los generales, y Martí los encontró. 

No hay quien dude, ni quien niegue, ni quien 
discuta, que la obra por Martí realizada es el 
resultado de un cerebro de estupendas condi- 
ciones organizadoras. Martí no procedió, como 
la inmensa mayoría de los tropicales, con im- 
presionables precipitaciones. 

El creó, y toda creación parte de una base. 

Conseguida ésta, Martí se lanza en busca de 
los generales, para entregarles su ejército y los 
recursos que había allegado; se entrevista per- 
sonalmente con Maceo y Cebreco en Puerto 
Limón. Su entrevista con Cebreco (el propio 
general Cebreco me la ha referido) es arreba- 
tadora como un episodio infantil. 

Refiere el general Cebreco que los linderos 
de la finca que explotaba en Puerto Limón la 
unían con la de un español, á quien gustaba 
trabar conversación con nuestro general, para 
contarle cómo se acrecentaba el poder español, 
cómo adquiría armamentos modernos, lo que, 
á su juicio, haría imposible toda intentona se- 
paratista en Cuba; y Cebreco sonreía, y con- 
testaba al terrateniente colindante que él sólo 
pensaba en el acrecentamiento de su hacien- 



158 América 

da. "Esta opinión mía — me decía Cebreco — yo 
no sé cómo y por dónde llegó á oídos de Martí ; 
lo cierto es que el día que se presentó en mi vi- 
vienda, en 1894, comprendí en su exterior, en 
sus ademanes y hasta en el preámbulo con que 
anticipó sus deseos, que estaba sobrecogido por 
algún sentimiento embarazoso, dada su natu- 
ral llaneza". Mas cuando Martí expuso fran- 
camente el móvil de su visita, y éste le contestó 
que estaba incondicionalmente á su disposición, 
Martí cayó en sus brazos y se agitaba "como 
un niño — palabras de Cebreco — á quien se col- 
ma en sus anhelos". 

A Maceo y Máximo Gómez, que desde el 
pacto del Zanjón habían quedado en relaciones 
frías, Martí los aproxima, los unifica, los 
acerca. 

No hay cubano que no conozca esa entrevis- 
ta, provocada por Martí, entre los dos supre- 
mos caudillos de la revolución cubana. La pro- 
pia pluma de Martí ha referido la ansiedad su- 
prema y las angustias que experimentara cuan- 
do vio entrar al hombre de acero en la tienda 
del inflexible é inexorable generalísimo Máxi- 
mo Gómez. El mismo nos refiere las profun- 
das sacudidas de su alma, durante la media ho- 
ra que estuvo esperando la decisión de aquellos 
dos hombres, que, solos, discutían allá dentro. 
Temblaba por Cuba. Cuando salieron, el gene- 
ral Gómez, con el brusco énfasis de su conver- 
sación, y el bronco torrente de su voz, dijo á 
Martí : "Maceo y yo, á la vez de convenir en la 
necesidad de dirigir la guerra que Ud. ha pre- 



José Martí 159 

parado, resolvimos nombrar á Ud. mayor ge- 
neral del ejército cubano". Pero Marti no oyó 
estas palabras; apenas sonadas las primeras, 
se echó en brazos de los dos caudillos, para de- 
cirles conmovedoramente : "¡Ya Cuba es li- 
bre!" 

Para dar idea de la importancia que Máxi- 
mo Gómez atribuyó á la obra de Martí, nada 
tan propio como esta carta suya, dirigida al 
general Collazo: 

Central Valley, 12 de abril de 1894. 

Sr. Enrique Collazo. 

Mi querido Enrique: 

Mi silencio de tan largo tiempo para contigo 
hasta ahora, y que tal vez á raíz de tanta la- 
bor revolucionaria no tuviera explicación sa- 
tisfactoria para ti, no lo dudes, era intencio- 
nal. Tú me conoces, y sabes que yo sé ocupar 
mi puesto, llegada la hora, y debía dejar á 
Martí que él, sin obstáculos ni estorbos, pudie- 
se realizar la obra estupenda de unificación y 
concordia de los elementos dispersos de fuera, 
que deben en un momento dado unirse con el 
elemento sano y dispuesto de dentro para sal- 
var á Cuba. A mi entender, este trabajo está 
ya terminado, y urge que entremos en el terre- 
no de los hechos positivos. 

Así, pues, Enrique, la revolución (y éste es 
mi opinar) cuenta con tres hombres en primer 



1 6o América 

término para Occidente, de los que se encuen- 
tran en esas comarcas, que son tú y Carrillo. 

Está P . . . . ; pero como yo conozco su carác- 
ter exaltado, sería expuesto para el mismo de- 
cirle una palabra la víspera, y no debes, pues, 
sino comunicarte en absoluto con Carrillo. 

Pocas palabras. Arreglen y combinen todo 
lo que puedan. Si necesitan armas, pídelas ó 
mándalas buscar, pues como Uds. son los que 
deben asumir la responsabilidad de la intro- 
ducción, es á quien toca estudiar y prever todo 
para ese caso. O, si tú crees que puedes, consi- 
gue algunas allí mismo, aunque costasen más 
caro, pero que de ese modo queda más garan- 
tida su seguridad. Tú avisarás de la suma que 
necesitas y del modo ó conducto de hacerla lle- 
gar á tus manos. 

Oye bien, pues esto es lo más importante: 
de ningún modo deben Udes. mover una paja 
en Occidente mientras los fuegos del Centro y 
Oriente, que yo mismo personalmente pienso 
dirigir, no les quite mucho enemigo de encima. 
Pero, ¿cómo nos salvaremos del peligro perso- 
nal que corremos, por más quietos que nos pro- 
pangamos estar con esa situación encima? De 
un modo sencillísimo : como en tu plan y orga- 
nización debe estar previamente previsto ese 
caso, deben tener preparados tres ó cuatro 
hombres de confianza, bien armados, para que 
en el momento dado se oculten en el campo, 
aunque para ello tengas que unirte á Manuel 
García. Esa situación de espera, que bien en- 
tiendo es angustiosa, no debe ser muy larga, 



José Martí 161 

porque el estado de la comarca hará conocer 
la hora ó el momento de hacer sentir su pre- 
sencia en el campo. Tomada esa actitud, ya lo 
demás tú sabes cómo se hace: mucho daño al 
enemigo procurando recibir el menos. 

En cuanto á los métodos y modos, ni una 
palabra tengo que decirte; conozco muy á fon- 
do tu honradez y pundonor, para que puedas 
tolerar ningún acto que quite honradez y pres- 
tigio á la revolución, y manche nuestro nombre. 

A otra cosa: un día, no lo olvidaré jamás, 
en horas tristísimas de mi vida, me tendiste tu 
mano amiga; hoy sé que estás más pobre que 
entonces; allá, pues, te mando $400.00. Tu fa- 
milia, cuando quieras y de un modo hábil, pa- 
ra que su salida no te haga sospechoso, hazla, 
si quieres, se traslade á Cayo Hueso, pues allí 
habrá órdenes y medios de atenderla. 

Y cerrando ésta con un abrazo, te quiere tu 
viejo general 

M. Gomes. 

P. D. — Necesito que me acuses recibo de es- 
ta carta. Cambia la letra y firma "Aguas Ver- 
des". Serafín Sánchez, en Cayo Hueso, es 
buen conducto. 

Yo estoy muy vigilado fuera. 

Gómek. 

El general Máximo Gómez confiesa que él 
"debía dejar á Martí que él, sin obstáculos ni 
estorbos, pudiese realizar la obra estupenda de 
unificación y concordia". Ningún elogio puede 



1 62 América 

ser más dignificador, para los que desde el fon- 
do del alma miran á Martí, que esta confesión 
del general Gómez; y sobre todo, el hecho de 
que él, militar hasta la médula, calificase de es- 
tupenda la obra realizada. Esto basta y sobra 
para llenar las aspirciones del espíritu más exi- 
gente. 

Ya estamos, pues, en el instante de abarcar 
de un solo golpe de vista el plano general del 
desarrollo de la obra de Martí, en su aspecto 
político. Lo hemos visto, rebelde desde niño, 
pugnar abiertamente con el ambiente de su pa- 
tria, y desde entonces, conspirador en las lo- 
gias habaneras, hemos seguido su paso por el 
presidio, y los elementos de actividad comba- 
tiente, que los horrores de las prisiones espa- 
ñolas desenvolvieron en su espíritu; lo hemos 
seguido en el destierro; desatar el fuego de su 
entusiasmo y su indignación, ante la República 
Española, pidiendo para Cuba lo que ellos aca- 
baban de conquistar, y á los cubanos de Ma- 
drid negándoles el derecho de decidirse por na- 
da que no fuera la independencia. Lo vimos 
preparar la guerra chiquita y decidir á los cau- 
dillos del 68 á la última jornada, después de 
vencer la enorme resistencia que al principió 
le salió al paso; réstanos solamente afirmar 
que si públicamente Martí desenterró de su al- 
ma frases duras para el Partido Autonomista, 
por la oposición que hacía á todo procedimien- 
to de revolución en favor de la independencia 
de Cuba, puedo asegurar que días antes de sa- 
lir para la manigua, en Cayo Hueso, Francisco 



José Martí 163 

Calderón, vicepresidente del Comité Revolu- 
cionario, al preguntarle á Marti cuál era la 
suerte de los autonomista ante el triunfo de la 
revolución, él respondió: 

— Los autonomistas son los intelectuales de 
Cuba, y no sólo no se puede prescindir de ellos, 
sino que, sin ellos, no tendremos la verdadera 
garantía de nuestra república. Además, ese 
partido, su gente, ha preparado para la guerra 
esos soldados que ahora vamos á dirigir. 

Con esa preparación y esos antecedentes se 
decretó la guerra de 1895. Cuando llegó la ho- 
ra, Martí no tuvo, dentro y f uera^ de Cuba, 
más que corazones que lo seguían, si se excep- 
túan algunos autonomistas y los españoles. De 
todo aquel movimiento de rencillas no quedaba 
ni el recuerdo. Sólo se esperaba la orden del 
levantamiento, y vean en qué hermosa carta 
Martí envía al general Collazo, en pliego apar- 
te, las últimas disposiciones para esperar la ho- 
ra del levante. He aquí el documento : 

New York, 8 de mayo de 1894. 

Sr. Enrique Collazo. 

Mi muy estimado amigo: 

Con alegría grande cumplo hoy, por medio 
de la carta adjunta, los avisos que de tiempo 
en tiempo he enviado á Ud., en estricto acuer- 
do con el desarrollo, seguro, á la vez que vigi- 
lante, de sucesos que sabía yo bien que á la ho- 
ra precisa — la de la acción cercana, sin dema- 



164 América 

siada preparación visible — , habían de pasar 
por sus manos. De mi particular gusto en ello, 
y aun diré que de mi parte en ello, Ud. tiene ya 
prueba bastante, aunque no llegue tal vez aún 
á entender todo el afecto y especial cariño con 
que veo esta parte principal puesta en Ud. "Yo 
le diré que Ud. es como nosotros", me dijo una 
vez el general Gómez, hablando sobre Ud. Ud. 
lo ha sentido ya, y ve en mí un hermano. Cuan- 
to dijese sobre otras cosas sería redundante, y 
va explicado en la carta adjunta, escrita de 
acuerdo con la Delegación, y por ésta suscrita 
y confirmada. Debo sólo regocijarme de que 
vea Ud. que hay ya certeza de ese sistema de 
prudencia, concordia y división de trabajo con 
que en tan poco tiempo hemos llegado de tan po- 
co á tanto. Tenía Ud. razón, por los engaños y 
cobardía de la época pasada, en temer que yo, en 
mi humilde parte, no fuese el hombre de ver- 
dad y sencillez que soy, sino un llenapáginas 
ambicioso y sin riñon ; ó que era yo víctima del 
patriotismo inactivo, y de miedos literarios á 
la obra cruda y sana que hay que hacer. Pero 
vea ahora la pureza y ternura con que se unen, 
sin un solo embozo, ni semilla de separación 
futura, los elementos necesarios, y que á Ud. 
mismo pudieron parecer opuestos, de la Revo- 
lución. 

Ni en espíritu, ni en detalle, me separa un 
ápice del vigor y la nobleza del general Gó- 
mez. Así lo envié á decir, al anunciarle — para 
calmar su duda natural — la situación próxima 
de que hoy le va la prueba. Con la fuerza de lo 



José Martí 165 

hecho puedo asegurarle que me empleo ahora 
mismo en lo que falta por hacer, con el mismo 
cuidado por la Isla, y el mismo respeto á las 
vidas de allá, que he demostrado hasta hoy. Si- 
go viaje á cubrir mi trabajo verdadero, y hacer 
de camino parte de él. Pero antes voy al Cayo, 
á esperar respuesta de Ud., que me puede ir 
por el portador de ésta, y aguardo con la natu- 
ral impaciencia. 

Por otra mano remití á Ud. los $400.00 que 
le anuncia el General, y aquí incluyo orden al 
portador, por $75.00, para que, sin el peligro 
á que estaría hoy expuesta cualquiera comuni- 
cación mía por portador digno al Camagüey, 
envíe Ud. por mano, por primera vía, esa car- 
ta, del General y mía, al Marqués. Es de tal 
importancia, que he de rogarle no haya en ello 
la menor demora. Aquí he aguardado hasta 
dar con hombre totalmente seguro. Pero éste 
no tiene razón natural para seguir al Príncipe. 
Ud. escogerá allí bien su mensajero. 

Para mayor tranquilidad de Ud., y para el 
éxito de nuestras labores, debo decir á Ud. que 
de ningún modo intervendré — ni en cosas de 
acción, armas, etc., me he permitido interven- 
ción anterior — , en la organización que allí de- 
see Ud. darse. Las personas, todas, que á mí 
hayan venido, recibirán recado de ponerse á 
las órdenes de Ud. Y sólo daré ese recado á 
gente de toda seguridad. De Matanzas D. y B. 
piden sin cesar armas, sin que hasta hoy vea yo 
modo cierto de su arribo, ni creo que debo 
obrar en esto aparte de Ud., lo cual les dirá 



1 66 América 

Ud., que los conoce, si le parece bien decírselos, 
porque yo no usaré con ellos el nombre de Ud., 
si Ud. no me autoriza. Ud. está ahí, y Ud. co- 
noce mejor los peligros que hay que obviar. 
Pero desearía respuesta sobre lo de Matanzas, 
ó que Ud. los acalle, para que no crean desdén 
ó debilidad lo que no es más que previsión y 
disciplina. Deseo también su autoridad para 
hablar de Ud. J. G. G. 

Para el miércoles próximo de la entrante se- 
mana habré llegado al Cayo, y allí desearía ha- 
llar, para seguir viaje en seguida, la respuesta 
de Ud. al General y á mí. Sólo me queda espa- 
cio para felicitarle con calor por su publicación 
última, que tan eficazmente contribuye á echar 
por tierra, en el instante de la arremetida, al 
único enemigo que verdaderamente tiene la fe- 
licidad de nuestra patria: la soberbia incapaz 
de sus hombres tímidos. 

Aguarda, impaciente y cariñoso, noticias de 
Ud., su 

José Martí. 

¿Qué queda, después de esta carta, de la ex- 
plosión airada en que estos hombres sinceros, 
por la circunstancia irreparable de la distan- 
cia, se vieron envueltos en los momentos en 
que todo aconsejaba prudencia y mutua consi- 
deración entre los destinados á la obra gigan- 
tesca de redención y de sacrificios? El cariño 
que se desborda en los renglones precedentes 
está por encima de toda suspicacia, y perfecta- 
mente de acuerdo con las emanaciones del co- 



José Martí 167 

razón del más ingenuo y más distinguido de 
los cubanos. 

La realidad se impuso á todos. Los que más 
combatieron á Martí, el Sr. Enrique Trujillo 
entre otros, fueron después los primeros en re- 
conocer el mérito indiscutible de su obra ; obra 
á la que nadie le disputa su génesis; ni nadie, 
tampoco, intenta aminorar en ninguna forma. 

Así, con estrechísima cordialidad entre to- 
dos, la hora del desenlace se acercó. El 24 de 
febrero de 1895, el mundo supo que en Baire, 
provincia de Santiago de Cuba, los cubanos 
habían nuevamente dado el grito de indepen- 
dencia. Lo que ese grito significó para nuestra 
historia, continúa ardorosamente fijo en la re- 
tina de todos los cubanos. Hubo un momento 
en que la Isla entera ardía como un volcán en 
estruendosa erupción. Campos, fábricas, pue- 
blos; todo caía al paso de la muchedumbre in- 
vasora que seguía á los generalísimos Máximo 
Gómez y Antonio Maceo. Todo aquello no pa- 
recía sino la venganza divina de algo que que- 
daba atrás. De una tumba solitaria y un cadá- 
ver frío. 



CAPITULO VII 
la caída ln boca de; dos ríos 

El desembarco. — A través de la provincia oriental. — La sor- 
presa de Dos Ríos. — La mejor corona al mártir. 

"Conforme con mi suerte y resignado á morir en 
suelo extranjero, he dado el último adiós á mi patria. 
— José A. Saco. (1845)" 

"El imposible será posible; los locos somos cuer- 
dos; aunque yo bien sé, amigo mío, que no he de 
cobijar mi casa con las ramas del árbol que siembro. 
— José Martí. (1895)" 

En once de abril de 1895, en la playa Ense- 
nada la Caleta, cerca de Maisí, al Sur de la Is- 
la y cerca de Baracoa, desembarcó, acompaña- 
do del generalísimo Máximo Gómez y cuatro 
expedicionarios más, el Sr. José Martí. Ni los 
ruegos del general Gómez, ni las súplicas de to- 
dos sus amigos los emigrados, ni las constantes 
exhortaciones para hacerle comprender que su 
elevada misión estribaba en representar á Cu- 
ba en el extranjero, le hicieron desistir de su 
propósito de recibir el bautismo de fuego ó de 
sangre que le reservara su suerte en el campo 
de la lucha, y á la Isla llegó animoso de ganar 
un puesto en la refriega y una parte de laurel 



José Martí jfig 

en las victorias. La que el fiero é implacable 
destino le ofreció, fué la palma del martirio. 

Durante su travesía por toda la provincia 
oriental, nada de importancia señalan las cró- 
nicas de la guerra. En el Yayal, reunidas las 
fuerzas de Rabí, Lora, Goulet y Maceo, un to- 
tal de quinientos ó seiscientos hombres, bajo el 
supremo mando de Gómez, con motivo de un 
consejo de guerra que condenó á muerte á un 
soldado, Martí pronunció un discurso lleno de 
ardor guerrero, que concluyó por pedir miseri- 
cordia para el condenado. Petición, ésta, á la 
que, con su recia voz de veterano aguerrido, 
contestó Gómez con estas trágicas palabras, de 
espantosa necesidad en la vida de todas las re- 
voluciones.^ "Cubanos: ése no es un soldado de 
la patria, sino un asesino, y la sentencia ha de 
cumplirse". Esta fué la primera vez que Martí 
desenfrenó su indómita palabra bajo la fresca 
sombra de la selva cubana. 

El dos de mayo, estaban las fuerzas que 
acompañaban á Martí en la jurisdicción de 
Guantanamo y de allí dirigió una carta al 
Herald, de New York, que suscribió en unión 
del Generalísimo, dando cuenta del estado del 
movimiento, el entusiasmo que la campaña ha- 
bía despertado en todo el país v del asombro- 
so contingente que por días nutrían las hues- 
tes libertadoras. En nueve de mayo, desde 
Altagracia, dirigió otra carta á Patria, dando 
cuenta de sus emociones personales y de las es- 
peranzas que alentaba de un próximo triunfo- 
esta fue la ultima de Martí. Diez días después' 



170 América 

acompañado de las fuerzas del generalísimo 
Gómez, estaba en el término municipal de Pal- 
ma Soriano, muy cerca del río Contramaes- 
tre; río éste que forma el lindero del término 
con el de Jiguaní. Parécenos oportuno hacer 
una descripción de esta región oriental, en la 
que vamos á presenciar el desarrollo del más 
memorable acontecimiento de nuestra guerra 
emancipadora. 

Si de la desembocadura del río Cauto traza- 
mos imaginariamente una línea horizontal has- 
ta la punta de Maisí, dividimos en dos mitades, 
casi perfectas, la gran provincia oriental cuba- 
na, y con la misma perfección, habremos divi- 
dido el más grande y fecundo de los valles an- 
tillanos. El gran sistema de montañas que, más 
ó menos pronunciadamente, atraviesa todo el 
territorio de la nación, al entrar en la región 
oriental, va descendiendo lentamente hacia eí 
Sur, hasta deponer toda su majestad, en la 
cumbre del Cobre, desde donde, á derecha é 
izquierda, queda convertida en la Sierra Maes- 
tra, y se levanta orgullosa é imponente como 
muralla que desafía los frecuentes huracanes 
hijos del Caribe, desde la Punta de Maisí has- 
ta el Cabo Cruz. La cuenca que limita esas 
montañas es la conocida por el valle del Cauto, 
y la única abundante en ríos que nos muestra 
el suelo de la República. Infinitas corrientes 
que se desprenden á todo lo largo de la mon- 
taña central forman un sistema de ríos, cuya 
concentración en el centro del valle forma el 
nutrido caudal del Salado. Hacia el Sur, la Sie- 



José Martí 171 

rra Maestra, á su vez, hace manar sus aguas 
en corrientes que en su parte más occidental se 
vierten en el gran golfo de Guacanayabo; las 
más orientales, formando el Cautillo y el Con- 
tramaestre, corren hacia el centro del gran va- 
lle, para convertirse en el más opulento de 
los ríos nacionales, el cual, corriendo horizon- 
talmente desde su nacimiento hasta la desem- 
bocadura, se une con las aguas que arrastra el 
Salado en la mitad de su trayectoria, abriendo 
de ese modo el navegable cañón del Cauto has- 
ta su desagüe en el golfo Guanacayabo. 

Este magnífico valle, poblado de selvas don- 
de crecen todos los ejemplares de que orgullo- 
sámente está enriquecida nuestra vegetación, 
desde la quiebrahacha y el jiquí, compactos y 
resistentes, hasta el suave y alteroso cedro, es 
la que estaba destinada á sentir el disparo que 
hiriera mortalmente á Martí, y á recoger los 
últimos estremecimientos de sus labios mori- 
bundos. 

El lugar donde el Contramaestre une sus 
aguas con el Cauto es conocido con el nombre 
de Dos Ríos. Una finca que al margen de am- 
bos cae, dedicada al variado cultivo tropical, 
recibe asimismo el nombre del lugar. 

Cerca de esa finca, á la distancia aproxima- 
da de dos leguas, estaba el campamento de las 
fuerzas patriotas que vivaqueaban, y las que 
autorizadas versiones hacían fuertes en seis- 
cientos hombres. 

Era cuestión decidida que Martí abandona- 
se el campo de la guerra y marchase al extran- 



172 América 

jero á servir con su talento la causa de la liber- 
tad de Cuba. Después del almuerzo, efectuado 
entre nueve y diez de la mañana, se pronuncia- 
ron patrióticos discursos á las fuerzas, tras los 
cuales, José Martí, acompañado de una escolta 
no mayor de diez hombres, salió en dirección á 
la costa, donde procurarse en la primera opor- 
tunidad embarque para el extranjero. 

Al entrar en la finca Dos Ríos, distante una 
legua ó legua y media del campamento insu- 
rrecto, la escolta de Martí, de improviso, sor- 
prendió una avanzadilla de varios soldados es- 
pañoles, mandados por un sargento, sobre la 
que cargaron al machete, Martí entre ellos, ani- 
quilándola por completo. A los pocos tiros que 
dispararon los soldados de la avanzadilla, la 
compañía que formaba el grupo de vanguar- 
dia de la columna del coronel Sandoval se 
aprestó á la defensa, y en esos momentos, el 
práctico Oliva, que estaba en el núcleo de la 
compañía, vio un caballo moro que corría des- 
bocado en dirección á ellos, y reconociendo en 
él á un enemigo, encañonó su rifle y atravesó 
con el plomo de su proyectil la garganta del ji- 
nete, que cayó exánime á tierra, en los instan- 
tes mismos en que el resto de la compañía dis- 
paraba á discreción contra el resto de la escolta 
de Martí, la que, ante el número ignorado de 
sus enemigos, se dispersaba en lo impenetrable 
de las selvas colindantes. Recogido el cadáver, 
que comprobaba por la documentación la posi- 
bilidad de que fuera el de José Martí, el coro- 
nel Sandoval ordenó al médico de la columna 



José Martí 173 

que hiciera el examen de los soldados muertos 
y dispusiera su inmediato enterramiento, y dio 
la señal para que la columna se pusiera en in- 
mediata y reforzada marcha hacia el pueblo 
cercano, conduciendo el cadáver de Martí. El 
médico, que mientras disponía el sepelio de sus 
compañeros, pensaba en el horrendo golpe que 
la casualidad había asestado á la causa cubana, 
se dio cuenta exacta de que el día no podía ter- 
minar sin una desesperada y sangrienta lucha 
por parte de los cubanos; y aterrado, más que 
por la posible pérdida del cadáver que condu- 
cían, por la imponente carnicería que presen- 
tía si las fuerzas cubanas estaban próximas al 
trágico lugar de la caída del más ilustre de los 
patriotas, en un pedazo de papel blanco, escri- 
bió estas palabras : "Llevamos prisionero y he- 
rido á vuestro presidente, y si nos atacan, le da- 
remos muerte" ; papel que fué fijado en el tron- 
co de un árbol, el más visible del camino. Por 
él, por este papel, que estuvo mucho tiempo en- 
tre otros del general Gómez, la columna de 
Sandoval entró en Remanganagua sin ser hos- 
tilizada en lo más mínimo. 

Así murió Martí; así se acabó para siempre 
la energía animadora y fecunda de un gran ce- 
rebro. 

Todos los años, cuando se aproxima el mo- 
mento de evocar estos recuerdos, la imagina- 
ción tropical desborda su fantasía, que á rau- 
dales derrama lo más galano de su imaginación 
en trozos fúlgidos de un épico sentimentalis- 
mo; desde entonces hasta hoy, se tejen en su 



174 América 

memoria guirnaldas ricas en espejismos dolo- 
rosos, en largas odas ó en prolongados discur- 
sos de una resonancia que electriza. Es el cora- 
zón quien se conmueve; el pensamiento queda 
arrollado por la vertiginosa exaltación san- 
guínea. 

Todo eso es muy bueno, muy recomendable, 
muy natural, y entre nosotros puede decirse 
que es muy humano, ya que responde al fondo 
y á la idiosincracia de nuestro pueblo. Pero 
Martí merece algo más que todo eso. Ni aun si- 
quiera con estatuas se honra su memoria. Mar- 
tí merece que se le evoque en cada una de las 
conquistas alcanzadas por el pueblo cubano; 
que se le tenga en cuenta en cada uno de los 
actos que se realicen para afianzar esas con- 
quistas, para que su recuerdo nos contenga en 
cada uno de los desaciertos ó retrocesos en que 
por atavismos caiga la nación ; esta nación, cu- 
ya bandera él simboliza. 

No muchas lágrimas, ni muchos himnos, ni 
mucha literatura ampulosa; hay hechos que le 
prestan más brillo, más gloria, más renombre 
y más grandeza á su martirio, que todos los 
volúmenes de literatura escrita y por escribir 
que existan en toda la redondez del mundo; y 
eso es lo que en su memoria nosotros vamos á 
hacer 

Cuba ha dejado de ser una colonia para con- 
vertirse en pueblo independiente, con las rien- 
das de sus destinos en sus propias manos, y 
eso, lo debemos sustancialmente á Martí. Por 
él rige entre nosotros una constitución demo- 



José Martí 175 

crática, y reina en el orden político un sistema 
francamente autonómico, tanto en la esfera 
provincial como en la municipal; por él, el 
pueblo cubano puede emitir libremente su pen- 
samiento, de palabra ó por escrito; como libre 
es también el variadísimo instinto de asocia- 
ción, ya sea en el orden social, político, ó en el 
religioso y económico. Por él, el territorio de la 
República está atravesado por las paralelas del 
ferrocarril, y las lámparas eléctricas iluminan 
la mayor parte de nuestras poblaciones, dándo- 
les el aspecto civilizado de que hasta entonces 
carecían. Por él, Cuba, que se presentaba á la 
imaginación de los extranjeros como la tene- 
brosa región de la muerte, es hoy el segundo 
de los pueblos en el mundo en cuanto á higie- 
ne, y sus estadísticas de mortalidad solamente 
son aventajadas por las de la culta Australia. 
Por él, una corriente de cultura se difunde por 
el territorio nacional, de tal modo, que, antes 
de que se cumpla media centuria de su muerte, 
la colonia analfabeta que él, con todas sus an- 
sias, quiso arrancar y arrancó de su condición, 
se habrá convertido en país poblado por masas 
que saben leer y escribir. A él se lo debemos 
todo. Su caída en Dos Ríos fué para levantar 
á un pueblo, despojándolo de una tiranía secu- 
lar que lo arruinaba y lo maldecía. 

Y cuando en hora aciaga y perturbadora la 
ley de herencia, ó espasmódicas corrientes atá- 
vicas, levanten bajo el cielo azul de Cuba libre, 
libre por él, corrompidas instituciones colonia- 
les, que, por ser de origen vicioso, son del agrá- 



176 América 

do de todas las muchedumbres que se han he- 
cho al calor de los tiranos; cuando, por ejem- 
plo, se diga en esta tierra que los gallos, los to- 
ros y la lotería son cubanos, y por serlo el pue- 
blo los desea, acordémonos de que esos fueron 
los medios que la soldadesca empleaba para 
mantenernos en la servidumbre, arruinando 
nuestra moral y corrompiendo nuestras facul- 
tades cívicas; acordémonos de que la colonia 
protegía la valla en lugar de la escuela, el gua- 
teque en vez del instituto, la timba mejor que la 
universidad. Recordemos aquellas frases que 
escupía Tacón al rostro de nuestro pueblo, ase- 
gurando que él lo gobernaría con tiple, baraja 
y gallos, de una parte, y por otra, haciendo pú- 
blica granjeria de todas nuestras manifesta- 
ciones y actividad gubernamental, lo mismo 
administrativas que judiciales, y entregando al 
mejor postor irritantes monopolios é indignas 
y defraudadoras concesiones, para que el cu- 
bano no tuviese nunca en donde emplear su ac- 
tividad, ni nada que pudiese llamar suyo en su 
propio suelo ; no olvidemos nunca aquel memo- 
rable período de su discurso en que preveía en 
"nuestra Cuba, libre en la armonía de la equi- 
dad, la mano de la colonia, que no dejará á su 
hora de venírsenos encima, disfrazada con el 
guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, 
que hay guantes tan bien imitados, que no se 
diferencian de la mano natural! A todo el que 
venga á pedir poder, cubanos, hay que decirle á 
la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano, ó 
guante?" Y entonces, pensemos que para bo- 



José Martí 177 

rrar todo esto del mapa de Cuba, y para lim- 
piar su atmósfera de tanta impureza colonial, 
Martí creó la guerra, y combatiendo en ella 
murió pensando en una república como él la 
concibiera: sin guante colonial. 

Si los cubanos siguen su orograma, la Re- 
pública se salva, y la tumba de Martí habrá re- 
cibido la ofrenda más deseada y la veneración 
más solemne de su pueblo. De lo contrario, Cu- 
ba no se pierde, que físicamente un territorio 
todo lo resiste, hasta la pérdida de sus institu- 
ciones; pero si esto resulta, no importan him- 
nos, ni discursos, ni estatuas; hecha la afren- 
ta, la tumba de Martí habrá entonces de estre- 
mecerse horrorizada. ¡Hagamos, pues, que la 
mejor corona para esa tumba sea en definitiva 
la que aquí acabamos de pedir con toda since- 
ridad, porque con ella, solamente con ella, ha- 
bremos de rendir la consideración y homenaje 
á la memoria de quien merece el respeto del 
pueblo cubano! 



CAPITULO VIII 

LABOR LITERARIA DE MARTI 

Vida interna. — Una página de los Episodios Cubanos, de Ma- 
nuel de la Cruz. — La onda sentimental. — Nebulosa galanura 
del prosista. — Turbulencia del tribuno. — La sencillez del 
poeta. — Serenidad profunda del pensador. 

"Desgracia de Cuba que no florezcan en su suelo 
muchos de los aventajados ingenios que sabe produ- 
cir. Heredia vivió y murió desterrado, y apenas lle- 
garon furtivamente á sus compatriotas los inspirados 
tonos de su lira. — G. G. de Avellaneda." 

La actividad mental se manifiesta en varias 
formas entre los escogidos de la especie hu- 
mana. Hay seres que van por la vida recogien- 
do las impresiones que reciben, para reprodu- 
cirlas luego con el ropaje más nuevo y rico que 
la sensibilidad artística les consienta. La expo- 
sición amena es la única nota original que en 
ella se destaca. Son verdaderos paisajistas, 
mentes descriptivas que, copiando la realidad 
viviente, despojados de extravagantes creacio- 
nes imaginarias, alcanzan un valor y prestan 
un encanto extraordinario á la labor positi- 
vista. Esos hombres, muy raros, hacen vida 
externa; tienen su alma en constante contacto 
con la realidad; la recogen tal como ella es, y 
así la presentan, alegre ó triste, pero sin poner 



José Martí 179 

al cuadro otra intención que aquella que en el 
desenvolvimiento de la vida humana ella pue- 
de haber tenido, ó en el futuro tener. Y, por 
ello, lo mismo describen el desbordamiento de 
un río que la querella de un matrimonio. 

Pero entre los privilegiados del talento hay 
otros á quienes la vida impresiona y cada acto 
ó movimiento de ella les da materia inagotable 
para sus deducciones ó comentos. Esos hom- 
bres no hacen vida exterior más que momen- 
táneamente. Cruzan codeándose con la multi- 
tud sin observarla, sin darse apenas cuenta de 
que la atraviesan. Llevan la cabeza rellena con 
una idea, alrededor de la cual pasan todos sus 
pensamientos. Ya es hecho que tratan de es- 
crutar en toda su génesis de causa ó efecto y. 
sus complejas relaciones con todas las demás 
que le rodean. A veces, el fondo del pensamien- 
to es un ideal con todos los caracteres de lo in- 
verosímil y quimérico, y entonces ya no es una 
hora, ni una semana, ni año, sino toda la vida, 
la que consagra á su solución ó conquista. Los 
que representan este último género compren- 
den el cerebro de Martí. Nada, ó muy poco, 
hay por él tratado, en sus discursos, en sus ver- 
sos, en sus artículos, que no se relacione, direc- 
ta ó indirectamente, con la esencia substancial 
y predominante de su psicología: la redención 
de su patria. El que conozca la labor intelec- 
tual de León Tolstoi, la verá siempre encami- 
nada á la mística consecución de una más hu- 
manizante socialización de la existencia del 
hombre. Y lo mismo coloca sus ideas en la 



180 América 

mente del auriga adormilado en el punto de las 
calles de Petersburgo, que en la mente de un 
caballo á quien un oficial fustiga huyendo con 
Una mujer raptada y que llama "suya". 

Asi fué, con respecto á la emancipación de 
Cuba, la labor intelectual de José Martí. Pare- 
ce que en el desarrollo mecánico del cerebro, 
los grandes principios que han de constituir el 
fondo y la forma de una mentalidad se reali- 
zan en forma de canales, en los que uno es el 
principal y los otros secundarios ó accesorios, 
dando con ello lugar á que la emisión de toda 
idea pase y se bañe en las impresionables aguas 
del conducto principal. Sólo así se explica la 
existencia de las obsesiones, de las ideas fijas y 
dominadoras del alma. 

Por otra parte, la vida de esos hombres se 
caracteriza por su exterioridad sencilla, "des- 
preocupados", como vulgarmente se les llama, y 
con razón, porque no se contagian con los mo- 
dales ni con la moda. Viven en un mundo que 
es el suyo y que radica en las profundidades de 
su alma; siempre en elaboración sistemática y 
continuada, á esos hombres á veces se les salu- 
da y no contestan, porque si es verdad que lle- 
van los ojos abiertos, no es menos cierto que el 
esfuerzo de su retina es vago, indiferente, 
cuando no converge, como todos los demás es- 
fuerzos de su energía, á la lucha interna que 
está planteada en lo más profundo de su crá- 
neo. 

Coged un buen retrato de Martí y deteneos 
un rato en el análisis del efecto que produce su 



José Martí 181 

mirada, y quedaréis convencidos de que el efec- 
to es que no mira nada; que sus ojos están ve- 
lados por dulcísima indiferencia, como si so- 
ñara; y es porque Martí hasta frente al lente 
fotográfico está pensando, y sus pensamientos 
fueron siempre de un hondo sentimiento, lo 
que hizo de él "un espíritu melancólico, un al- 
ma triste", como dijo Manuel de la Cruz. 

Esa cualidad sobresaliente en Martí presta 
un sello principalísimo á sus trabajos, que no 
fueron nunca otra cosa que momentáneas des- 
cargas de su agitada existencia. 

Tengo á la vista el tomo de los "Episodios 
de la Revolución Cubana", que su autor, Ma- 
nuel de la Cruz, regalara á Martí, y no hay na- 
da más interesante al observador que seguir en 
sus páginas la intranquila é inquietante labor 
de anotaciones que en sus márgenes realizara 
Martí. Paréceme que este libro constituye hoy 
el documento más indispensable para la recons- 
trucción de la psicología del Apóstol. Allí se 
estampan gritos, explosiones de entusiasmo, 
junto á profundas sentencias ó á conmovedo- 
ras profesías. Lo primero que revelan esas pá- 
ginas es que ellas fueron leídas á través de las 
calles, á pie ó en la agitada velocidad de los 
tranvías; quizás en ascenso y descenso de los 
elevadores. Son trazos al lápiz, nerviosamente 
grabados, cuando la lectura le arrancaba un 
pensamiento, con la misma celeridad y fulgen- 
cia con que el contacto arranca el relámpago á 
los cielos. 



182 América 

La mayor parte de esas anotaciones son in- 
inteligibles. Los caracteres, lo escrito, no pare- 
ce letras; más bien semejan signos taquigráfi- 
cos que hay que adivinar en su mayor parte. 
Pero de todos modos, ello es precisamente lo 
que revela y exterioriza el fondo de su menta- 
lidad, de concepción brusca, instantánea; de 
tal modo, que su lápiz no da tiempo ni puede 
tenerlo para seguir la salida vertiginosa de su 
idea. Sobre todo, ellos denuncian la incansable 
actividad de Martí, que leía siempre y en to- 
das partes, sin que el ruido de la vida mecáni- 
ca que lo envolvía le estorbara; lo que com- 
prueba la exactitud de las palabras de Varona 
cuando dijo "que atravesó la vida como quien 
lleva en las manos antorcha y pebetero". 

En la página 45 del libro que analizamos 
hay este párrafo: 

"Poco después un oficial decía : 

— ¡Todos listos! 

— ¡A ellos! — repitió Céspedes, clavando los 
acicates y desnudando el tajante acero. 

Y al galope, á la cabeza de los treinta jine- 
tes, arrolló la vanguardia enemiga, abriéndose 
camino por entre ella como impetuosa y pujan- 
te piara de toros corpulentos y bravios que em- 
bistiesen juntos con fiero denuedo; derribando 
á éstos, atropellando á aquéllos, embistiendo, 
atravesando la columna por su eje, saliendo to- 
dos ilesos por retaguardia sin perder un hom- 
bre, ni un caballo, ni una espuela". 



José Martí 183 

Al margen de ese párrafo y á su derecha, 
porque sus cuatro flancos están anotados por 
Martí, se leen estas palabras: 

"Ya nada podemos hacer los que venimos 
después. Ustedes se han llevado toda la gloria". 

En la página 58 de la propia obra se lee este 
otro párrafo: 

"El caballo del teniente coronel Manuel San- 
guily sigue en su loca carrera por las tortuosas 
calles que le abren en su desorden y movimien- 
tos los jinetes españoles. El jinete se adhirió al 
cuello del bruto abandonándose á su instinto. 
Un soldado se echa el arma á la cara para sal- 
var al jinete matando al caballo, pero como és- 
te huía por sobre los brotes de palmas canas, 
con cabeceos de cetáceo, desistió de su deseo, 
por miedo de herir al caballero. Resoplando 
furioso, sigue la carrera hacia el lado opuesto 
de la sabana; pasa junto á un oficial enemigo 
que llevaba en la grupa de su montura un heri- 
do, su propio hermano; va cortando su impul- 
so; da una hocicada contra un árbol, y cae so- 
bre el tafanario á la vez que el jinete, de un 
bote, cae en pie, á su lado. Lo acaricia, gana 
la silla, se enrosca los cabos de las bridas en 
los dedos, y yendo casi de bruces sobre el ani- 
mal, lo encamina á las filas cubanas". 

Al margen de esta página, Martí escribió: 
"Heroica la carrera de Manuel Sanguily". 

Como reflejos luminosos de lo que fué su 
mentalidad y el fondo exquisito de su alma, la 
suerte ha querido que los chispazos de su sen- 
cillo y sentimental corazón no se perdieran, 



184 América 

pues buenas manos lo conservan, guardados en 
las páginas del tomo á que hemos hecho refe- 
rencia. Ellas mostrarán siempre cómo Marti, 
en lo intimo, era un hombre sincero y enamo- 
rado por intuición de la justicia. 

Por otra parte, la prosa de Martí, esa prosa 
que producía con notas tomadas al paso de los 
libros ó de la Naturaleza, era en él el fuego vi- 
vificador de su pluma artista; raro es el pasaje 
que no esté tocado de su acento doloroso. Has- 
ta cuando escribió actos en que prevalecieron 
intensas y brillantes alegrías, Martí las descri- 
be en forma tal, que manan llanto; vean estos 
párrafos, dirigidos á La Nación, de Buenos Ai- 
res, con motivo de una fiesta en New York á 
Washington y la Constitución: 

"Los trenes, mudos, reposan en la orilla. La 
playa, de legua en legua, es un hilo de gente 
que aguarda. Y el que alzó allí los ojos de re- 
pente, al clamoreo repentino, vio al Presidente, 
que venía, como Washington, de la punta de 
Elisabeth, subir al dispatch, el barco de honor, 
lindo como un potro, blanca la chimenea y los 
botes blancos, enmonado y en flor, todo gallar- 
detes, pendones y cintas. ¡Oh muchachos cu- 
riosos, aquellos vapores cargados de humani- 
dad, los amarillos de tres puentes, los blancos 
de música y festín, los de remolque, con seis 
yates á la zaga! Entre cañonazos empieza la 
procesión, y cuernos, chimeneas y campanas. 
New York la veía de lejos, y dicen que oyeron 
que fué como si en el corazón se les levantasen 
las alas. Allá era el cuchicheo, el espumeo, el 



José Martí 185 

susurro de tanto vapor rompiendo la ola. Ni 
hay orden, ni quien lo pida, ni necesidad de él, 
porque el cariño es de ordenada locura, y con 
la mucha regla se le quita gracia. Los vapores 
pequeños le van detrás al dispatch, acercándo- 
sele, codeándose, cambiando de puesto, sacán- 
dose la voz, saludándolo con las banderas que 
se mueven más. 

"Se va como cuando se sueña, fuerte y ligero 
como un novio, inundado de orgullo. El buque 
debe llevar alas. Los jóvenes saludan á una car- 
bonera llena de estudiantes roncos: "¡Oh, me 
muero por ellos !" Las banderas rojas se desta- 
can sobre un jirón de cielo negro sobre el mar 
verduzco. De pronto, los mismos que van de 
pie sienten como si se pusiesen de pie ahora; 
rompen los cañones de los barcos de guerra; 
suenan las músicas; cesan las hélices sujetas; 
exhalan las chimeneas potentes alaridos; pasa 
en una nube, derramando fuego, el dispatch 
veloz ; por sobre el humo, entre las músicas que 
vuelan, con el pueblo de barcos á los pies, ba- 
ñado de sol el pedestal, se alza la estatua de la 
Libertad, levantando el brazo. 

"Calló el estruendo de las chimeneas; no se 
oye más que el ceceo de los vapores y el estam- 
pido de los disparos con sus bocas rojas. Hubo 
como un silencio de almas, como silencio de 
miedo y de iglesia, y cuando al descorrerse la 
humareda apareció brillante y lleno de luz el 
cielo, gozó el hombre lo que ha de volver á go- 
zar cuando, lavado de la fealdad del mundo, 
ponga el pie en los umbrales divinos; entró la 



1 86 América 

flota en New York, por entre montes de hom- 
bres. Roma no lo vio nunca, ni conocieron an- 
tes los ojos humanos, en grado igual, el placer 
de las lágrimas viriles". 

¡Hilo de gente, lágrimas viriles, fealdad del 
mundo! ¿No hay en todo algo de tedioso, de 
amargura y de sollozar á un tiempo ? Otras ve- 
ces, cuando el asunto inflama su sistema, con- 
funde y mixtifica en raro maridaje arrogantes 
brotes de energía con el tono suplicante de un 
quejido, y entonces es cuando la prosa de Mar- 
tí, á pesar de sus brumas, aparece con todo su 
original encanto. En otra correspondencia á 
La Nación, referente á la fiesta de la estatua 
de la Libertad, comienza de esta manera rom- 
pedora : 

"¡Terrible es, Libertad, hablar de ti para el 
que no la tiene !" 

Aquí está la personificación de Cuba en el 
pensamiento de Martí. En el país más libre del 
Universo se considera esclavo, sólo porque su 
patria lo era; de ahí ese arrogante grito que 
parece una maldición. Pero más abajo, como 
salvando un incendio, suelta esta melancólica 
expresión: "Un gramo de poesía sazona un 
siglo". ¿Puede darse variante más sorprenden- 
te en la elaboración de ideas? Esta cualidad, 
más que otra alguna, brindóle el ruidoso éxito 
literario de que se vio nimbado. 

Donde Martí se presentó siempre original 
hasta el genio, fué en la tribuna. La tribuna 
fué el favorito pedestal de su gloria. Pero sus 
discursos no son para leerlos, sino para escu- 



José Martí 187 

charlos. Los que no tuvieron esa fortuna, cuan- 
do leen un trozo de cualquiera de sus oracio- 
nes, ven con los ojos del alma á un hombre de 
figura elegante y continente austero que se ba- 
lancea al ruido de sus palabras, como un alto 
pino al suave soplo de la fresca brisa, y que su- 
surra ó gime según la intensidad de la onda 
que lo agita. Hay períodos que tienen ruido de 
huracanes, y otros, acentos de plegaria, tan 
suaves y conmovedores como los de Jesús en 
su famoso sermón de la montaña. 

La palabra de Martí es invasora, envolvente. 
Como el torrente en la llanura, inunda todos 
los espíritus; como la bruma en el espacio, en- 
vuelve, con su fuego y con su amor, todos los 
corazones. Impresiona como la infinita obscu- 
ridad de la noche, en sus largos períodos de 
nebulosa y artística verbosidad; sobrecoge y 
fascina como la llamarada del relámpago, 
cuando en lo más denso de su lenguaje desen- 
caja, hirviente y punzadora, una idea de liber- 
tad ó de justicia. Por eso se paseó dominando 
en todas las tribunas. 

No como un modelo de sus discursos, pues 
como tal debía insertar el que pronunció el 19 
de diciembre de 1889 en la Sociedad Literaria 
Hispanoamericana, donde las entrañas de la 
indefinida turbulencia de su fraseología dispa- 
raba sentencias como ésta : "del arado nació la 
América del Norte, y la española del perro de 
presa"; ó como ésta otra: "de los recortes de 
las casullas se hace rico un sacristán" ; sino por 
ser el que lo colocó en Cuba, de la noche á la 



1 88 América 

mañana, como el primero de los oradores cu- 
banos de su tiempo, insertaremos el que pro- 
nunció en el Liceo de Guanabacoa el 28 de fe- 
brero de 1879, á la memoria de Alfredo To- 
rroella. 

"No quiere hoy la palabra ardorosa, en flo- 
res de dolor que arrebata el viento, tributar 
pasajero homenaje al muerto bien amado de la 
patria. Aunque si la patria lo amó, no está 
muerto. 

Quieren mis buenos amigos que mi mano 
trémula, caliente aún por el fuego que secó en 
vida su mano generosa, sea la que revele aquel 
espíritu férvido y preclaro con que puso más 
lauros en la frente ceñuda de la patria, carga- 
da ya de lauros enlutados. 

No fué sólo en vida Alfredo Torroella — y á 
su nombre gime el Amor, sin su buen hijo, sin 
su buen bardo — , aquel niño fogoso de atléti- 
cas espaldas, de abundantes cabellos, de ojos 
fúlgidos; aquel tribuno ardiente de todas las 
justicias ; aquel adolescente de ancho pecho, co- 
mo oara que en él cupieran holgadamente to- 
dos los dolores. Que es ley de los buenos ir do- 
blando los hombros al peso de los males que 
redimen. jLos redimidos, allá en lo venidero, 
llevarán á su vez sobre los hombros á los re- 
dentores ! 

Hijo de un hombre honrado, excelsa concre- 
ción de todo elogio, no hubo en su vida acción 
alguna — y las hay admirables — en que no diese 
honra cumplida al buen anciano. No tuvo nun- 
ca para su hijo aquel amante padre esas rude- 



José Martí 189 

zas de la voz, esos desvíos fingidos, esos atre- 
vimientos de la mano, esos alardes de la fuerza 
que vician, merman y afean el generoso amor 
paterno. Puso á su hijo respeto ; no con el ceño 
airado, ni con la innoble fusta levantada — que 
mal puede alzarse á hombre el que se educa co- 
mo siervo mísero — ; no con la áspera riña, ni 
la amenaza dura, sino con ese blando consejo, 
plática amiga, suave regalo, tierno reproche, 
que deja sin arrepentimiento tardío el ánimo 
del padre, y llena de amoroso rubor la frente 
del hijo afligido por la culpa. 

Amigos fraternales son los padres, no im- 
placables censores. Fusta recogerá quien siem- 
bra fusta; besos recogerá quien siembra be- 
sos — que hoy, en esta expansión creciente de 
todos los amores, á despecho de viejos dien- 
tes y ruines mordeduras, se aprietan unos á 
otros en abrazos purísimos los hombres — ; ley 
es única del éxito la blandura; la única ley de 
la autoridad es el amor. 

Y así, con este germen, ¡qué gran hijo ha 
logrado el noble anciano! Proveíale el solícito 
padre de ese caudal pequeño de los niños, siem- 
pre enamorados de las bellezas que cautivan 
en la infancia, de la lámina de brillantes colo- 
res, de los juguetes de acción y de relieve, de 
los elegantes libros extranjeros — ¡que propios 
aún no los tenemos! — ; de todas esas pueriles 
sencilleces que excitan los deseos de aquellos 
días felices, en hora triste abandonados. No es 
el menor sacrificio que á la vida se hace el sa- 
crificio de la infancia : ¡ ay ! ¡ entrar á vivir con 



190 América 

un ramo de flores marchitas en la mano! 

Amplia era la provisión, y cada mañana repe- 
tida; y aquel hermoso niño, en el camino para 
el colegio — que amó siempre — , como nuestras 
mañanas son tan bellas, y todo en ellas palpita 
de esperanzas y de amor, contagiábase de aque- 
lla hora de bodas — sentía, lleno de bien, afán 
de hacerlo — , y no hubo entonces ruda mano 
negra, seca mano blanca, ni humilde falda mí- 
sera que no apretase agradecida la limosna del 
niño compasivo. 

¿Qué amaba él? Los héroes de la historia. 
Su padre le contaba; que nunca deben los pa- 
dres abandonar á otros el molde á que acomo- 
dan el alma de sus hijos ; y con Catón el rudo, 
con la víctima noble de Sphialtes, con la brava 
Lucrecia, con el tremendo Bruto, encendíase 
aquella faz radiosa, y á menudo lloraba lamen- 
tando cómo era ya pasado el tiempo de los hé- 
roes. ¡Cuánto anheló para sí el manto de Ré- 
mulo, la palabra de Hortencio, la toga de los 
Gracos! ¡Si fueran los padres en el hogar, ya 
que no copia, ejemplo al menos de respeto á los 
buenos, los justos y los bravos ! Gene- 
ración de bravos sucediera á esta generación 
anémica y raquítica. 

Lleno del suave aroma de nuestras mañanas ; 
con besos paternales coronada la frente; en el 
amor de los viejos héroes templada aquella in- 
trépida alma presurosa, sintió, con los prime- 
ros albores de la razón, las primeras solicitu- 
des de la gloria. ¡Cuántas veces se inclinó al 
oído de su madre para decirla, con la santa ti- 



José Martí 191 

nudez de todas las primicias, infantiles versos ! 
¡Cuántas, con épicos alientos, tradujo á incul- 
tas y sonoras rimas las hermosas lecciones de 
los griegos! 

Fáciles le eran desde niño todas las formas 
activas de la grandeza y de la belleza. Sentía 
noble encanto en enseñar lo que sabía. ¿Había 
bravo en la comedia casera? El era el bravo. 
¿Era menester un drama de pasiones? Acor- 
dábase de su padre el niño poeta, y allá en el 
alma hallaba elevación para el coturno. ¿Que- 
rían sus jóvenes amigos reir y holgar ? Allí, con 
gran concurrencia de vecinos, al aire, como en 
los grandes tiempos muertos, celebrábase con 
regocijo la nueva obrilla cómica de Alfredo. A 
veces, entre frenéticos vítores, de que en muy 
rara ocasión habló el poeta, el pueblo de los po- 
bres proclamó hijo suyo al niño humilde de los 
sueños, de las limosnas y las lágrimas. ¡ Que es 
doble manera de hacer el bien, de dar pan al 
cuerpo y darlo al alma! 

De fijo fueron aquellos paseos, aquellas co- 
medias olvidadas, aquellos entusiastas espec- 
táculos, origen de ese tono espléndidamente hu- 
manitario que llena de color y de grandeza las 
obras de Torroella. Tal vez aquel espíritu ar- 
doroso, que ponía en la caridad tartto vigor co- 
mo en el verso, juró en silencio, frente á las 
amargas miserias de los menesterosos, ser, con 
el enérgico sostén de sus derechos-, redentor de 
su vida miserable. De allí, sin duda, en aquella 
confusión de altos alientos en humildes hom- 
ares; de aquella verdad triste, fuente única y 



192 



América 



exclusiva, con toda verdad, de la poesía, nació 
luego, con la predicación fogosa de un poeta en 
otro tiempo amado, ese santo fervor con que 
defiende en un drama ruidoso, en discursos fe- 
lices y entusiastas, en versos que no negó nun- 
ca á los pobres, el derecho del triste y del caí- 
do. ¡ Corona de ceniza para los poetas cortesa- 
nos ! ¡ Corona de himnos para la frente del hon- 
rado poeta de los pobres ! . . . . 

Dio al fin, en 1864, á la pública luz, que ha- 
bía alumbrado ya su vida triunfadora de es- 
colar, un volumen de versos. La crítica gene- 
rosa, única fructífera, lo fué sin tasa para el 
privilegiado adolescente. Leyeron sus versos 
las mujeres . . . ¡ Feliz destino de los versos ! . . . 
Creyéronlos los hombres. Mirto tuvieron las 
damas, y ramas de laurel todos, para el cantor 
generoso de los desgraciados de Manila, héroe 
feliz de aquella noble noche en que, con dar li- 
mosna á los necesitados, se dio en Cuba un poe- 
ta. ¡Milagroso premió que alcanza siempre el 
obrar bien ! 

Cristianos amores, honrados deseos, perpe- 
tua ansia de gloria, inspiraban aquellas can- 
ciones juveniles. Era aquél un buen poeta y un 
poeta bueno. Rebelde esclavo de la grave for- 
ma, rompíala á menudo, y decía en un giro pro- 
saico el comienzo de una idea valiente que com- 
pletaba con un hermoso giro. Cuando fruncía 
el ceño, veíase aún bajo el ceño la sonrisa. Pa- 
recía fuerte águila que llevaba en el seno una 
paloma. Así ha cruzado por la vida; tórtola 



José Martí 193 

que ha gemido desde la cumbre de los altos 
montes. 

Vino luego, en noche tormentosa, ancha pla- 
za para el rayo y para el trueno. ¡ Como, al pi- 
sar la escena, pensarían Roma y Grecia ! 

¡Allí estaba, radiante y soberbio, el hijo de los 
héroes! Contra él estrellábase la cólera, como 
las olas que hierven contra el mástil que las en- 
corva y las dirige. Cruzábase de brazos, por- 
que dentro del ancho pecho desbordábase el an- 
cho corazón. Sobre las olas íbase sereno; do- 
mábalas, acallábalas, vencíalas. Se hizo la obra 
buena. Y cuando allá en la alcoba reclinó en la 
almohada la cabeza, una pálida sombra, de so- 
llozos y lágrimas vestida, dijo al bravo poeta: 
"¡ Poeta honrado : contigo me desposo ; tú eres 
mío!" 

Vinieron luego para la Habana noches ven- 
turosas. ¿ Cuándo no lo son las literarias ? . . . . 
La cultura reemplazó á la cólera ; al patio aira- 
do, salón elegantísimo ; á la noche del vasto co- 
liseo, las noches de la feliz Guanabacoa; á las 
intrepaciones de la pasión, murmullos siempre 
gratos de blandas y dulcísimas pasiones. Y 
allá, en la casa de Nicolás Azcárate, uno, y no 
el menos ilustre, de nuestros buenos, trocóse el 
domador de olas en rimador de amores. ¡En 
cuántos labios delicados resbalan ahora las ga- 
llardas y felices estrofas del poeta ! Pareció una 
de aquellas amantes serenatas lluvia fresca y 
copiosa de rocío. Vertió el poeta, sobre aquellas 
cabezas elegantes, desatados de lazos de rosas, 
frescos haces de mayos y abriles .... 



194 América 

No cabe aquella vida en este corto espacio; 
sea, pues, á grandes rasgos terminada. Pero no 
terminada ; comenzada de nuevo. Vinieron, con 
los días sombríos, las fugas de las tórtolas. Y 
á su nido natural fuese el poeta : á Mérida. De 
la morada de todas las cóleras debía ir á des- 
cansar á la morada de todas las sonrisas. En 
la tierra querida cuajábase de nubes nuestro 
cielo; sumergíase todo en negra sombra; los 
árboles, heridos, caían gimiendo; los rebaños, 
á tientas por los valles, maltratábanse en bus- 
ca de ancho campo; ¡y todos se morían, como 
si estuviese pasando por encima de la pobre 
tierra muda un inmenso ángel negro! 

Y al llegar á la playa feliz, volvió los ojos 
el bardo. ¡ Ay ! . . . . que llorando vuelven á sa- 
ber lo que son lágrimas mis ojos ! Y juzgó su 
alma muerta, y la vio desde lejos, errante, so- 
llozando en una palma rota por el rayo .... 

Mérida es tierra de ojos negros y jazmines 
blancos; echa al mar playas de palmas, como 
para recibir mejor á sus hermanos .... ¡ Cuan 
generosa tierra la que nos muestra al llegar 
árboles patrios! 

Con Alfredo Torroella llegó á la buena Mé- 
rida un hombre vigoroso. Creció en el mar, 
á solas con el destierro, el bardo joven. Aque- 
llos campos, vastos y elegantes; aquel hogar 
caliente; aquel lenguaje nuevo; aquella vida, 
tan largo tiempo soñada; aquella atmósfera, 
tanto tiempo apetecida, dieron súbito temple al 
peregrino; y, empuñando el bordón del cami- 
nante, con acero flamígero moviólo á los ojos 



José Martí 195 

de los vehementes meridanos. Cantó á sus poe- 
tas y á sus palmas, poetas de las selvas. 

A cuánto noble y grande halló; ¡nada más 
bello que poder amar á aquel á quien se tiene 
algo que agradecer ! . . . . y fuese cargado de 
laureles, fatigando al mar con poderosos pen- 
samientos, á la noble México. 

¡ Sea con respeto y vivísimo amor oído tu 
nombre, tierra amiga ! ¡ Sepulcro de Heredia ! 
¡ Inspiración de Zenea ! ¡ Tumba de Betancourt ! 
Abrigo fraternal y generoso : prepara tus mon- 
tañas; viste el valle de fiesta; da la lira á los 
bardos; borda el río de flores; ciñe los lirios la 
cresta del torrente; calienta bien los cielos de 
tus cumbres .... ¡Te ama Cuba ! . . . . ¡Y entre 
pueblos hermanos, todas las flores deben abrir- 
se el día del abrazo primero del amor ! . . . . ¡ Tu 
rica Veracruz nos dio sustento; labores San 
Andrés ; aplausos México \ ¡ Tu pan no nos fué 
amargo ; tu mirada no nos causó ofensa ! ¡ Ba- 
jo tu manto me amparé del frío !...-. ¡ Gracias, 
México noble, en nombre de los ancianos que 
en ti duermen; en nombre de los jóvenes que 
en ti nacieron ; en nombre del pan que nos dis- 
te y con el amor de un pueblo te es pagado ! 

Allí, con la energía de las grandes fuerzas, 
surgió Alfredo. Surgió al borde de una tumba, 
la del buen actor Morales, por él honrado en 
quintillas que hicieron fiesta en México. Se 
abrazó á Juárez, y lloró el coloso. Abrazó al 
poeta Justo Sierra, y el teatro entero saludó 
con aplausos conmovedores el abrazo. Las es- 
cuelas, los asilos, las nacionales fiestas tenían 



196 América 

en él poeta natural. ¡ El cantó el valor glorioso, 
la derrota heroica, los árboles cargados de re- 
cuerdos, el amor que consuela, la energía que 
salta, la indignación soberbia que redime ! . . . . 
¡Bendita aquella lira, que descansaba siempre 
en el umbral de los pobres ! 

Amó antes la muerte. ¿Qué mano noble no 
se ha alzado alguna vez á la sien para arran- 
carle airada sus secretos? Pero allí encontró 
hogar para el talento, hogar para el corazón. 

Amó puramente, que es redimirse de terri- 
bles sueños. Y, cargado de deber, amó la vida. 
En demanda del infinito suspiramos ; ¡ bien ha- 
ya la familia, acá en la tierra, hogar del infi- 
nito! Honrábalo su esposa, y él la honraba. 
Amar no es más que el modo de crecer. Tuvo 
hijos y bendijo su fortuna. ¿De qué mal no nos 
cura un pequeñuelo que cabe en nuestras ma- 
nos? 

Orador, arrastró; poeta, sedujo; autor dra- 
mático, oyó de los mexicanos aplausos ferven- 
tísimos. Ora tonante y fiero, ora amoroso y 
manso ; no mermada la generosidad ; enamora- 
do de dos patrias ; fuerte con un nobilísimo ca- 
riño, con el estudio asiduo acendrado, su enér- 
gico talento era para México, no el humilde 
acogido, sino el hijo fervientemente amado. 

Asombro fué más tarde, con su honradez 
pasmosa, en los feraces pueblos de la batalla- 
dora frontera mexicana. Cantor de sus días 
faustos, maestro de sus hijos, guardador de 
sus haberes, alma de sus fiestas. Llamaba así 
á los niños ; siempre con él se vio á los buenos. 



José Martí 197 

El porvenir incierto, la diaria carga de la tris- 
te vida, el clima hostil, el peso de los años, fue- 
ron lentamente hiriendo al autor del no olvida- 
do drama "Amor y Pobreza", del elegante 
"Laurel y Oro", del chispeante "Careta sobre 
Careta", del culto proverbio "El Istmo de 
Suez" ; al que escribió romances con rima deli- 
cada, odas con lírico arrebato, serenatas pro- 
fundas de amor, elegías fuentes de lágrimas 

¡Allá creció, junto al Ajusco viejo, bajo el 
palacio indio, á la agitada margen del río Bra- 
vo! Poeta ilustre, se hizo aquel poeta simpáti- 
co; galano, el incorrecto; admirable, el honra- 
do ; bendecido, el bueno. ¡ Gran aire quieren las 
naturalezas grandes! Necesitaba el continente 
vasto aquel poeta digno de cantarlo. 

¿Cómo hablar de su muerte, si cerré sus 
ojos ? . . . . ¡ Calle yo ahora : también tienen pu- 
dor las lágrimas! 

¿Dónde está ahora la palabra de fuego, el 
corazón inmenso, el generoso aliento, la ya fa- 
mosa lira del poeta?. . . . ¿Dónde el bardo de 
los pobres, de los esclavos, de los mártires ? . . . 
En vano se le busca en otra parte: "está en el 
alma de los mártires, de los esclavos, de los po- 
bres". ¡ Amado será el que ama ; besos recogerá 
quien siembra besos ! . . . . 

¡Muerte! ¡Muerte generosa! ¡Muerte ami- 
ga!.... Seno colosal donde todos los sublimes 
misterios se laboran ; miedo de los débiles ; pla- 
cer de los vanidosos; satisfacción de mis de- 
seos; paso obscuro á los restantes lances de la 
vida ; madre inmensa, á cuyas plantas nos ten- 



198 América 

demos á cobrar fuerzas nuevas para la vía des- 
conocida donde el cielo es más ancho, vasto el 
límite, polvo los pies innobles; verdad, al fin, 
las alas; simpático misterio, quebrantador de 
hierros poderosos; nuncio de libertad. ... ¡Te 
hemos robado un hijo! ¡Digno era de ti, pero 
nos hace falta. Caliéntanos su fuego; animan- 
nos sus cantos; suavízanos su amor; fuerzas 
nos da su indómita energía. Búscalo, si lo quie- 
res, en el hogar de los desnudos, junto al lecho 
de los enfermos, en el corazón de los honrados, 
•en la grave memoria de los hombres, en las pá- 
lidas almas de las vírgenes. Pero si tanto has 
de arrancarnos para llevarlo á tu hondo seno, 
¡ ay ! nunca vengas ; que las vírgenes y los hon- 
rados nos hacen mucha falta. . . . 

¡Muerte, muerte generosa, muerte amiga! 
¡ Ay ! ¡ Nunca vengas !" 

Cuando se lee un discurso de Martí y se- 
guidamente se repasan sus versos, se resiste el 
alma á dar crédito á la sorprendente realidad, 
de que un hombre, en dos géneros, se manifies- 
te en sentidos tan diametralmente opuestos. 
La frase sonora, la ordenación agitada, los zar- 
pazos de león que tanto predominan en los pri- 
meros, desaparecen por completo, y sólo queda 
la inagotable fuente del sentimiento flotante 
en un lenguaje semejante al agua de los lagos. 
Los versos de Martí son como la corriente de 
un río en la parte más nivelada de su curso: 
afluyen suaves, tersas, rumorosas. Sus discur- 
sos, en cambio, son como esas montañas de 
agua despeñadas desde lo alto de las Catara- 



José Martí 199 

tas del Niágara. Razón tuvo Sanguily al decir 
que "su genio se manifestaba bajo el variado 
aspecto de la inteligencia del amor y la resolu- 
ción". 

"El Ismaelillo" es un tesoro de humildad y 
de sentimientos elevados, en que á la par riva- 
lizan el generoso estímulo y la piedad sincera; 
vean esta estrofa: 

¡ Venga mi caballero 
Por esta senda! 
¡ Éntrese mi tirano 
Por esta cueva! 
¡Déjeme que la vida 
A él, á él le ofrezca ! 
Para un príncipe enano 
Se hace esta fiesta. 

¿Puede darse nada más sentimental, gene- 
roso y sencillo? Ni una frase altisonante, ni 
un vocablo fuera de uso, ni una situación for- 
zada; y, sobre todo, donde dice: 

¡ Déjame que la vida 
A él, á él le ofrezca ! 

¿ No es, por sí solo, todo un poema ? ¿ Puede 
darse nada más infantil en el alma de un hom- 
bre que tan hondas agitaciones produjo? 

Sin duda, conociendo su estilo de poeta, lla- 
mó sencilla á otra colección de sus inspiracio- 
nes, en las que se destacan fluidos de una ter- 
nura deliciosa. Así canta el trovador sencillo: 



2oo América 

Yo no puedo olvidar nunca 
La mañanita de otoño 
En que le salió un retoño 
A la pobre rama trunca. 

¿Verdad que es de un tibio candor esta es- 
trofa, como el peluche de suave y rica embelle- 
za, como una gota de rocío en contacto con ra- 
yo de sol ? Pues así son todas, hasta la que, co- 
mo ésta : 

Odio la máscara y vicio 
Del comedor de mi hotel: 
Me vuelvo al manso bullicio 
De mi monte de laurel, 

que siembra pensamientos de una profundidad 
inacabable. Me figuro que si Martí hubiera lle- 
gado á ser miembro de un parlamento, hubiera 
llegado á conclusión igual á la que lo condujo 
el "comedor de su hotel". 

Pero si grandes en magnitud son algunos de 
los pensamientos que Martí dejó regados en 
sus estrofas, otros han quedado de él, desme- 
nuzados y esclarecidos por razonamientos de 
una limpieza y un vigor extraordinario, que 
dan ciertamente motivos para pensar de él co- 
mo del poseedor de una mentalidad susceptible 
para altas y provechosas cosechas. A Martí se 
le podía dar un problema á estudiar; lo hacía 
con éxito, transmitiendo con severidad conti- 
nuada luminosos aspectos, no de efectismos, 
sino producto de su analítica penetración me- 



José Martí 201 

dida y pesada con el auxilio de sus vastos co- 
nocimientos del fenómeno social, é iluminán- 
dolos con la blanca luz que surge de los hechos 
que se comparan. Tenía todas las condiciones 
del observador paciente y sabía levantar su es- 
píritu á las serenas regiones de la filosofía. 
Uno de los ejemplos más claros de esa elevada 
función del cerebro de Martí lo encontramos 
en la ponencia que emitiera como representan-» 
te del Uruguay en la Conferencia Monetaria 
de las Repúblicas de América, que fué convo- 
cada por el gobierno americano en mayo de 
1888. No obstante haber puesto Martí puntos 
de vista que no están conformes, mejor dicho, 
que están desmentidos por la Historia, y sus- 
tentar doctrinas que no encajan ni encajaron 
nunca en la vida política externa, el documento 
revela toda la vigorosidad psíquica de Martí, 
y como ello es lo que aquí se trata de presentar, 
se inserta íntegro; todo él es altamente intere- 
sante, hasta en el brío de sus argumentos y la 
fuerza de su raciocinio para mantener eviden- 
tísimos errores. En ello quizá está su gran 
mérito; tanto, que su trabajo me recuerda los 
de Selden combatiendo en su Mare Clausum el 
Mare liberum de Grocio. Léase lo más princi- 
pal de la ponencia : 

"A lo que se ha de estar no es á la forma de 
las cosas, sino á su estilo. Lo real es lo que im- 
porta, no lo aparente. En la política, lo real es 
lo que se ve. La política es el arte de combinar, 
para el bienestar creciente interior, los facto- 
res diversos ú opuestos de un país, y de salvar 



202 América 

al país de la enemistad abierta ó la amistad co- 
diciosa de los demás pueblos. A todo convite 
entre pueblos hay que buscarle las razones ocul- 
tas. Ningún pueblo hace nada contra su inte- 
rés; de lo que se deduce que lo que un pueblo 
hace es lo que está en su interés. Si dos nacio- 
nes no tienen intereses comunes, no pueden 
juntarse. Si se juntan, chocan. Los pueblos me- 
nores, que están aún en los vuelcos de la ges- 
tación, no pueden unirse sin peligro con los que 
buscan un remedio al exceso de productos de 
una población compacta y agresiva, y un des- 
agüe á sus turbas inquietas, en la unión con los 
pueblos menores. Los actos políticos de las re- 
públicas reales son el resultado compuesto de 
los elementos del carácter nacional, de las nece- 
sidades económicas, de las necesidades de los 
partidos, de las necesidades de los políticos di- 
rectores. Cuando un pueblo es invitado á unión 
por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista 
ignorante y deslumhrado; podrá celebrarlo sin 
juicio la juventud prendada de las bellas ideas ; 
podrá recibirlo como una merced el político ve- 
nal ó demente, y glorificarlo con palabras servi- 
les ; pero el que siente en su corazón la angustia 
de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir 
y ha de decir qué elementos componen el carác- 
ter del pueblo que convida y el del convidado, y 
si están dispuestos á la obra común por antece- 
dentes y hábitos comunes, y si es probable ó no 
que los elementos temibles del pueblo invitante 
se desarrollen en la unión que pretende, con pe- 
ligro del invitado ; ha de inquirir cuáles son las 



José Martí 203 

fuerzas políticas del país que le convida, y los 
intereses de sus partidos, y los intereses de sus 
hombres, en el momento de la invitación. Y el 
que resuelva sin investigar, ó desee la unión 
sin conocer, ó la recomiende por mera frase y 
deslumbramiento, ó la defienda por la poque- 
dad del alma aldeana, hará mal á América. 
¿En qué instantes se provocó y se vino á reu- 
nir la Comisión Monetaria Internacional? 
¿Resulta de ella, ó no, que la política interna- 
cional americana es, ó no es, una bandera de 
política local y un instrumento de la ambición 
de los partidos? ¿Han dado, ó no, esta lección 
á Hispano América los mismos Estados Uni- 
dos? ¿Conviene á Hispano América desoiría, ó 
aprovecharla ? 

Un pueblo crece y obra sobre los demás pue- 
blos en acuerdo con los elementos de que se 
compone. La acción de un país, en una unión 
de países, será conforme á los elementos que 
predominan en él, y no podrá ser distinta de 
ellos. Si á un caballo hambriento se le abre la 
llanura, pastosa y fragante, el caballo se echa- 
rá sobre el pasto, y se hundirá en el pasto has- 
ta la cruz, y morderá furioso á quien le estor- 
be. Dos cóndores, ó dos corderos, se unen sin 
tanto peligro como un cóndor y un cordero. 
Los mismos cóndores jóvenes, entretenidos en 
los juegos fogosos y peleas fanfarronas de la 
primera edad, no defenderían bien, ó no acudi- 
rían á tiempo y juntos á defender, la presa que 
les arrebatase el cóndor maduro. Prever es la 
cualidad esencial de la constitución y gobierno 



204 América 

de los pueblos. Gobernar no. es más que prever. 
Antes de unirse á un pueblo, se ha de ver qué 
daños ó qué beneficios pueden venir natural- 
mente de los elementos que lo componen. 

Ni es sólo necesario averiguar si los pueblos 
son tan grandes como parecen, y si la misma 
acumulación de poder que deslumhra á los im- 
pacientes y á los incapaces no se ha producido 
á costa de cualidades superiores, y en virtud 
de las que amenazan á quienes lo admiran; si- 
no que, aun cuando la grandeza sea genuina y 
de raíz, sea durable, sea justa, sea útil, sea cor- 
dial, cabe que sea de otra índole y de otros mé- 
todos que la grandeza á que puede aspirar por 
sí, y llegar por sí, con métodos propios — que 
son los únicos viables — un pueblo que concibe 
la vida y vive en diverso ambiente, de un mo- 
do diverso. En la vida común, las ideas y los 
hábitos han de ser comunes. No basta que el 
objeto de la vida sea igual en los que han de vi- 
vir juntos, sino que lo ha de ser la manera de 
vivir; ó pelean, y se desdeñan, y se odian, por 
las diferencias de manera, como se odiarían 
por las de objeto. Los países que no tienen mé- 
todos comunes, aun cuando tuviesen idénticos 
fines, no pueden unirse para realizar su fin co- 
mún con los mismos métodos. 

Ni el que sabe y ve puede decir honradamen- 
te — porque eso sólo lo dice quien no sabe y no 
ve, ó no quiere por su provecho ver ni saber — , 
que en los Estados Unidos prepondere hoy, si- 
quiera, aquel elemento más humano y viril, 
aunque siempre egoísta y conquistador, de los 



José Martí 205 

colonos rebeldes, ya segundones de la nobleza, 
ya burguesía puritana ; sino que ese factor, que 
consumió la raza nativa, fomentó y vivió de la 
esclavitud de otra raza y redujo y robó los paí- 
ses vecinos, se ha acendrado, en vez de suavi- 
zarse, con el injerto continuo de la muche- 
dumbre europea, cría tiránica del despotismo 
político y religioso, cuya única cualidad común 
es el apetito acumulado de ejercer sobre los de- 
más la autoridad que se ejerció sobre ellos. 
Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro 
como único derecho: "esto será nuestro, por- 
que lo necesitamos". Creen en la superioridad 
incontrastable de "la raza anglosajona contra 
la raza latina". Creen en la bajeza de la raza 
negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de 
la india, que exterminan. Creen que los pueblos 
de Hispano América están formados, princi- 
palmente, de indios y de negros. Mientras no 
sepan más de Hispano América los Estados 
Unidos, y la respeten más — como con la expli- 
cación incesante, urgente, múltiple, sagaz, de 
nuestros elementos y recursos, podrían llegar 
á respetarla — , ¿pueden los Estados Unidos 
convidar á Hispano América á una unión sin- 
cera y útil para Hispano América? ¿Conviene 
á Hispano América la unión política y econó- 
mica con los Estados Unidos? 

Quien dice unión económica, dice unión po- 
líca. El pueblo que compra, manda. El pueblo 
que vende, sirve. Hay que equilibrar el comer- 
cio para asegurar la libertad. El pueblo que 
quiere morir, vende á un solo pueblo, y el que 



2o6 América 

quiere salvarse, vende á más de uno. El influjo 
excesivo de un país en el comercio de otro, se 
convierte en influjo político. La política es obra 
de los hombres, que rinden sus sentimientos al 
interés, ó sacrifican al interés una parte de sus 
sentimientos. Cuando un pueblo fuerte da de 
comer á otro, se hace servir de él. Cuando un 
pueblo fuerte quiere dar batalla á otro, compe- 
le á la alianza y al servicio á los que necesitan 
de él. Lo primero que hace un pueblo para lle- 
gar á dominar á otro, es separarlo de los de- 
más pueblos. El pueblo que quiera ser libre, sea 
libre en negocios. Distribuya sus negocios en- 
tre países igualmente fuertes. Si ha de preferir 
alguno, prefiera al que lo necesite menos, al 
que lo desdeñe menos. Ni uniones de América 
contra Europa, ni con Europa contra un pue- 
blo de América. El caso geográfico de vivir 
juntos en América no obliga, sino en la mente 
de algún candido ó algún bachiller, á unión po- 
lítica. El comercio va por las vertientes de tie- 
rra y agua y detrás de quien tiene algo que 
cambiar por él, sea monarquía ó república. La 
unión, con el mundo, y no con una parte de él ; 
no con una parte de él, contra otra. Si algún? 
oficio tiene la familia de repúblicas de Améri- 
ca, no es ir de arria de una de ellas contra las 
repúblicas futuras. 

Ni en los arreglos de la moneda, que es el 
instrumento del comercio, puede un pueblo sa- 
no prescindir — por acatamiento á un país que 
no le ayudó nunca, ó le ayudó por emulación y 
miedo de otro — , de las naciones que le antici- 



José Martí 207 

pan el caudal necesario para sus empresas, le 
obliga el cariño con su fe ; que lo esperan en las 
crisis y le dan modo para salir de ellas ; que lo 
tratan á la par, sin desdén arrogante, y le com- 
pran sus frutos. Por el Universo todo debiera 
ser una la moneda. Será una. Todo lo primiti- 
vo, como las diferencias de monedas, desapa- 
recerá, cuando ya no haya pueblos primitivos. 
Se ha de poblar la tierra, para que impere, en 
el comercio como en la política, la paz igual y 
culta. Ha de procurarse la moneda uniforme. 
Ha de hacerse cuanto prepare á ella. Ha de re- 
conocerse el uso legal de los metales impres- 
cindibles. Ha de establecerse una relación fija 
entre el oro y la plata. Ha de desearse, y de 
ayudar á realizar, cuanto acerque á los hom- 
bres y les haga la vida más moral y llevadera. 
Ha de realizarse cuanto acerque á los pueblos. 
Pero el modo de acercarlos no es levantarlos 
unos contra otros; ni se prepara la paz del 
mundo armando un continente contra las na- 
ciones que han dado vida y mantienen con sus 
compras á la mayor parte de los países de él; 
ni convidando á los pueblos de América, adeu- 
dados á Europa, á cambiar, con la nación que 
nunca les fió, un sistema de monedas cuyo fin 
es compeler á sus acreedores de Europa, que 
les fía, á aceptar una moneda que sus acreedo- 
res rechazan. 

La moneda del comercio ha de ser aceptable 
á los países que comercian. Todo cambio en la 
moneda ha de hacerse, por lo menos, en acuer- 
do con los países con que se comercia más. El 



2o8 América 

que vende no puede ofender á quien le compra 
mucho, y le da crédito, por complacer á quien 
le compra poco, ó se niega á comprarle, y no 
le da crédito. Ni lastimar, ni alarmar siquiera, 
debe un deudor necesitado á sus acreedores. No 
debe levantarse entre países que comercian po- 
co, ó no dejan de comerciar por razones de mo- 
neda, una moneda que perturba á los países con 
quienes se comercia mucho. Cuando el mayor 
obstáculo al reconocimiento y fijeza de la mo- 
neda de plata es el temor de su producción ex- 
cesiva en los Estados Unidos, y del valor ficti- 
cio que los Estados Unidos le puedan dar por 
su legislación, todo lo que aumente este temor, 
daña á la plata. El porvenir de la moneda de 
plata está en la moderación de sus producto- 
res. Forzarla, es despreciarla. La plata de His- 
pano América se levantará ó caerá con la plata 
universal. Si los países de Hispano América 
venden, principalmente cuando no exclusiva- 
mente, sus frutos en Europa, y reciben de Eu- 
ropa empréstitos y créditos, ¿qué conveniencia 
puede haber en entrar por un sistema que quie- 
re violentar al europeo, en un sistema de mo- 
neda que no se recibiría, ó se recibiría despre- 
ciada en Europa? Si el obstáculo mayor para 
la elevación de la plata y su relación fija con el 
oro es por temor de su producción excesiva y 
valor ficticio en los Estados Unidos, ¿qué con- 
veniencia puede haber, ni para los países de 
Hispano América que producen plata, ni para 
los Estados Unidos mismos, en una moneda 



José Martí 209 

que asegure mayor imperio y circulación á la 
plata de los Estados Unidos?" 

Una mente tan colosal, ¿no es ciertamente 
una gran desdicha que se perdiera en lo más 
lozano y vigoros de su vida? ¿No cabe aquí re- 
petir aquella su exclamación sublime : "¡ Muer- 
te, muerte generosa, muerte amiga! ¡Ay! 
¡Nunca vengas!" agregando: si fatal y nece- 
sariamente has de venir, ¿por qué te antici- 
pas? A millones tienes los que sólo son es- 
torbo en la sociedad, siendo en ellos mismos 
penosa y aburrida carga la existencia; deja á 
los raros elegidos que crucen la vida derraman- 
do su luz ; troncha lo inútil ; destruye, aniquila, 
lo vulgar ; respeta, ¡ oh muerte generosa !, el ge- 
nio creador que la Naturaleza puso en el alma 
que agitara fugazmente el sincero y puro cora- 
zón de Martí. 

Cuántas y cuántas veces, desde lo alto de 
una colina, contemplando silencioso los anchos 
y profundos valles que la fronda tile con el in- 
finito matiz de su verdura, he sentido, ante la 
anchura del panorama, más profundo que el 
valle y más infinito que el horizonte, la muerte 
de Martí ; y cuántas y cuántas otras, á la mitad 
de una cálida noche de estío, misteriosamente 
agitada por un fresco brisote, cuya muerte es- 
pero para lanzarme á la pesca, el vertiginoso 
viaje de un bólido que se pierde en su infinito 
sondeo del espacio llamó mi atención hacia los 
cielos, y en sus pardos celajes, y en el brillo de 
sus estrellas, así como en el blando crujir de 
las olas sobre la blanca arena, he pensado en 



2io América 

cuanto ocurre en Cuba libre, y evocando al 
creador y mártir de este hecho que tanta sangre 
y desgarramientos ha costado á dos seguidas 
generaciones, me ha parecido que el cielo, el 
mar, las nubes y las estrellas, gemían con do- 
lor, lloraban sobre su tumba solitaria, salván- 
dola del olvido y cubriéndola con el negro, sí, 
pero amoroso, ropaje de la tranquila noche tro- 
pical. 

. Desgracia es que se pierdan los hombres 
más necesitados; pero esa desdicha raya en 
crueldad cuando los que le sobreviven olvidan 
sus actos ó quebrantan sus palabras ó desde- 
ñan sus invocaciones. 

¡Desgracia, desgracia asoladora é irrepara- 
ble para la patria, es que en la inerte y espan- 
tosa soledad de la tierra helada, bajo la som- 
bría losa sepulcral, se encuentre, convertido en 
míseros despojos, el cráneo que en sublime ins- 
piración concibiera una república "cordial, con 
todos y para todos!" 



BIBLIOGRAFÍA DE JOSÉ MARTI 



El Ismaelillo. i t. New York, 1882. 
Versos sencillos. 1 t. New York, 189 1. 
Cartas á Juan Bonilla. 1 t. Habana, 1903. 

Colección de Gonzalo de Quesada. 

El presidio político en Cuba. La primera edi- 
ción vio la luz en Madrid en 1871, en un fo- 
lleto. 

A mis hermanos muertos el 27 de noviem- 
bre. Elegía. 

¡27 de noviembre! Reproducción de una ho- 
ja fijada en lugares públicos de Madrid, para 
conmemorar el primer aniversario del fusila- 
miento de los estudiantes de medicina en la 
Habana. 

Discurso leído en la velada del 28 de febrero 
de 1879 del Liceo de Guanabacoa, para honrar 
la memoria del poeta Alfredo Torroella. Ras- 
gos biográficos. 

El Comité Revolucionario Cubano en Nueva 
York. Proclama. 

Lectura en Steck Hall, Nueva York. 24 de 
enero de 1880. 



212 América 

Céspedes y A gr amonte. Paralelo. 

José María H ere dia. Julio de 1888. 

Carta abierta al Sr. Ricardo Rodríguez Ote- 
ro. 16 de mayo de 1888. 

Discursos. 10 de octubre de 1888. 

Cuba y los Estados Unidos. Tres artículos. 
Queremos á Cuba, de "The Manufacturer", de 
Filadelfia. Una opinión proteccionista, de "The 
Evening Post", de New York. Vindicación de 
Cuba. Carta de José Martí, publicada en "The 
Evening Post". 

Discurso pronunciado en Hardman Hall el 
10 de octubre de 1889. 

Discurso pronunciado en la velada artístico 
literaria de la Sociedad Literaria Hispanoame- 
ricana, el 19 de diciembre de 1889, a la que 
asistieron los delegados á la Conferencia Inter- 
nacional Americana. 

José Martí, por Manuel de la Cruz. Necroló- 
gico publicado en el diario de Buenos Aires 
"La Nación", el 26 de septiembre de 1895. 

José Martí, por Leandro J. de Viniegra. Ne- 
crológico publicado en "El Industrial", de An- 
tofagasta, el 5 de junio de 1895. 

El Diablo Cojudo. Reproducción del único 
número de este periódico, publicado en la Ha- 
bana el 19 de febrero de 1869. 

La República española ante la Revolución 
cubana. Reproducción de este folleto dado á la 
luz por Martí en Madrid, en 1873. 

Reflexiones destinadas á preceder los infor- 
mes traídos por los jefes políticos á las confe- 
rencias de mayo de 1878 (Inédito). Trabajo 



José Martí 213 

que trata de la convocatoria del gobierno de 
Guatemala, fecha i7 de octubre de 1879, para 
que los jefes políticos de los departamentos se 
reunieran cada I o de mayo á discutir sobre los 
grandes intereses nacionales. 

A José Joaquín Palma. Introducción á las 
poesías de Palma. (Tegucigalpa, 1882). 

Brindis pronunciado en el banquete en honor 
de Adolfo Márquez Sterling, el 26 de abril de 
1879, en los altos de "El Louvre". 

Bl Poema del Niágara. Publicado primera- 
mente en la "Revista de Cuba". Habana, 1883, 
t. XIV, ps. 344-361. 

Bl 10 de abril. Conmemoración de esta fecha 
histórica de la independencia cubana. Vio la 
luz primeramente en "Patria", Nueva York, 
10 de abril 1892. 

Prólogo á los Cuentos de hoy y de mañana, 
de Rafael de Castro Palomino, 1883. 

Discurso. 10 de octubre de 1887. 

Heredia. Discurso pronunciado en Hardman 
Hall, New York, 30 noviembre 1889. 

White. Crónica publicada en la "Revista 
Universal", de México. 

Los Poetas de la Guerra. Prólogo al libro 
Los Poetas de la Guerra, publicado por "Pa- 
tria". 

Cuentos de la Guerra. Bl Teniente Crespo. 
Sobre recuerdos del general Francisco Ca- 
rrillo. 

Antonio Bachiller y Morales. Necrología pu- 
blicada antes en "El Avisador Hispanoameri- 
cano", Nueva York, 24 de enero de 1889. 



214 América 

Carta al Director de "La Habana Elegante". 
Respuesta á un artículo de Manuel de la Cruz 
que se había publicado en este periódico. 

Discurso. A Fermín Valdés Domínguez. 

Un Poeta. Poesías de Francisco Sellen. Pu- 
blicado en "El Partido Liberal", México, 28 de 
septiembre de 1890. 

Espadero. Palabras pronunciadas en la vela- 
da artístico literaria de la Sociedad Literaria 
Hispanoamericana de Nueva York, el 3 de 
marzo de 1891. 

Discurso de José Martí en Hardaman Hall, 
New York, el 10 de octubre de 1890. 

La obra de Martí en su relación con los últi- 
mos sucesos. Discurso del Sr. Nicolás Heredia. 

José Martí como literato. Discurso del señor 
Nicolás Bolet Peraza. 

José Martí, por Domingo Estrada. 

La revolución del trabajo. — Grandes huel- 
gas. — Las reformas de las tarifas en el Con- 
greso. — Proyecto de educación federal. — Laso 
en $18,000. — Huelga y motín de los empleados 
en los tranvías. — Escenas de la huelga. Co- 
rrespondencia á "La Nación", de Buenos Ai- 
res; fecha: New York, marzo 25 de 1886. 

Primavera. — Los quehaceres de la Cuares- 
ma. — La mujer en los Estados Unidos. — La 
hermana del Presidente. — El Presidente se ca- 
sa. — La hermosura de Miss Folsom. — Cleve- 
land en lo doméstico. — Cómo recibe Cleveland. 
— Cleveland y el Congreso. — Los proyectos de 
ley. — Acuñación de la plata. — Reforma de la 
tarifa. — Derrota de un proyecto para aumento 



José Martí 215 

del Ejército. — Obreros y soldados. — Bl Sena- 
dor de la barba blanca., Correspondencia á "La 
Nación", de Buenos Aires; fecha: New York, 
mayo 2 de 1886. 

New York y el arte. — Nueva exhibición de 
los pintores impresionistas. — Los vencidos de 
la luz. — Influjo de la exhibición impresionista. 
— Estética y tendencia de los impresionistas. — 
Verdad y luz. — Desórdenes de color. — El re- 
mador de Renoir. Correspondencia á "La Na- 
ción", de Buenos Aires ; fecha : New York, ju- 
lio 2 de 1886. 

Cleveland y su Partido. — Lucha entre el 
Presidente de los demócratas. — Vicios políti- 
cos de los Representantes. — Cruel tratamiento 
de los presos en la Penitenciaría. — La Máquina 
de levantar. — Sucesos varios. Correspondencia 
á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: New 
York, agosto 9 de 1886. 

Carta de New York. — La vida de verano en 
los Estados Unidos. — Pobres, ricos, campa- 
mentos religiosos, sucesos notables. — Peligro 
grave de guerra entre los Estados Unidos y 
México. — Estudio del conflicto. — Sus antece- 
dentes y su curso. — El Congreso americano 
censura la actitud premiosa de su Secretario 
de Estado. — Actitud firme de México. — Texas 
y Chihuahua. — La opinión y la prensa en este 
conflicto. — Se alaba á México. — Muerte de Sa- 
muel Tilden, el Presidente electo en 1880. — Su 
vida y su carácter. — Ejemplo para los jóvenes. 
— Política honrada. — Su abnegación. — Deja 
tres millones de pesos para fundar una biblio- 



2i6 América 

teca pública. Correspondencia á "La Repúbli- 
ca" (Centro América); fecha: New York, 
agosto 12 de 1886. 

El proceso de los siete anarquistas de Chica- 
go. — El problema del trabajo en Europa y en 
América. — Estudios de caracteres. — El proce- 
so. — El veredicto. — Aplauso unánime. Corres- 
pondencia á "La Nación", de Buenos Aires; 
fecha: New York, septiembre 8 de 1886. 

El movimiento de la prensa. — Los periodis- 
tas de New York. — Grave incidente. — La de- 
volución de las banderas al Sur. — Los vetera- 
nos y Cleveland. — El Presidente no debe subs- 
tituirse á la nación. — El irlandés O'Brien. — 
Honores á McGlynn. — Proyecto de una cate- 
dral protestante. Correspondencia sin dirección 
ni fecha. 

Sobre los Estados Unidos. — Ciudadanos y 
propietarios. — Adelanto de los indios. — La es- 
cuela "Ramona". — Cleveland enfermo. — Influ- 
jo creciente de la mujer norteamericana. — Mrs. 
Cleveland. — La recepción de Año Nuevo. — El 
historiador George Bancroft. — Bosquejo de su 
carácter y de su obra. — Cómo trabaja en su an- 
cianidad. — Un tipo de carácter nacional. Co- 
rrespondencia á "La Nación", de Buenos Ai- 
res; fecha: New York, enero 3 de 1887. 

Revista de los últimos sucesos. — Descripción 
de la primera votación de las mujeres en Kan- 
sas. — Objeto de la ley que concedió el sufragio 
á la mujer. — Heleen Gongar. — Cómo conduje- 
ron las mujeres su campaña. — Espíritu y méto- 
dos. — Heridas en la honra. — Blancas y negras. 



José Martí 217 

— Escenas del día de elecciones. — Resultados. 
— Reseñas de las elecciones que han demostra- 
do el considerable progreso del partido obrero. 
— Victorias y semivictorias. — Se pide que sea 
un partido americano. — Chicago derrota á los 
obreros, por haberse ligado con los anarquistas. 
— La "Nueva Cruzada" del Padre McGlynn. — 
Ovación á McGlynn en el Teatro de la Opera. 
— Espíritu y forma de su cruzada. — Por la 
"Nacionalización de la tierra, y por la concien- 
cia". Correspondencia á "El Partido Liberal", 
de México; fecha: New York, abril 10 de 1887. 
Acontecimientos interesantes. — México en 
los Estados Unidos. — Una reina en Wash- 
ington. — La reina Capiolani. — El "Haulukan" 
y el tierno ce Aloha-óe" . — Honores á la reina. — 
La hermana del Presidente va á dar clases de 
Historia. — Sus méritos. — Su carácter. — Su in- 
dependencia del hermano. — Va á dirigir una 
escuela en New York y á redactar una revista. 
— La mujer americana. — La feria de vacas en 
Madison Square. — Primera visita. — Las leche- 
rías y las lecheras. — La vaca Mar y Ann. — Cer- 
támenes y premios. — Carácter religioso de la 
reforma social. — La reforma no está ligada á 
los trabajadores descontentos. — La "Sociedad 
contra la pobreza". — Una nueva iglesia. — Ade- 
lanto notable de la Sociedad. — Un discurso de 
George. — Reunión entusiasta. — "Nuestra cruz 
va marchando" . Correspondencia á "El Parti- 
do Liberal" de México ; fecha : New York, ma- 
yo 9 de 1887. 



2i8 América 

Primer aniversario de las bodas del Presi- 
dente. — Mrs. Cleveland en Washington. — Gran 
reuiónn de señoras en el Corregimiento de 
Brooklyn. — La mujer americana. — La oradora 
irlandesa. — Las muestras alemanas. — Sociedad 
antropológica de señoras. — La americana de 
ayer y de hoy. Correspondencia á "La Nación", 
de Buenos Aires; fecha:- New York, junio 30 
de 1887. 

Historia de un proceso famoso. — Áspero ve- 
rano. — New York en Julio. — La bahía de no- 
che. — Un pánico en la Bolsa neoyorkina. — Ca- 
so extraordinario de soborno. — Causa y sen- 
tencia del millonario Sharp. — Escenas del ju- 
rado. Correspondencia á "La Nación", de Bue- 
nos Aires; fecha: New York, junio 30 de 1887. 

Cleveland. — Bl incidente de las banderas. — » 
Los veteranos en la Casa Blanca. — Admirable 
escena en el campo de batalla de Gettysburg. — 
"Grises" y "azules" . — La viuda del General 
confederado. — 4 de julio. — Procesión sombría 
en el Sur. — La rasa negra en los Estados Uni- 
dos. Correspondencia á "La Nación"; fecha: 
New York, julio 8 de 1887. 

Varios sucesos. — Trabajo preparatorio de los 
partidos políticos. — El partido nuevo y los so- 
cialistas. — Cleveland y los demócratas. — Blaine 
y su rival Sherman. — Los temperamentos. — 
Una mujer, Mrs. Salters, Presidenta del Ayun- 
tamiento. — Su vida. — La vida del pueblo. — 
Los juegos. — Tributo de Boston al púgil Sul- 
livan. — Los ejercicios de la milicia. — El cam- 
pamento. — Organización del campamento y sus 



José Martí 219 

ejercicios. Correspondencia á "El Partido Li- 
beral", de México ; fecha : New York, agosto 8 
de 1887. 

Sobre la ciencia. — Asamblea anual de la So- 
ciedad para adelanto de la ciencia. — Escenas de 
la asamblea, y sus trabajos y conclusiones prin- 
cipales. — El colegio de Columbio. — Preparati- 
vos para la asamblea. — Los miembros. — Hom- 
bres y mujeres. — Sabios notables. — Las nuevas 
secciones. — Asuntos más interesantes. — La 
educación industrial en las escuelas. — La ense- 
ñanza científica en las escuelas públicas. — An- 
tigüedad del hombre americano. — Un hacha de 
México. — El invento nuevo de Edison,. — El 
hombre de África. — Darwin en la asamblea. 
Correspondencia á "El Partido Liberal", de 
México; fecha: New York, agosto 17 de 1887. 

Desde los Estados Unidos. — Los sucesos. — 
El casino que Vanderbilt regaló á los trabaja- 
dores. — Chauncey Depew y Heney George. — 
Un hombre afortunado. — Un discurso de Van- 
derbilt, y un obispo entusiasta. — Oposición cre- 
ciente á los emigrantes. — El Presidente en San 
Luis. — Incidentes. Correspondencia á "La Na- 
ción", de Buenos Aires ; fecha : New York, sep- 
tiembre 3 de 1887. 

Postrimerías del verano. — Principales suce- 
sos. — Tres convenciones. — Los dos chimpan- 
cés. — La convención de sordomítdos. — Los 
debates. — Elecciones, discursos, bailes, amores. 
— La ley de herencia. — Convención de sociólo- 
gos. — Ideas sobre el arte del censo. — Carácter 
é importancia de los censos. — Problemas actúa- 



220 América 

les. — La convención de "Los prohibicionistas" . 
— Los enemigos del tráfico en licor. — Su im- 
portancia política. — Su programa. — Apuntes 
sobre la situación política; sus cambios y co- 
rrientes. Correspondencia á "La Nación", de 
Buenos Aires ; fecha : New York, septiembre 4 
de 1887. 

En los Estados Unidos. — Días de fiesta y 
días de trabajo. — Procesiones pintorescas. — 
antiguos bomberos. — El gran Tumverein. — 
Niños alemanes. — Obreros. Correspondencia 
á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: New 
York, septiembre 7 de 1887. 

Centenario de la Constitución de los Estados 
Unidos. — Grandes fiestas en Eiladelfia. — Los 
Estados Unidos en 1876. — La obra de la orga- 
nización. — '■ Washington y Franklyn. Corres- 
pondencia á "La Nación", de Buenos Aires; 
fecha: New York, septiembre 19 de 1887. 

Las ferias campestres. — Sucesos principales. 
— Maquinaria agrícola. — La política en las fe- 
rias. — La cura por la fe. — Un santuario de cre- 
yentes. — El milagro en nuestros días. — La her- 
mana Peterson. — Fuerza del campo. — Los 
anarquistas de Chicago. — Se confirma su sen- 
tencia. — Mujeres heroicas. — La novela de Ni- 
na Van Zandt. — Los presos. Correspondencia 
á "El Partido Liberal", de México ; fecha : New 
York, septiembre 22 de 1887. 

Los sucesos de la semana. — Cleveland de via- 
je. — Los pájaros y la estatua de la Libertad. — 
Nezu York en Octubre. — Política. — Los parti- 
dos se preparan á las elecciones. — Una oficina 



José Martí 221 

de elecciones. — Interioridad de las campañas 
políticas. — La mujer en las elecciones. — La 
reunión socialista. — La política y los socialis- 
tas. — Desmanes de la política. — Bl país y los 
socialistas. — Escenas de la reunión. — El otoño. 
Correspondencia á "El Partido Liberal", de 
México; fecha: New York, octubre de 1887. 

México en los Estados Unidos, — Sucesos re-, 
fer entes á México. — Junta de la Liga de la 
anexión en New York. — Se ha de estudiar este 
país por todos sus aspectos. — Cutting preside 
la "Compañía de ocupación y desarrollo del 
Norte de México". — La anexión de Canadá. — 
El "Sun" responde una pregunta sobre la 
anexión de México. — Cutting con la Liga. — 
Dos artículos sobre México en las Revistas de 
junio. — "La Villa de Guadalupe" en el "Amer- 
ican Magazine". — Artículo de Charles Dudley 
y Warner en el "Harper's Magazine" sobre 
Morelia y Toluca. — Warner como escritor. — 
Importancia de su juicio en los Estados Uni- 
dos. — En Toluca le asombra la agricultura. — 
Morelia, como belleza natural, le entusisama. 
— Su juicio hostil. — "Piernas pobres". Corres- 
pondencia á "El Partido Liberal", de México; 
fecha : New York, junio 23 de 1887. 

La República Argentina en los Estados Uni- 
dos. — Un artículo del "Harper's Monthly". — 
Correspondencia á "La Nación", de Buenos 
Aires; fecha: New York, octubre 22 de 1887. 

Cosas del otro mundo. — Ultimas elecciones 
de New York. — Su importancia para la elec- 
ción presidencial. — Triunfan los demócratas. 



222 América 

— Bastidores de la política. Correspondencia á 
"La Nación", de Buenos Aires; fecha: New 
York, noviembre 9 de i887. 

Fiesta de la Liga de propiedad literaria. Co- 
rrespondencia á "El Partido Liberal", de Mé- 
xico; fecha: New York, diciembre 15 de 1887. 

Gran baile en New York. — Crónica de las bo- 
das de plata del famoso club "Union Le agüe" . 
— Origen del club. — El edificio. — La arquitec- 
tura americana. — El baile. — La entrada. — El 
vestuario de señoras. — Los salones. — Notas so- 
bre los vestidos. — Carácter dominante de la 
fiesta. — Apuntes curiosos. — Recuerdos de otros 
bailes.- — La galería de cuadros. — Cuadros céle- 
bres. — "Bl estudio" de Munkacsy; Gérome, 
Delacroix, Nezvville, Jiménez Aranda. Jacquet. 
— La Cena. — Camovito. — Manjares y adornos. 
Correspondencia á "El Partido Liberal", de 
México; fecha: New York, febrero 10 de 1888. 

José Martí, por Rubén Darío. 

Martí y su obra política. Discurso pronuncia- 
do en la velada conmemorativa de la Sociedad 
Literaria Hispanoamericana, la noche del 14 
de marzo de 1896, por Enrique José Varona. 

José Martí y la Revolución cubana. Frag- 
mento de un discurso pronunciado en Chicker- 
ing Hall, la noche del 19 de mayo de 1896, en 
la reunión pública que organizó el Cuerpo de 
Consejo del Partido Revolucionario Cubano, 
para conmemorar el primer aniversario de la 
muerte de su fundador, por Manuel Sanguily. 

La fiesta de la Constitución en Filadelfia.— 
Jm procesión industrial. — La parada. — La ce- 



José Martí 223 

remonia de los discursos. — Recuerdos históri- 
cos. — Los Estados Unidos ante la Constitu- 
ción. — Razones para la nueva Constitución. — 
División y celos de los Estados. — Nacionalistas 
contra estadistas. — Los grandes hombres de 
la Convención. — Oradores políticos. — Wash- 
ington y Franklin. — Hamilton, Madison, Mor- 
ris, Randolf, Patterson, Martin. — Los aboga- 
dos de la Convención. — Historia de las tres 
grandes transacciones. — Los debates. — La es- 
cena de la firma. — "Un sol que nace" . Corres- 
pondencia á "El Partido Liberal", de México; 
fecha: New York, septiembre 28 de 1887. 

Política internacional y religiosa. — Haití y 
los Estados Unidos. — Cleveland. — Mrs. Cle- 
veland. — Los Kindergarten de pobres. — La so- 
ciedad de Nezv York. — El problema religioso 
en los Estados Unidos. — El Cristianismo y la 
Libertad. — El famoso predicador Brooks. — Un 
sermón de medio día en la Iglesia de la Trini- 
dad. Correspondencia á "El Partido Liberal", 
de México; fecha: New York, marzo 4 de 
1890. 

La excomunión del Padre McGlynn. — Cur- 
so del conflicto católico en los Estados Uni- 
dos. — Lucha inútil de McGlynn por introducir 
el espíritu y prácticas de la democracia en la 
Iglesia americana. — Síntesis de los argumen- 
tos, discursos y escritos sobre el conflicto. — 
Actitud de la población católica. — Los secuaces 
del Padre. — El día de la excomunión. — La gen- 
te acude en procesiones á oír á McGlynn, y lle- 
na los teatros. — Extraordinaria escena de la 



224 América 

Academia de Música. — Ovación sin ejemplo. — 
Entrada del Padre. — Indigentes conmovedores. 
— Su doctrina. — Su oratoria. — Su discurso. — 
"¡Contigo hasta la muerte!" Correspondencia 
a "El Partido Liberal", de México; fecha: New 
lYork, julio 20 de 1887. 

Cómo se crea un pueblo nuevo en los Esta- 
dos Unidos. — Una ciudad de diez mil almas en 
seis horas. — Un incendio en New York, y un 
Domingo de Pascuas. — Bl paseo de los ricos. 
— Bl paseo de los negros. — Colonización súbita 
de las tierras libres. — La invasión de los colo- 
nos en Oklahoma. — Cuarenta mil colonos inva- 
den á Oklahoma á la vez. — La tierra de la leche 
y de la miel. — Bl seminoble Osscola. — Rivali- 
dad de los ganaderos y los agricultores. — Ven- 
cen los agricultores. — La peregrinación de en- 
trada. — Miles de carros. — Cuadrillas de jine- 
tes. — Los pueblos vecinos. — La noche en el ca- 
mino. — Muertos. — Tempestad. — Bl domingo 
de las vísperas. — Cuadrillas de mujeres. — Mu- 
jeres solas. — Los veteranos. — Bl sacerdote im- 
provisado. — Bl combate con los intrusos. — Ella 
Dlackburne, la bonita. — La periodista Nannit- 
ta Daisy. — La hora de la invasión. — Desborde 
por las cuatro fronteras. — Carros á escape y 
caballos en masa. — Pie á tierra y posición. — El 
primer tren que llega. — Traición y desconsuelo. 
— ¿Quién trazó la ciudad? — Tiendas, hoteles, 
anuncios. — El banco. — El primer periódico. — 
La primera elección. — La noche en el desierto. 
Correspondencia á "La Opinión Pública", de 



José Martí 225 

Montevideo; fecha: New York, 25 de abril de 
1889. 

Bl gran monumento de los peregrinos y los 
Cristos que han aparecido en el Sur. — El mo- 
numento. — Historia de Plymouth y del monu- 
mento. — Los peregrinos de la "Plor de Mayo" . 
— ha je y la tolerancia religiosa. — Los recuer- 
dos de la bahía. — Reminiscencias de hace cua- 
tro siglos. — Los indios y las fiestas del monu- 
mento. — La poesía de la ceremonia. — Un dis- 
curso indio. — Los indios en los Estados Uni- 
dos. — Los sioux venden su última tierra. — Un 
discurso de nube-roja. — Los dos Cristos. — Un 
blanco y un negro. — Orth, el Jesús. — Lo siguen 
las poblaciones. — La tierra de Canaan. — La 
disputa con los jueces. — Bl Cristo negro. — 
James, el desnudo. Correspondencia á "El Par- 
tido Liberal", de México; fecha: New York, 20 
de agosto de 1889. 

Bl centenario de Washington. — Primera fies- 
ta. — Inauguración de la "Exhibición de retra- 
tos y reliquias". — De lo que se habla en New 
York. — Los provincianos. — La crónica del gran 
baile. — Cisma en la alta sociedad. — Los aristó- 
cratas de la sangre contra los aristócratas del 
dinero. — Despachos é injurias. — La exhibi- 
ción. — La mascarilla de Washington. — Las es- 
padas. — La espada de la inauguración. — La 
plata de mesa. — Cinceladuras y relieves. — Los 
autógrafos: Washington y Lafayette. — Los 
periódicos de acuella época. — Bl traje de seda 
con que Washington juró.— El traje de Martha 
Washington. — La vajilla de campaña y la de la 



22Ó América 

Presidencia. — El baúl de la guerra. — Los re- 
tratos. — Hamilton y Franklyn. — El Wash- 
ington militar de Peule mejor que el Wash- 
ington pomposo de Stitart. — Mrs. Cleveland. 
Correspondencia á "El Partido Liberal", de 
México; fecha: New York, abril 18 de 1889. 

El centenario americano. — Washington y la 
Constitución. — La mano del héroe. — En la paz 
y en la guerra. — ¡Aquellos tiempos, aquellos 
hombres! — El principio de la fiesta. Correspon- 
dencia á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: 
New York, mayo 11 de 1889. 

Bl cisma de los católicos en New York. — Los 
católicos protestan en reuniones públicas con- 
tra la intervención del Arzobispo en sus opinio- 
nes políticas. — Compatibilidad del catolicismo 
y el Gobierno republicano. — Obediencia ab- 
luía en el dogma, y libertad absoluta en la 
política. — Historia del cisma. — La Iglesia 
católica en New York. — Sus orígenes y las 
causas de su crecimiento. — Los irlandeses. — 
— Bl catolicismo irlandés. — Bl "Sogarth 
Aroon" '. — Elementos puros é impuros del ca- 
tolicismo. — Causas de la tolerancia con que se 
ve hoy en los Estados Unidos el poder católico. 
— La Iglesia. — La política y la prensa. — Tra- 
tos entre la Iglesia y la política. — Bl padre 
McGlynn. — El padre McGlynn ayuda al movi- 
miento de reforma en las clases pobres. — Re- 
vista del movimiento. — Carácter religioso del 
movimiento obrero. — McGlynn favorece las 
doctrinas de George, que son las de los católi- 
cos de Irlanda. — El Arzobispo suspende al pa- 



José Martí 227 

dre McGlynn, y el Papa le ordena ir á Roma. — 
El Papa lo degrada. — Santidad del padre Me 
Glynn. — Rebelión de su Parroquia. — Gran 
"meeting" de los católicos en Cooper Union 
contra el abuso de autoridad del Arzobispo. — 
Los católicos apoyan á McGlynn y reclaman el 
respeto á su absoluta libertad política. Corres- 
pondencia á "El Partido Liberal", de México; 
fecha: New York, 16 de enero de 1887. 

Un drama terrible. — La guerra social en 
Chicago. — Anarquía y represión. — El conflicto 
y sus hombres. — Escenas extraordinarias. — El 
choque. — El proceso. — El cadalso. — Los fune- 
rales. Correspondencia á "La Nación", de Bue- 
nos Aires; fecha: New York, noviembre 13 de 
1887. 

La religión en los Estados Unidos. — El ca- 
rácter moral en la República. — La religión ofi- 
cial y la popular. — Las hijas del rey. — Histo- 
ria extravagante. — Escenas extraordinarias . — 
Himnos. — Lágrimas. — Gritos. Corresponden- 
cia á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: 
New York, abril 8 de 1898. 

El terremoto de Chárleston. — Horror del 
primer choque. — Rompe el incendio. — Extra- 
ordinarias escenas. — Escenas de la madruga- 
da. — Torres caídas. — Casas rotas. — Sesenta 
muertos. Correspondencia á "La Nación", de 
Buenos Aires; fecha: New York, septiembre 
10 de 1886. 

Fiestas de la estatua de la Libertad. — Breve 
invocación. — Admirable aspecto de Nezv York 
en la mañana del 28 de octubre. — Los prepara- 



228 América 

tivos de la parada. — El escultor Bartholdi. — 
Aparición de la estatua. — El fragor de los sa- 
ludos. — Imponente escena. — La plegaria del 
sacerdote. — Cleveland y su discurso. — La ben- 
dición del Obispo. — "¡Adiós, mi único amor!" 
Correspondencia á "La Nación", de Buenos 
Aires; fecha: New York, octubre 29 de 1886. 

El libre pensamiento en los Estados Unidos. 
— Muerte de un millonario socialista. — Sus úl- 
timos momentos. — Su obra. — El club del Siglo 
XIX. — El socialismo y los ricos. — Champaña 
y ateísmo. — Libertad y teocracia. — Funerales 
privados. — Llamas azules. Correspondencia á 
"La Nación", de Buenos Aires; fecha: New 
York, 28 de julio de 1888. 

¡Elecciones! — La campaña presidencial en 
los Estados Unidos. — Causas, métodos y tras- 
cendencia de la derrota de Cleveland. — Cle- 
veland en el Gobierno. — La escena por dentro 
y fuera. — Día de elecciones. Correspondencia 
a "La Nación", de Buenos Aires; fecha: New 
York, noviembre 2 de 1888. 

El arte en New York. — Venta de la famosa 
galería Stewart. — Los mejores cuadros. — Pre- 
cios enormes. — El espectáculo. Corresponden-, 
cia á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: 
New York, abril 15 de 1887. 

Un funeral chino. — Los chinos en New 
York. — Creencias. — Ceremonias. — Ofren- 
das. — Trajes. — Cantos. — Emblemas. — Es- 
cenas curiosas. — La procesión. — El entierro. 
Correspondencia á "La Nación", de Buenos 
Aires; fecha: New York, octubre 29 de 1888. 



José Martí 229 

Gran exposición de ganado en Nezv York. — 
La lechería. — La agricultura; sus productos, 
sus auxiliares. — Bl toro triunfante. — Rasas. — 
Modelos. — Criadores. — Alimentación. — Me- 
joras. — Indicaciones. — Premios. Corresponden- 
cia á "La Nación", de Buenos Aires; fecha: 
New York, mayo 24 de 1887. 

Número I. 

A los niños que lean "La Edad de Oro" . 
— Tres Héroes: Bolívar, Hidalgo y S. Martín. 

Dos Milagros. Poesías. 

Meñoque. (Del francés, de Laboulaye). 
Cuento de magia donde se relata la historia 
del sabichoso Meñoque, y se ve que el saber va- 
le más que la fuerza. 

Cada uno á su oficio. Fábula nueva del filó- 
sofo americano Emerson. 

La Ilíada, de Homero. 

Un juego nuevo y otros viejos. 

Bebé y el señor Don Pomposo. 

La última página. 

Número II. 

La Historia del hombre contada por sus ca- 
sas. 

Los dos príncipes. Idea de la poetisa norte- 
americana Helen Hunt Jackson (Poesía). 

Nene traviesa. 

La Perla de la Mora. Poesía. 

Las ruinas indias. 



230 



América 



Músicos, poetas y pintores. 
La última página. 

Número III. 

La exposición de París de 1889. 
Bl camarón encantado. Cuento de magia del 
francés Laboulaye. 
Bl Padre las Casas. 
Los zapaticos de Rosa. Poesía. 
La última página. 

NÚMERO IV. 

Un paseo por la tierra de los Anamitas. 

Historia de la cuchara y del tenedor. 

La muñeca negra. 

Cuentos de elefantes. 

Los dos ruiseñores. Versión libre de un cuen- 
to de Andersen. 

La galería de las máquinas. (Exposición de 
París). 

José Martí, por Justo Sierra. (Soneto). 

José Martí, poeta simbolista, por Francisco 
García Cisneros. 

José Martí. Artículo de fondo del "Sun", de 
New York, por Charles Anderson Dana. 

Bl maestro (Fragmento), por M. J. Gon- 
zález. 

José Martí (Esbozo), por Diego Vicente Te- 
jera. "Patria", noviembre 16, 1895. 

José Martí. (Histoire des litteratures com- 
pareces), por Frederick Loliée. 



José Martí 231 

José Martí. Del libro "Miniaturas", de J. M. 
Vargas Vila. 

La apoteosis de Martí. Discurso pronuncia- 
do por el Dr. Lincoln de Zayas. "Patria", no- 
viembre 6 de 1895. 

Martí juzgado por M. Gomes. Carta del ge- 
neral Máximo Gómez al Sr. F. María Gonzá- 
lez. De "El Mundo", Habana, mayo 18 de 1902. 

José de la Lus y Caballero. Cartas inéditas 
de José de la Luz. "El Economista America- 
no", mayo de 1888. 

José de la Luz. Párrafos. "Patria", noviem- 
bre 17 de 1894. 

Antonio Sellen. "La Juventud", junio i.° de 
1894. 

José Joaquín Palma. "La Juventud", agosto 
16 de 1889. 

Rafael María de Mendive. Carta del Sr. En- 
rique Trujillo. "El Porvenir", i° de julio de 
1891. 

Se van los ancianos. Silverio del Prado, José 
Francisco Lamadriz, Francisco Agüero. "Pa- 
tria", marzo 19 de 1892. 

En la guerra. Ramos de las Cruces "Patria", 
marzo 26 de 1892. 

Bn la ratificación. Juan Fraga. "Patria", 
marzo 26 de 1892. 

Rafael Serva. Para un libro. "Patria", mar- 
zo 26 de 1892. 

Un alma de héroe. Ramón del Valle. "Pa- 
tria", abril de 1892. 

Un español. Mariano Balaguer. "Patria", 
abril 16 de 1892. 



232 América 

En casa. Néstor L. Carbonell. "Patria", abril 
23 de 1892. 

Emilio Agramonte. "Patria", abril 30 de 
de 1892. 

Roloff. "Patria", mayo 7 de 1892. 

Las Antillas y Baldorioty de Castro. "Pa- 
tria", mayo 14 de 1892. 

Carta de un español. Bonifacio Muñiz y Fer- 
nández. "Patria", mayo 14 de 1902. (1892). 

El buen Ayala. "Patria", mayo 21 de 1892. 

Albertini y Cervantes. "Patria", mayo 21 de 
1892. 

Cayetano Soria. "Patria", mayo 28 de 1892. 

Juan Gualberto Gómez en la Sociedad de 
Amigos del País. "Patria", junio 11 de 1892. 

Julio Rosas. "Patria" junio 11 de 1892. 

El colegio de Tomás Estrada Palma en Cen- 
tral Valley. "Patria", junio 2 de 1892. 

Los isleños en Cuba. Ignacio Montesinos. 
"Patria", agosto 2J de 1892. 

Un cubano. Gabriel Torres y García. "Pa- 
tria", septiembre 3 de 1892. 

Caracteres cubanos. Marcelino Valenzuela 
Bondi. "Patria", noviembre i° de 1892. 

José Martínez (El Gallego). "Patria", ene- 
ro 28 de 1893. 

En casa. Fernando Figueredo. "Patria", ene- 
ro 31 de 1893. 

Cristino Martos. "Patria", febrero 14 de 
1893. 

Nuestro "Yara". José D. Poyo. "Patria". 

Vázquez, hermano en la Liga. "Patria", abril 
10 de 1893. 



José Martí 233 

La galería de Colón {The Columbus Gal- 
lery). Libro nuevo de Néstor Ponce de León. 
New York, 1893. "Patria", abril 16 de 1893. 

José Cristóbal Morilla. "Patria", abril 22 de 
1893. 

Preludios. Rafael de Castro Palomino. Edi- 
tor : M. M. Hernández, New York, 1893. "Pa- 
tria", abril 22 de 1893. 

Un cubano en New Orleans. "Patria", mayo 
8 de 1893. 

El general Gomes. "Patria" , agosto 26 de 
1893. 

Antonio Maceo. "Patria", octubre 4 de 1893. 

Julián del Casal. "Patria", octubre 31, 1893. 

Recuerdos de la guerra. — Conversación con 
un hombre de la guerra. — Agramonte. — Los 
chinos. — La Academia de Jimaguayú. — La co- 
mida insurrecta. — "Rabo de Mono" y "Cuba 
Libre". — Balas y cartuchos. "Patria", noviem- 
bre 28 de 1893. 

Pablo Insúa. "Patria", diciembre 5 de 1893. 

Ensebio Guiteras. "Patria", diciembre 28 de 
1893. 

Nicolás Azcárate. "Patria", julio de 1894. 

El libro nuevo de José Miguel Macías. "Pa- 
tria", septiembre 8 de 1894. 

El entierro de Francisco Sánchez Betancourt. 
Crónica del entierro. "Patria", 15 de septiem- 
br de 1894. 

En casa. Salvador Cisneros. "Patria", octu- 
bre 2 de 1894. 

Cirilo Villaverde. "Patria", octubre 30 de 
1894. 



234 América ' 

En casa. Piedad Zenea y Emilio Bobadilla. 
"Patria", diciembre 8, 1894. 

Joaquín Tejada. El pintor cubano y su cua- 
dro "La Lista de la Lotería". "Patria", diciem- 
bre 8 de 1894. 

Manuel Barranco. "Patria", enero 2 de 1895. 

José Martí, por Tomás Estrada Palma. 

José Martí, por Néstor Ponce de León. 

José Martí. Recuerdos universitarios, por Ju-> 
venal Anzola. 

Adiós. Carta de José Martí á Fausto Teodo- 
ro de Aldrey. 

José Martí, por Heraclio Martín de la Guar- 
dia. (Poesía). 

José Martí, por Gonzalo Picón Febres. 

José Martí, por F. Gonzalo Marín (Poesía). 

José Martí, por Numa Pompilio Liona, 
(ecuatoriano). (Poesía). 

Mis recuerdos de Martí, por Enrique José 
Varona. 

José Martí, por F. Henríquez y Carbajal. 
Carta de José Martí á Federico Henríquez y 
Carbajal. 

José Martí. "El Universal", de México, de 22 
de julio de 1894. 

José Martí, por José Manuel Gutiérrez Za- 
mora. "Diario del Hogar", de México, de ma- 
yo 21.de 1896. (Poesía). 

Martí, por Justo de Lara. "Diario de la Ma- 
rina", de la Habana, octubre 25 de 1908. 

Discurso pronunciado en la velada artístico 
literaria de la Sociedad Literaria Hispanoame- 
ricana, el 19 de diciembre de 1889, á la que 



José Martí 235 

asistieron los delegados de la Conferencia In- 
ternacional Americana, publicado en el primer 
volumen de las obras del Maestro, ya agotado. 

Discurso pronunciado en la velada en honor 
de México, de la Sociedad Literaria Hispano- 
americana, en 1 89 1. 

Ignacio Altamirano. "Patria", 24 de marzo 
de 1893. 

El día de Juárez. "Patria", 14 de julio de 
1894. 

Manuel Gutierres Nájera en "El America- 
no". "Patria", 26 de enero de 1895. 

La "Revista Literaria Dominicense", 26 de 
enero de 1895. 

Discurso pronunciado en la velada en honor 
de Centro América de la Sociedad Literaria 
Hispanoamericana, en junio de 1891. 

Domingo Estrada. "Patria", junio 18 de 
1892. 

Marco Aurelio Soto. "Patria", agosto 20 de 
1893. 

Honduras y los extranjeros. "Patria", di- 
ciembre 15 de 1894. 

Martí y Costa Rica. 1893. 

Poesías y artículos de Arsenio Ezguerra. 
"Patria", agosto 6 de 1892. 

Federico Proaño, periodista. "Patria", sep- 
tiembre 8 de 1894. 

Cecilio Acosta. "Revista Venezolana", 15 de 
julio, 1 88 1. 

Eloy Escobar. "El Economista Americano", 
febrero i< 



236 América 

Discurso pronunciado en la Sociedad Lite- 
raria Hispanoamericana, en una velada en ho- 
nor de Venezuela, 1892. 

Páez. "El Porvenir", 11 de junio, 1890. 

Páez y un Cubano. "Patria", 14 de julio de 
1894. 

Juan J. Peoli. "Patria", 22 de julio de 1893. 

"Los arabescos de Bduino" } por José Anto- 
nio Calcaño. "Patria", 12 de agosto de 1893. 
(Poema cubano). 

La fiesta de Bolívar en la Sociedad Literaria 
Hispanoamericana. "Patria", 31 de octubre de 
1893. 

Discurso pronunciado en la velada de la So- 
ciedad Literaria Hispanoamericana en honor 
de Simón Bolivar, 28 de octubre, 1893. 

La velada de Sucre. "Patria", 26 de enero, 

1895. 
Julio Sarria. "Patria", enero 6, 1894. 

La Sociedad Hispanoamericana bajo la do- 
minación española. Libro nuevo del Sr. Vicen- 
te G. Quesada, Ministro argentino en España. 
"Patria", febrero 14, 1893. 

San Martín. Álbum de "El Porvenir". 

Las guerras civiles en Sud América.' "Pa- 
tria", septiembre 22, 1894. 

La Conferencia monetaria de las Repúblicas 
de América. "La Revista Ilustrada", de New 
York, mayo, 1891. 

El alma de Martí. Su testamento político. 
Carta á Federico Henríquez Carbajal. 



José Martí 237 

El general Grant. — Estudio de la formación, 
desarrollo é influjo de su carácter, y de los Es- 
tados Unidos en su tiempo. 

Judah P. Benjamín. "La América", revista 
mensual de industria, comercio, agricultura é 
intereses hispanoamericanos. New York, ma- 
yo, 1884. 

El general Me. Clellan. — Bosquejo de su ca- 
rrera. — Su carácter y significación peculiar. — 
El actor Me. Cullough. Correspondencia á "La 
Nación", de Buenos Aires. 

Hendricks. — Ojeada sobre su carácter. — 
Como crece una persona política. — El gran 
fraude de 18/6. — El sacrificio de Tilden. — Re- 
presentación de Hendricks en la administra- 
ción de Cleveland. — En caso de muerte de Cle- 
veland los Estados Unidos quedarían sin Pre- 
sidente. — Reforma de la Constitución. Corres- 
pondencia á "La Nación", de Buenos Aires. 
New York, 5 de diciembre de 1885. 

Wendell Phillips. 

El Presidente Arthur. — Análisis de su carác- 
ter. — Interioridades é intrigas de la política de 
los Estados Unidos. — Los caracteres menores 
en la política. — Blaine Conkling y Arthur. — La 
presidencia y la muerte de Garfield. — Gobierno, 
ambición y muerte de Arthur. Correspondencia 
á "La Nación", de Buenos Aires. New York, 
15 de diciembre de 1886. 

Grover Cleveland, candidato del Partido De- 
mocrático á la Presidencia de los Estados Uni- 
dos. "La América", revista mensual de indus- 



238 América 

tria, comercio, agricultura é intereses hispano- 
americanos. New York, julio, 1884. 

Roscoe Conkling. — Estudio íntimo de un po- 
lítico americano. — La oratoria famosa de Con- 
kling. — Los bastidores de la política. — Querella 
célebre de Conkling y Garfield. — Carácter y 
grandeza de Conkling. Correspondencia á "La 
Nación", de Buenos Aires. New York, 25 de 
abril de 1888. 

Henry Ward Beecher. — Su vida y su ora- 
toria. 

Los Ingenieros del Puente de Brooklyn. — 
Padre é hijo. — Roebling "La América", revista 
mensual de industria, comercio, agricultura é 
intereses hispanoamericanos. New York, ju- 
nio, 1888. 

El general Hancoock. — Muerte súbita del 
contendiente de Garfield para la Presidencia. — 
El general Hermoso. — Su carrera y carácter. — 
Su casa. — Muere pobre. Correspondencia á "La 
Nación", de Buenos Aires, New York, 12 de 
septiembre de 1886. 

El general Logan. — Candidato á la Presiden- 
cia. — Su carácter, su valor, su oratoria y su sig- 
nificación en la política. — Su esposa. — Los mi- 
litares en las Repúblicas. — Grant y Logan. Co- 
rrespondencia á "La Nación", de Buenos Aires. 
New York, 3 de enero de 1887. 

El general Sheridan. — ¡Felipin! — Sus prime- 
ros años. — Aventuras de colegial. — Con los in- 
dios. — En la gran guerra. — Asalto de una mon- 
taña. — Mando en jefe. — La caballería antes y 
después de Sheridan. — La carrera del caballo 



José Martí 239 

"Rienzi". — De la derrota á la victoria. — La 
campaña del Shenandoah. — Carácter de Sheri- 
dan. — El militar en la república. Corresponden- 
cia á "La Nación", de Buenos Aires. New 
York, 18 de agosto de 1888. 

Desde el Hudson. — El problema del Sud. — 
Los negros. — La soberanía de los Estados Uni- 
dos. — Henry Grady. — El carácter y la influen- 
cia de un orador. Correspondencia á "La Na- 
ción", de Buenos Aires. New York, i.° de ene- 
ro de 1890. 

Recuerdos. — Franklin, Washington, Lincoln 
and Webster. 

La originalidad literaria en los Estados Uni- 
dos. — Louisa May Alcott. 

Bronson Alcott, el Platoniano. 

Whittier. — Un poeta de 80 años. 

William F. Cody.— 'Buffalo Bill". "La 
América", revista mensual de industria, comer- 
cio, agricultura é intereses hispanoamericanos. 
New York, junio, 1884. 

El poeta Walt Whitman. — Fiesta literaria en 
New York. — Vejes patriarcal de Whitman. — 
Su elogio á Lincoln y el canto á su muerte. — 
Carácter extraordinario de la poesía y lenguaje 
de Whitman. — Novedad absoluta de su obra 
poética. — Su filosofía, su adoración del cuerpo 
humano, su felicidad, su método poético. — La 
poesía en los pueblos libres. — Sentido religioso 
de la libertad. — Desnudeces y profundidad del 
libro prohibido de Whitman. Correspondencia 
á "El Partido Liberal", de México. New York, 
19 de abril de 1887. 



240 América 

Nuestra América. "El Partido Liberal", de 
México. Enero 30 de 1891. 

Respeto á nuestra América. "La América". 
New York, agosto de 1883. 

Mente latina. "La América". New York, no- 
viembre 1884. 

México en 1882. "La América". New York, 
junio de 1883. 

La industria en los países nuevos. "La Amé- 
rica". New York, junio de 1883. 

El Tratado Comercial entre los Estados Uni- 
dos y México. "La América". New York, mar- 
zo 1883. 

México, los Estados Unidos y el sistema pro- 
hibitivo. "La América". New York, febrero 
de 1884. 

Adelantos en México. — Mejora y cruzamien- 
to de caballos. — Varias rasas. — Crónica de 
Zootecnia. "La América", de New York. 

México en "Excelsior" . "La América". New 
York, octubre de 1883. 

Juan José Baz. "El Economista Americano". 
New York, diciembre de 1887. 

Juan de Dios Pesa. "El Economista Ameri- 
cano". New York, 1888. 

Guatemala. Edición "El Siglo XIX". Folleto 
publicado en México en 1878. 

La Escuela de Artes y Oficios de Honduras. 
"La América". New York, junio de 1884. 

La estatua de Bolívar por el venezolano Co~ 
va. "La América". New York, junio de 1883. 

El Centenario de Bolívar en Nueva York. 
"La América". New York, agosto de 1883. 



José Martí 241 

Don Miguel Peña. Revista Venezolana. Ju- 
lio 1." de 1881. 

Guerra literaria en Colombia. — "El joven 
Arturo", de R. Me Douall. — "La Escuela", de 
Santiago Peres. "La América", New York, ju- 
lio de 1884. 

Libro nuevo. — Los recuerdos de un octoge- 
nario. — Memorias de la independencia. — San 
Martín, O'Higgins, Cochrane, Blanco, Carrera. 
"La América", New York, febrero, 1884. 

Buenos y malos americanos. "La América". 
New York, abril de 1884. 

Buenos Aires. "La América". New York, 
junio 1883. 

La República Argentina en el exterior. — Una 
sesión en la Cámara de Comercio de Nueva 
York. — La palabra de un antiguo amigo. — Su 
influencia benéfica. — Línea de vapores al Plata. 
— Deberes de los Estados Unidos para con la 
República Argentina. — La lana "ad valorem". 
— ¡Mejores diplomáticos!. "La Nación", de 
Buenos Aires. Junio 22 de 1888. 

"La Pampa". — Juicio crítico. "El Sudame- 
ricano", de Buenos Aires. 20 de mayo de 1890. 

Informe presentado el 30 de marzo de 1891, 
por el Sr. José Marti, delegado por el Uruguay, 
por encargo de la Comisión nombrada para es- 
tudiar las proposiciones de los delegados de los 
Estados Unidos en la Comisión Monetaria In- 
ternacional de Washington. 

Colección facticia existente en la Biblioteca 
Nacional. Ordenada como sigue: 



242 América 

José Martí. De una fotografía del año 1890. 

Yo evoque la guerra Frmado : José 

Martí. 

José Martí. "La Verdad", 3 de noviembre de 
1894. 

La muerte de Martí. Despacho del general 
español Salcedo. "El País", Habana, 22 de ma- 
yo de 1895. 

Informe del general Salcedo. "El País", Ha- 
bana, 21 de septiembre, 1895. 

Cómo murió Martí. "La Discusión", Haba- 
na, 19 de junio de 1895. 

Martí. "Patria", Habana, mayo, 1899. 

Cartas de José Martí. Firmada la primera: 
José Martí; y la segunda: Martí. "Patria", 
Nueva York, 1895. 

Voces supremas. Del libro "Miniaturas", 
por J. M. Vargas Vila. José Martí. 

Martí y su obra política. Discurso por Enri- 
que José Varona. New York, 1868-1895. Cés- 
pedes y Martí. Discurso por Manuel Sanguily, 
New York, 1895- 1896. 

Homenaje al gran patriota cubano José Mar- 
tí. Tomás Estrada Palma. "Patria", Nueva 
York, 13 de julio, 1895. 

Manuel Sanguily y José Martí y la Revolu- 
ción cubana. (Discurso). New York, 1896. 

José Martí. "El Porvenir", Nueva York, 27 
de mayo, 1895. Traducción de un artículo pu- 
blicado en "The Sun", de New York, por M. 
Charles A. Dana. 



José Martí 243 

, Homenaje á José Martí. Discurso por Nico- 
lás Heredia y N. Bolet Peraza, New York, 
1898. 

José Martí. El Presidio Político en Cuba, 
Madrid, 1871 (con tres retratos de Martí agre- 
gados á este folleto). 

"Hoy es el quinto aniversario de la muer- 
te" . . . . "La Discusión", Habana, mayo, 1899. 

Obra terminada. Firmado : Nicolás Heredia. 
"Patria", Nueva York, 31 de diciembre de 
1898. Artículo en el cual se anuncia que, ter- 
minada la guerra, "Patria" cesaba de publi- 
carse. 

Nuestras ideas. Primer artículo de José Mar- 
tí publicado en "Patria". Nueva York, 14 de 
Marzo, 1892, y reproducido en "Patria", Nue- 
va York, 31 de diciembre, 1898. 

Ya que lidiando á perecer te obliga 

Fragmento de una poesía firmada: Heraclio 
Martín de La Guardia. 

José Martí. Nicanor A. González. (Soneto). 

José Martí. Numa Pompilio Liona. (So- 
neto). 

José Martí. Pedro A. González. "La Ley", 
Santiago de Chile, 26 febrero, 1896. 

Cómo murió Martí. "La Discusión". Haba- 
na, 30 de enero de 1899). 

Muerte de Martí. (Artículo de periódico). 

Documentos históricos. Ultimas comunica- 
ciones de Martí. Firmado: el Delegado, José 
Martí. El general en jefe, M. Gómez. "Pa- 
tria", Nueva York, julio, 1896. 



244 América 

José Martí. La República española ante la 
Revolución cubana. Madrid, 1873. 

Gloria. E. Lomas (sic) del Castillo. "El Ya- 
ra", Habana, 13 febrero, 1899. 

De mi "Diario de soldado". Fermín Valdés 
Domínguez. 

José Martí. Asuntos cubanos. Lectura ea 
Stick Hall, New York, 1880. 

Prólogo á los "Cuentos de Hoy y de Maña- 
na", que en 1893 dio á luz en Nueva York el 
señor Ricardo Rafael de C. Palomino (hijo). 
Firmado : José Martí. 

El diez de octubre en New York, 1887. Dis- 
cursos pronunciados por José Martí y otros, 
New York, 1887. 

A José Martí, el héroe de Dos Ríos. Juan de 
Dios Peza. (Poesía). 

Cuba y los Estados Unidos. Firmado: José 
Martí. New York, 1889 

Primera jornada de José Martí en Cayo 
Hueso. New York, 1896. 

José Martí. Apunte biográfico. Tampa, Fia., 
1896 (Biblioteca del periódico "Cuba"). 

Ascárate (Nicolás). "Patria", Nueva York, 
14 de julio, 1894. 

Álbum de un héroe. Santo Domingo, 1896. 
(Por varios). 

Martí. Luis Padilla. (Poesía). 

Carta inédita de Martí á Fermín Valdés Do- 
mínguez. Fecha: New York, 18 abril, 1894. 
Firmada: J. Martí. 

Cómo murió Martí. Contestación del gene- 
ral Loinaz (sic) del Castillo. Firmado E. Loi- 



José Martí 245 

naz (sic) del Castillo. "La Discusión", Ha- 
bana. 

La verdad histórica. Cómo murió Martí. Fir- 
*mado Juan Trujillo. "La Discusión". Habana, 
23 de Mayo, 1899. 

Relación de "La Lucha". Habana, 19 de ma- 
yo, 1889. Por Juan José Cañarte. 

Cómo murió Martí. Lorenzo G. del Portillo. 
Reproducido de "Patria", Nueva York, 31 ma- 
yo, 1896. 

Carta de los Estados Unidos. Bocetos. José 
Martí. "La Lucha", Habana, 1886. (Sin firma 
del corresponsal). 

Martí conspirando. "La Discusión", Haba- 
na, 26 de mayo, 1899. 

TOMO SEGUNDO. 

Fotografía : grupo formado por Fermín Val- 
des Domínguez, Francisco Gómez Toro y José 
Martí. 

Copia de una carta de Fermín Valdés Do- 
mínguez á Gonzalo de Quesada. Fecha : La Es- 
peranza, Vinales, 18 mayo, 1901. 

Primera publicación de José Martí. "El Dia- 
blo Cojuelo", periódico. Habana, 19 enero, 
1869. 

Desde Nueva York. José Martí. Firmado: 
Manuel de la Cruz. Carta á "La Nación", de 
Buenos Aires. Fecha: New York, 26 septiem- 
bre, 1895. 



246 América 

Cartas de Martí. (La primera está dirigida 
á Rafael María de Mendive, sin fecha, y la se- 
gunda al mismo; fecha: 15 enero, 1871). 

Carta de Martí á Sotero Figueroa, fechada* 
en Cabo Haitiano, 1893. 

Un rasgo de Martí. Firmado : M. G. M. "La 
Discusión", Habana, 25 de mayo, 1900. 

Martí en Guatemala. Firmado: F. Chávez 
Milanés. "El Fígaro", mayo, 1899. 

A. Heredia. Firmado: José Martí. B. El 
prólogo de Ponce de León á su historia de Cu- 
ba. N. Ponce de León. "El Economista Ameri- 
cano", Nueva York, julio, 1888. 

Discurso del Sr. José Martí. (Segundo su- 
plemento á "El Avisador Hispanoamericano", 
Nueva York, 21 diciembre, 1899). 

Una carta inédita de Martí. Firmada: José 
Martí. Fecha: New York, 29 de noviembre, 
1887. (Dirigida á José D. Poyo). 

Por Cuba y para Cuba. Discursos pronun- 
ciados por José Martí en Tampa, en las noches 
del 26 y del 2"j de noviembre de 1891. 

A Bayamo. Tomás Estrada Palma. B. Cuen- 
tos de la guerra. El Teniente Crespo, José Mar- 
tí. (Suplemento á "El Porvenir", Nueva 
York). 

José Martí. Firmado: Leandro J. de Vinie- 
gra. "El Industrial", Antofagasta, junio, 1895. 

Tampo y Cayo Hueso. Oración de José Mar- 
tí en Hardman Hall. "Patria", New York, i7 
de febrero, 1892. 

Discurso de José Martí en Hardman Hall. 
"Patria", New York, 4 febrero, 1893. 



José Martí 247 

El Partido Revolucionario Cubano á Cuba. 
Firmado: el Delegado del Partido Revolucio- 
nario, José Marti. "Patria", New York, 27 
mayo, 1893. 

A la muerte de Céspedes. Fernando Figue- 
redo Socarras. B. el 27 de febrero en Tampa. 
C. En honor de Fermín Valdés Domínguez. 
(Discursos de Tomás Estrada Palma y de Jo- 
sé Martí). "Patria", New York, 2 Marzo, 
1894. 

¡Ay de los jinetes! "Patria", Nueva York, 
17 de Noviembre, 1894. 

Enrique Trujillo y José Martí. "El Porve- 
nir", New York, 14 febrero, 1894. 

José Martí. De Cayo Hueso. Firmada: R. 
Sánchez. "Patria", 29 mayo, 1894. 

La vuelta de los héroes de la "Jeannette". 
Firmado: José Martí. "Revista Científica, Li- 
teraria y de Conocimientos Útiles". Santo Do- 
mingo, 5 de abril, 1884. 

Cartas de José Martí. José Martí. "Cuba y 
Puerto Rico", Nueva York, 1895. La primera 
(sin fecha) está dirigida al general Flor Crom- 
bet, y las cuatro restantes al general Antonio 
Maceo (la primera sin fecha, y las otras: 10 
abril. Cerca de Guantánamo, 26 y 28 abril, 
1895. Todas firmadas, José Martí). 

Apostolado. El alma de Martí. El testamen- 
to político de un héroe. Firmado: José Martí. 
(Carta de José Martí á Federico Henríquez y 
Carvajal). "Letras y Ciencias", Santo Domin- 
go, 14 de junio, 1895. 



248 América 

Carta de Martí y Gómez al Director del 
"Heraldo", de Nueva York. (Falta el docu- 
mento, y así fué recibido el volumen al hacer la 
entrega de esta colección al Dr. Vidal Morales 
y Morales). 

¡De Cuba Libre! Carta de Martí. Fecha: 
Altagracia, Holguín, 9 de mayo, 1895. Firma- 
da: José Martí. "Patria", New York, 10 de ju- 
nio, 1895. 

Muerte de José Martí. "El Porvenir", New 
York, 17 de junio, 1895. 

La muerte de Martí. Al "Yara". Cayo Hue- 
so, 25 de junio, 1895. 

La primera tumba del Maestro. Firmado: 
M. Márquez Sterling. "Patria", Habana, 31 
de agosto, 1901. A este artículo ilustra un gra- 
bado adjunto que lleva por título "El Gólgota 
de Cuba". 

i Inmortal ! "Patria", Nueva York, 25 de ju- 
nio, 1895. (Número consagrado á la muerte 
de Martí). 

Cuba. Tampa, Florida, 29 de junio de 1895. 
(Número consagrado á la muerte de Martí). 

La Tumba de Martí. Firmado : Eulogio Hor- 
ta. "El Fígaro", Habana, 28-1899. 

Primer aniversario. Muerte de José Martí. 
"TlI Porvenir", Nueva York, 25 mayo, 1896. 
A. José Martí. Firmado: Rufino Blanco Fon- 
bona. B. Pensamientos de Martí. "El Fígaro", 
Habana. 

"Hoy es el quinto aniversario de la muerte 
del glorioso fundador del Partido Revolucio- 



José Martí 249 

nario Cubano . . . . " "La Discusión", Habana, 
19 de mayo, 1900. 

A. Cómo murió Martí. Firmado: Lorenzo 
G. del Portillo. B. Muerte de Martí. C. Una 
carta de Martí. Firmada: José Martí. (Dirigi- 
da á Juan Bonilla ; fecha : New York, 2 1 de di- 
ciembre de 1898, y comentado por este señor). 
"Patria", Habana. 

Rasgos de José Martí. (Recorte de un perió- 
dico). 

Un poeta. Poesías de Francisco Sellen. Fir- 
mado: José Marti. "El Partido Liberal", Méxi- 
co, 28 septiembre, 1899. 

Maestros ambulantes. Fragmento por José 
Martí. New York, 1894. (Recorte de un perió- 
dico). 

José Martí. Poeta simbolista. Firmado: 
Francisco García Cisneros. "Cuba y América", 
New York, 1896. 

A. El Apóstol José Martí. (Retrato). B. Jo- 
sé Martí. C. La Tumba de Martí. Firmado: 
Julio Rosas. "Cuba y Cayo Hueso", Key West, 
16 de mayo, 1896. 

La apoteosis de Martí. Firmado: Lincoln 
Zayas. (sic). "Patria", New York, 6 de no- 
viembre, 1895. 

19 de mayo. "Patria", New York, 1898. 

Al Sr. José Martí y Zayas Bazán. Habana, 
1900. (Carta de M. F. Viondi). 

Al pueblo de Cuba. Habana, 14 de marzo, 
1900. (Llamamiento para erigir una estatua 
á José Martí). 



250 América 

José Martí. Recuerdos. Firmado: Vidal Mo- 
rales y Morales. "Cuba Libre", Habana, 1900. 

José Martí, por Domingo Estrada. Habana, 
1901. 

"Patria" y Martí. Por E. Lomaz (sic) del 
Castillo. 

Medalla de Gloria. José Martí. Firmada: 
Conde Kostia. "La Lucha". Habana, 13 de 
agosto, 1 90 1. 

José Martí. Esbozo. Firmado : Diego Vicen- 
te Tejera. "El Fígaro", Habana, 1900.